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Djokovic y los movimientos antivacunas

Las imágenes antivacunas más sorprendentes no vienen de Latinoamérica, supuesto paraíso del exotismo; en cambio, vienen de Estados Unidos y Europa. O quizás sólo sean más sorprendentes, justamente, porque la fantasía civilizatoria viene de allá: en los países “creadores de la ciencia” que se reparten premios Nóbel. Podría tener ventajas, no obstante. 

Al principio de la pandemia, el parámetro para dimensionar nuestra catástrofe (que sí fue) era Europa. Como Estados Unidos tuvo y tiene su propio desastre, siempre fue aparte. En todo caso, serviría para dimensionar las tragedias producidas por el fallido modelo social. El gobierno de la antipolítica, en momentos de crisis, puede ser un desastre. Contrario al sentido común reinante, sí se necesitan políticos profesionales para tomar decisiones.

Volviendo al tema. La opinión pública en nuestro país se concentró en los desatinos (que los hubo, como en todo el mundo), y la brújula fue casi siempre Europa. Tanto las medidas de confinamiento, se decía, como la obligatoriedad del cubrebocas, tendrían que haber sido reforzadas como allá: con multas y medidas coercitivas. Además – como reza el credo – porque de este lado del océano detestamos el orden. Habría que decir que hay varias órdenes, para empezar. Incluso, respecto a las vacunas.

Justamente, el orden social de las vacunas es un asunto que debería suscitar un poco más de reflexión. Ya han sido señalados algunos: la desigualdad en la distribución, para empezar. Qué puede ser el más grave. Pero también, el que se ha tejido por las, los y les, antivacunas.

Djokovic es acaso el mejor tenista de la historia, al menos estadísticamente, su juego es impecable, aunque menos estético que, por ejemplo, el de Roger Federer. El gobierno de Australia decidió deportarlo, siendo Djokovic campeón defensor y máximo ganador en la historia del torneo. Claro que eso no debe importar al tratar de asumir una responsabilidad colectiva. Incluso, el propio gobierno australiano admitió que la negativa del serbio a vacunarse podría reforzar al discurso antivacunas

Ahora, más allá de las narrativas que se construyen alrededor; incluso más allá de la forma en que podrían desmontar algunos mitos sobre nuestro exotismo y su racionalidad, menos que una sorpresa o signo de estupidez, debería llamarnos la atención los discursos antivacunas, que incluyen reivindicaciones de derechos individuales por encima de los colectivos, para empezar. Una característica muy de nuestro tiempo.

El problema es que al menos en la opinión pública, nadie se ha interesado por las razones. A lo mucho, se les pasa por la simple dicotomía de la razón: la anticiencia es idiota. Pero es un fenómeno social, y como tal tiene su relevancia. Además, si somos honestos, el discurso científico es pedante. Y podría ser parte del problema, en realidad. A lo mejor, que los más aferrados antivacunas sean europeos o estadounidenses da pauta a estudiar el fenómeno con mayor seriedad. Tiene interés saber por qué, por ejemplo, hay tanta gente dispuesta a creer que las vacunas están diseñadas para controlar; y por qué la ciencia suscita aún tanta desconfianza. Más aún, el caso de Djokovic es emblemático: hay mucha gente dispuesta a asumir el costo de no vacunarse. Los porqués no los conocemos. Y no son únicamente individuales; ningún fenómeno social es meramente individual.

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