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De derechos y chuecos (I)

Por supuesto que como mexicanos pensamos que, por ser los reyes de la piratería, eso no nos debe de preocupar. Pero las ramificaciones son mucho más nefarias y sí, deben de preocuparnos.

No va a suceder. El ejército —que parece será nuestra nueva y flamante policía— no va a llegar a su casa echando la puerta abajo, no va amagar a toda su familia y no se lo va a llevar a la cárcel por cambiarle las pilas al control remoto, o tratar de reparar su celular. Técnicamente, con los arreglos a la Ley de Derechos de Autor, podría, pero no lo van a hacer.

Pero podrían.

En estos días se ha hablado mucho de esto, porque la nueva Ley que prohíbe que podamos reparar nuestro celular, rellenar los cartuchos de tinta de nuestra impresora o abrir nuestra consola de videojuegos para limpiarla, también indica que no podemos hacer memes y no podemos utilizar material existente para la creación de nuevas obras —¡toma eso Duchamps!, ¡lero, lero Koons!—.

Por supuesto que como mexicanos pensamos que, por ser los reyes de la piratería, eso no nos debe de preocupar. Pero las ramificaciones son mucho más nefarias y sí, deben de preocuparnos.

Comencemos por el principio. En México nos ha dado flojera definir de manera correcta los derechos de autor y los derechos de reproducción de una obra y, como en muchas cosas, la clave está en el nombre.

Los derechos de autor son los que un —valga la redundancia— autor obtiene al crear algo. Ya sea un libro, una pintura, un programa de televisión, una línea de código o una pieza de hardware. Estos derechos son irrenunciables y eternos, no podemos abandonarlos aunque nos paguen mucho dinero y no prescriben; es decir, yo no puedo pagar millones de pesos para decir que escribí el Quijote, aunque Cervantes esté muerto y la Fundación Cervantes necesitara una lana. Los derechos de autor del Quijote siempre serán de Cervantes, los derechos de reproducción, por el otro lado, son ahora del dominio popular.

Ahora bien, los derechos de reproducción o copyright —es decir los derechos de copia— son los que tiene una persona física para permitir que otra reproduzca su obra. Se pueden transferir; es decir, el autor puede dar permiso, ya sea de buena fe o porque hubo un intercambio, a un tercero para exhibir, imprimir o reproducir en algún medio, su obra, siempre dándole reconocimiento como el autor de la misma.

Los derechos de reproducción no son eternos, una licencia de reproducción solo dura trece años. Por el otro lado, un autor retiene los derechos de reproducción de una obra por noventa y nueve años (hasta la última vez que revisé), después de ese tiempo la obra es de dominio público, o lo que es lo mismo: todos pueden reproducirla.

Esto es así, a grosso modo, sin que yo ostente ni pretenda hacerlo, un título en derecho o entremos en el relajo que son las derivaciones.

Pero aquí es donde la cosa se comienza a volver pantanosa. De entrada porque eso quiere decir que todos los discos, los DVDs y otros medios de los que tengamos posesión, sólo pueden reproducirse por 13 años; después de eso tendríamos que volver a pagar para ver nuestra película favorita.

Esto también se extiende al hardware y el software de todo lo que usamos. Detrás de la tableta o el celular donde estamos leyendo esto, detrás de la computadora donde lo escribí, hay un montón de trabajo de diseñadores, programadores, ingenieros y similares, que debe de ser reconocido —pero no se hace— y protegido.

Quiero pensar que con esa noble idea en la mente, los Estados Unidos modificaron su ley para establecer una nueva forma de protección, misma que denominaron Technical Protection Measure (TPMs), que incluye derechos sobre las tecnologías, llamados Digital Rights Managment (DRM), entre otras formas de seguridad, que previenen que uno tenga acceso a tecnología física y al software, con el fin de “proteger” la propiedad intelectual de las empresas.

Sin embargo, hasta los Estados Unidos ha reconocido que esta modificación ha tenido un costo social excesivo, pues las empresas la han utilizado para cometer varios excesos —coff, coff, Apple, coff—. Por ejemplo, ¿recuerdan cuando era romántico grabarle un cassette a la novia?, o la facilidad de pedirle prestado un disco a un amigo, bueno pues Sony (bajo la bandera del DRM) un día decidió que no podía permitir esto, así que instalaba de forma secreta e ilegal una pieza de código en sus discos. Ese malware se ejecutaba en la computadora de los consumidores y hacía que el disco solo se pudiera reproducir en dicha máquina.

Los consumidores demandaron a Sony, y un juez dictaminó que lo que la empresa hacía era hackear la computadora de un tercero —lo que de por sí es ilegal—, así que tendrían que dejar de hacerlo y reparar el daño de forma monetaria.

En el país vecino esta ley pasó porque en su momento no sabían cómo hacer las cosas. Desde hace años los legisladores han ido parchando la ley para evitar que la población norteamericana se convierta en criminal solo por ver un DVD en casa de un amigo —sí, eso es ilegal, lean las letritas—.

Pero México decidió, como muchos de mis alumnos, que para qué leían la Ley si podían hacer copy-paste. De esa forma terminamos con una ley que ni Estados Unidos tiene, porque es en extremo injusta y nos deja en la peor posición con respecto a los otros países.

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