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Dos viñetas de otoño

Quisiera uno más noticias esperanzadoras, pero nuestros tiempos poco dan para eso. Casi todas las noticias confirman el fin de una ilusión. Si en 1988 se esbozó la certeza de que no todo estaba perdido, el año 2000 tuvimos la evidencia. Sin embargo, lo que vino después resultó peor: las dos administraciones federales de alternancia funcionaron como una locomotora eficaz para el retorno del viejo régimen.

Y más allá del juego partidario, la ilusión perdida tiene un fondo doloroso: no alcanza a consumarse aún el parto de la ciudadanía como contrapeso civil frente al poder de las corporaciones políticas y económicas. El propósito de “ciudadanizar” algunas zonas del Estado mexicano, como vía para construir una nueva legitimidad, pronto se topó con la pesada máquina del retroceso, que ha acabado por sofocar la presencia ciudadana en la conducción de los órganos públicos. De ahí emanó, entre otros espantos, ese ornitorrinco al que hoy llamamos “candidaturas independientes”.

Estos días nos han mostrado dos viñetas que son auténticas imágenes reveladoras de nuestros tropiezos. Auténticas pistas para ubicar salidas a nuestro naufragio.

La primera viñeta. Más que su propio registro como candidato “independiente”, el (llamado) gobernador “independiente” de Nuevo León nos sorprendió al revelar el resorte de su más más auténtica alma autoritaria, centralista y plutócrata. Esto ocurrió cuando externó su deseo de que el magnate Carlos Slim se postule como “independiente” y se haga cargo de la presidencia de la República.

Nada más contrario a la democratización del país. ¡Fuera máscaras! ¡Bienvenido el cinismo! ‘El Bronco’ está llamando a suprimir la república e instaurar la plutocracia, el gobierno de los acaudalados, así, lisa y llanamente. Que los que tienen el poder económico se hagan cargo, de una vez por todas y sin intermediarios, de las decisiones políticas.

La otra viñeta no viene de las élites, que no tienen redención ni remedio; viene del nivel del piso. Como reverso de esa imagen conmovedora de jóvenes y viejos rescatando gente de entre los escombros, un informe del gobierno de la capital del país reveló la precariedad de una parte de la población mexicana.

Resulta que la mitad de la gente que se instaló en los albergues abiertos con motivo de los sismos de septiembre, sencillamente no eran damnificados. Y resulta que más de un millar de personas que cobraron la ayuda para renta, tampoco eran damnificados y para obtener el apoyo proporcionaron información falsa.

Y, bueno, entre la élite movida por la rapacidad y la gente común que justifica sus pequeñas trampas con el argumento de que los de arriba son todavía más tramposos, ahí en medio circulan millones de mexicanos que enfrentan su enojo a punta de chistes y memes. Con el sociólogo Samuel Schmidt aprendimos que si bien esas son formas de resistencia política que algún daño producen, también es cierto que al operar desde la ventaja del anonimato, queda anulada toda posibilidad de contraataque o deliberación sensata.

En estas condiciones nos encontramos. La ilusión de una ciudadanía robusta está hecha trizas. El entusiasmo por una ciudadanía como columna vertebral de la república, se ha desvanecido. Si las ilusiones tienen alguna utilidad, ésta es que pueden contribuir a esbozar proyectos de futuro. A pesar de todo, habría que decirlo: la esperanza no podría venir de otra parte más que de los ciudadanos. Ahí radica el único y gran sentido de la política.

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