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De regulaciones y cultura bélica

Después de cada masacre, bastante frecuente, vuelve en los Estados Unidos el debate (o lo que sea) sobre la regulación de la venta y portación de armas. Es sin duda importante que pistolas, rifles de asalto y municiones no estén casi a la misma disposición que un café de Starbucks; sin embargo, la facilidad para adquirir armas es un reflejo de una fascinación cultural por la violencia, la guerra y, obviamente, los balazos como solución.

Hace muchos años, tuve la oportunidad de vivir en El Paso, Texas, por dos años. Recién llegado, apenas habían pasado unos meses de la masacre de Columbine, en Colorado. Y ya desde entonces, se hablaba de la necesidad de regular la venta de armas. Paradójicamente, a mi high school cada tanto acudían militares: soldados jovencísimos o marinos a ofrecer reclutamiento a las Fuerzas Armadas como una solución, patriótica y económica.

En la televisión, eran (y seguramente siguen siendo) comunes anuncios que abusaban de la hipérbole y pintaban a los valerosos marinos (the few, the pride; los pocos, el orgullo). Hay al menos dos días en el calendario que conmemoran a los soldados: el Memorial Day, en mayo, y el Veteran’s Day, en noviembre.

Además de las reivindicaciones racistas y xenófobas cada vez más explícitas (no sólo en Estados Unidos), la guerra contra el terrorismo puso un acento en lo bélico por encima de lo jurídico; la idea de justicia se tornó aún más nebulosa y dio pie (o debo decir, ha dado) al incremento en la sensación de miedo, rechazo y necesidad de defensa en contra de todo lo que amenazara a la grandeza norteamericana, su estilo de vida, formas y símbolos.

El problema, pues, aunque resulta visible en la venta de armas, no comienza y mucho menos termina allí. La guerra, las armas y los enemigos son la base del poder gringo y una pieza fundamental en su elaboración cultural. Así, se acompaña de otros discursos e ideas afines: prisiones de máxima seguridad, penas de cárcel inverosímiles, encierros deshumanizantes y la infausta pena de muerte.

Es la elaboración detrás de casi toda su narrativa de superhéroes: amenaza, caos y violencia (normalmente del exterior) que rebasa a las autoridades civiles, incapaces de imponer la ley como se debe: a golpes y disparos.

Que el problema sea cultural no significa que no pueda resolverse. Es un equívoco pensar que la cultura es una especie de determinante; en cambio, se refiere los símbolos, discursos y narraciones que subyacen al quehacer cotidiano, cómo se construyen y reproducen.

El discurso de la NRDA, sus portavoces, la reivindicación de la pena de muerte, la construcción de los malos (sean narcotraficantes, terroristas islámicos, afrodescendientes) y la necesidad de hacerles frente mediante soldados fieles y valientes, condensa las ideas que al final legitiman a cualquier adolescente, adulto joven o veterano de guerra, para abrir fuego.

Regular, sin duda, pero también, revisar la elaboración cultural y los fundamentos simbólicos de la violencia homicida. El problema es que siguen (y seguimos) atrapados en la idea de que basta ajustar una ley para que todo lo demás se ajuste. O, en su defecto, que se aplique.

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