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De los sismos a la urgente desmercantilización de la política

Hay diferentes formas de reaccionar frente a las tragedias, como las derivadas de los recientes sismos en México. Por un lado, las de toda esa gente solidaria, que da tiempo, recursos y arriesga su propia vida para apoyar a sus congéneres, sin importar si sus acciones quedan en el anonimato.

Por otro, las de quienes buscan sacar ventaja y, como “perfectos capitalistas” ven los desastres, no como algo a lamentar, sino como “áreas de oportunidad”: para salir en la foto; sentirse héroes; justificar su rapiña; encarecer productos; colocar su marca en los donativos; quedarse con una parte, sirviendo de intermediarios; lucrar con los trabajos de reconstrucción, etc.

Pero las tragedias pueden ser útiles también para reflexionar, qué (nos) está sucediendo y por qué (nos) sucede.

En el caso de los sismos, (más allá de las discusiones sobre si éstos no se pueden prevenir), surge un persistente reclamo social: La casta política no tiene derecho a todas esas prebendas que recibe, y menos cuando tanta gente sufre. Así, un mensaje repetitivo de “wats”, reza: “Tenemos que unirnos para exigir que los partidos políticos no reciban ningún dinero para campañas. No queremos ver espectaculares, ni volantes, ni promocionales en TV ni radio. El dinero, queremos que se utilice para México, para la reconstrucción…” La organización change.org ha logrado casi 1 millón 500 mil firmas para la causa.

Este reclamo-aspiración ofrece un abanico de opciones que puede abrirse, si lo tomamos en serio; es decir, si asumimos como pertinentes, tanto la demanda de que el Estado defina prioridades en favor del pueblo, como la protesta contra el despilfarro de nuestros impuestos en el mercado electoral, y (aunque sea muy polémica), también la exigencia de que los partidos no reciban dinero público (ni del Gran Capital) para sus campañas (lo que requiere de un análisis mucho más fino de lo que permite este espacio).

Responder a estas exigencias puede formar parte de ‘lo posible’, pero no basta con lanzar el deseo al aire; implica un arduo trabajo de diseño y construcción. Ni siquiera basta con que algún partido esté dispuesto a contribuir. Cuando Morena, p.e., ofreció donar cierto porcentaje para la reconstrucción, el INE le advirtió que violaría la ley, por tratarse de un “desvío de recursos” (Nación321/14/09/17).

Lo posible no sólo se sueña o se grita; es necesario trabajar arduamente para construirlo; en este caso, para desmercantilizar la política, ni más ni menos.

La ‘desmercantilización’ es un proceso por el que, los bienes y servicios públicos (el territorio, el agua, los alimentos, el trabajo, la educación…) se consideran ‘derechos sociales’ y no meros objetos de compra-venta.

En una democracia, la actividad política es necesidad, derecho y responsabilidad de TODOS y no privilegio de una élite. La sola existencia de una “clase política” contradice el principio democrático, pues esa clase acapara el poder y excluye al resto de la toma de decisiones (en especial cuando ese resto se abstiene). En otras palabras, la auténtica democracia es incompatible con la sociedad de mercado. Hacerla realidad implica frenar, arrinconar e ir expulsando al capitalismo de todo lugar.

Son pues necesarias varias cosas: un plan, jurídicamente bien diseñado, la voluntad política de suficiente gente “clave” y con facultades formales para acordarlo y con poder material para ejecutarlo, así como la organización sostenida y pertinaz de amplios sectores sociales, capaces de mantener su exigencia, “hasta que la dignidad se haga costumbre” (como dijo Estela Hernández, hija de Jacinta Francisco Marcial).

La ‘Ley Kumamoto’, impulsada por ese joven legislador que demostró que no es necesario despilfarrar para ganar elecciones, es una pequeña muestra de que los cambios son posibles. Su iniciativa ya aprobada (para Jalisco), busca impedir que los partidos sigan actuando como empresas lucrativas y volverlos “realmente representativos”, reduciendo sus recursos en un 60%. Esta ley, sin embargo no asume plenamente el principio de desmercantilización, pues su consigna “sin voto no hay dinero”, limita sobre todo a los pequeños “partidos familiares”, pero no tanto a los fuertes, que tienen secuestrada la conciencia de la población, que vota mayoritariamente por ellos. Además, hay que impedir férreamente, que los grandes capitales privados completen el faltante, y que las principales beneficiadas sean las empresas dedicadas a la mercadotecnia.

Esto implica afectar los intereses, no sólo de poderosos “actores ballenas” que se han beneficiado por décadas del actual sistema dominante, sino los de mucha gente común, que como “peces rémoras”, depende de ellos.

Desmercantilizar la política requiere, sobre todo, de que amplios sectores sociales se dispongan a emprender el estudio, la discusión y la práctica sistemática de otras formas posibles de ejercer la democracia.

Por eso no vale desentenderse de la política (a pesar del hartazgo).

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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