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Dudar

A lo largo de los siglos, dice Cioran, el hombre se ha agotado creyendo. En ideas, en revoluciones y salvadores, en demonios y en dioses. “¡Ha dedicado tan poco tiempo a dudar! Ha pasado de creencia en creencia, de una convicción a otra, y sus dudas han sido tan sólo los breves intervalos entre sus entusiasmos. A decir verdad, no eran dudas, sino pausas, momentos de descanso, consecutivos a las fatigas de la fe, de toda fe”.

Tiempo de narrativas. Tiempo de relatos. Tiempos emocionales. No importan los hechos. La razón pasa por un naufragio. Vivimos hoy una extenuante ola de inclinación sorda a alguna creencia. Por una creencia se asesina o se producen ataques suicidas. Se invoca la creencia para ganar votos. “Es tiempo de volver a creer”, proclamó en Querétaro un candidato y se hizo del poder. “Yo sí te creo”, proclaman a un grito voces que desdeñan el peso de la menor evidencia.

Convencen más los mensajes emocionales que los datos duros. “¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados?”, se preguntan los estudiosos. Leemos lo que nos confirma en la fe. Recabamos los datos que fortifican nuestros prejuicios. Descartamos lo que nos debilita. Con los mismos datos podemos arribar a la conclusión que nos interesa llegar. Poco dudamos. O nada. Concurrimos todos a la plaza pública a encuerarnos con nuestros dogmas, aunque sean de arena. En muchos casos, se abandona incluso el periodismo para abrazar la refutación.

Ojalá pronto ocurra la fatiga de las certezas absolutas y entremos a la sana duda. Ojalá que el gran vigor de los “hechos alternativos” y el reinado del argumento ‘ad hominem’ sean la señal de que nos estamos aproximando al crepúsculo de los dogmas civiles. Ojalá pronto sobrevenga la calma y entremos a la reposada conversación. A la paciente escucha.

Dice Juan José Millás que la vida no es más que una sucesión de malentendidos y que “llamamos realidad a un delirio consensuado”. Aligeremos nuestras cargas. Para tomar la vida más en serio, tal vez sea útil sospechar de nuestras certezas y abrazar nuestras vacilaciones, por escasas que sean. Eso podría llevarnos a reírnos de las netas que desbordan nuestros pechos. Bienvenidas la observación atenta y el silencio interior, que de ellos está hecha la duda.

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