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Cuando ya nada conmueve

¿Cuándo se jodió Querétaro? ¿En qué momento las notas policiacas dejaron de ser noticia estremecedora para convertirse en brochazos del folclor cotidiano? 

Como recuerdo remoto quedó esa atmósfera de conmoción que en su momento produjo la muerte de tres niños a manos de su madre en la colonia Jardines de la Hacienda, hace ya casi 30 años. La casa donde se cometió ese crimen, estando abandonada, permanece como monumento a la farsa de armonía intrafamiliar que silenciosamente acabó marcando al siglo XX. Del insondable misterio que envolvía a un crimen de esta naturaleza pasamos a la indolencia. Nada parece dolernos ya. Nadie se conmueve ya. Los padres como estorbo, los hijos como error adolescente, escenas tiernas que materializan una tristeza mal disimulada.

En su edición del último martes, los periódicos locales mostraron, entreveradas con accidentes y robos, tres noticias estremecedoras. En la colonia Bosques de la Hacienda, una mujer de 22 años intentó asfixiar a su hijo de apenas año y medio. En San Juan del Río, un hombre de 27 años asesinó a su padre mientras ambos trabajaban en un taller de torno. Y en Santa Rosa Jáuregui, un hombre asesinó a cuchilladas a su esposa y luego intentó suicidarse; los dos fueron encontrados, bañados en sangre, por el hijo de ambos. 

Cualquiera de estos cuadros tendría que ser suficiente para partir el alma. Hoy leemos la nota y damos vuelta a la página, que se perderá en la hemeroteca queretana, convertida en repositorio de dramas olvidados en cuanto se enfrían los cuerpos. Ahí están apilados aquel hombre que, también en Santa Rosa, mató a sus hijos, o aquella mujer que, en venganza por una infidelidad, mató a los suyos y los retrató para enviar las fotos por celular a su marido antes de suicidarse.

Son infinitas las tragedias familiares que en nuestro bajío católico menudean y por las que ya no sentimos conmoción. Se ha desvanecido la piedad. Tan atrapados en el regocijo del espectáculo informativo del planeta, que los pequeños infortunios de nuestra provincia son arrastrados por el torrente de banalidad.

Es pertinente reflexionar qué sucede con la antigua célula básica de la sociedad, cuál es su horizonte y si tiene posibilidad de redención. ¿No es para perturbarnos el reinado del individuo extraviado en el mercado? ¿No es para perturbarnos nuestra falta de compasión? Desde hace 100 años, el filósofo Nicolai Hartmann alertó del paso del tren desquiciado en que se ha convertido nuestro tiempo. Dejo aquí algunas palabras suyas para concluir. 

“El hombre moderno no sólo es el presuroso incesante; es también el embotado, el snob al que nada eleva, nada conmueve, nada cautiva interiormente. En definitiva, ya únicamente tiene para todo una sonrisa irónica y cansada. Al final, incluso, hace una virtud de su bajo nivel moral […] El resbalar por todo sin ser afectado es un cómodo modus vivendi. Y de este modo se agrada a sí mismo en la pose de estar por encima, que encubre su íntimo andar vacío”. Palabra de Hartmann.

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