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Democracia o control social

Por la educación, los humanos adquieren herramientas no sólo para una mejor comprensión de la realidad, sino para su transformación. En el lugar de una educación crítica e integral se impone sobre la población un férreo control, a través de sofisticadas estrategias.

Se entiende aquí por ‘democracia’ al ‘gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo’ (Lincoln); a ese ‘mandar, obedeciendo’, que proponen los zapatistas.

Tales definiciones generan diversas discusiones y necesidades de mayor precisión. Por ejemplo, qué entendemos por ‘pueblo’, ya que éste no es una entidad homogénea, sino implica gran diversidad de clases, culturas, costumbres, creencias, condiciones y modos de comprensión…

Así como hay muchos pueblos, hay varias formas de entender y practicar la democracia: la directa o participativa y la representativa. (No entiendo por democracia al mercado que hoy domina). En la democracia directa, los asuntos que competen a todos, pueden discutirse en asambleas y acordarse por consenso. Éste es un acuerdo al que se llega, cuando todos los participantes asumen que cierta decisión es la mejor. Lograr consensos no siempre es fácil y el proceso puede implicar largas discusiones.

Cuando las diferencias entre los participantes son extremas y ninguno está dispuesto a cambiar su visión, el consenso se vuelve inviable y se decide por mayoría.

Hay varios problemas con la toma de decisiones por mayoría. Uno es que las minorías quedan excluidas o sometidas; otro es que la mayoría puede estar equivocada; otro más es que surge el ‘mayoriteo’, cuando los más fuertes abusan e imponen su visión, impidiendo la reflexión colectiva.

Cuando las poblaciones son numerosas, aparece la ‘democracia representativa’, que también ofrece problemas, cuando los representantes, no toman en cuenta la voz de sus representados (porque no les interesa o porque no saben cómo hacerlo).

Para que la democracia funcione, históricamente se ha asignado a la educación la tarea de formar sujetos pensantes, capaces de análisis y reflexión crítica, de contrastar ideas opuestas y los argumentos que las sostienen; de distinguir la información falsa de la verdadera; de construir además sus propias argumentaciones y de participar activamente en los espacios públicos donde se toman decisiones que competen a todos.

Por la educación, los humanos adquieren herramientas no sólo para una mejor comprensión de la realidad, sino para su transformación.

Sin embargo, esta forma de entender la educación viene siendo sistemáticamente desmantelada por el régimen neoliberal, al que sólo interesa formar mano de obra “competitiva”, al servicio de las grandes empresas, tener buenos consumidores y grandes masas de creyentes de que están en el menos peor de los mundos posibles.

En el lugar de una educación crítica e integral se impone sobre la población un férreo control, a través de sofisticadas estrategias.

Una de ellas es el ‘entetanimiento’ (sic), término acuñado por Brzezinsky, ideólogo neoliberal (cuya etimología inglesa refiere al adormecimiento que produce la lactancia en el bebé), que consiste en ‘una mezcla de alimento físico y psicológico que adormece a las masas y controla su frustración y sus previsibles protestas’. Gabriel Sala, en su ‘Panfleto contra la estupidez humana’ lo define como ‘el método más eficaz para ocultar una realidad cada vez más insoportable…’; como la ‘coartada que permite observar el mundo sin sentirnos culpables, sin vernos obligados a asumir la responsabilidad’, y que permite seguir viviendo despreocupadamente, como si no supiéramos lo que realmente sucede.

El adormecimiento social no es suficiente para mantener el control, cuando el animal humano también requiere, de vez en vez, descargas de adrenalina. Por eso la sociedad del espectáculo organiza feroces contiendas electorales, similares a las luchas entre gladiadores del circo romano, dirigidas a destruir al adversario. En ellas, no tiene sentido la discusión que contrasta ideas distintas para llegar a la verdad, ni el debate que busca hacer valer un proyecto de nación, como “el mejor” entre los que se proponen como posibles. Lo que importa es entretener a las masas y despertar en ellas mezclas pasionales de odio-miedo, para dirigirlas contra los críticos (“enemigos”) del sistema.

Finalmente el marketing político justifica sus insulsas estrategias publicitarias, alegando (como lo hizo Porfirio Díaz) que “el pueblo no está preparado para la democracia”. No es fácil contradecirlo, al constatar por ejemplo, que muy pocos participantes de las manifestaciones multitudinarias en torno a cualquier candidato, saben responder a la pregunta de por qué están ahí.

¿Es democrático un régimen que emplea estas formas de control y mercantiliza tan cínicamente la política y sus procesos?

Por fortuna, el pensamiento autónomo crece y trabaja arduamente para contrarrestar toda forma de dominación.

En este contexto, resulta fundamental la defensa de una educación pública con perspectiva crítica-alternativa, capaz de impulsar la construcción de otras formas de democracia auténticamente participativas.

La responsabilidad social de la universidad pública (como cerebro social) es hoy más relevante que nunca.

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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