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El desarrollo de biohíbridos: un área de oportunidad para México (II)

En nuestros días, varios centros educativos de México se empeñan en diseñar autos eléctricos o de celdas de combustible.

El desarrollo de la industria automovilística fue la clave del éxito económico de Alemania, los ‘USA’ o Japón. Nuestro país incluso intentó ingresar a ese mercado cuando, entre 1961 y 1970, varios empresarios neoleoneses adquirieron la firma Borgward; o antes, cuando Gregorio Ramírez desarrolló los camiones Ramírez y Sultana.

Tales emprendimientos, sin embargo, al final quebraron y México solamente permaneció en el mercado automotor como país maquilador: producimos innumerables marcas de automóviles y camiones, pero las ganancias viajan fuera. En nuestros días, varios centros educativos de México se empeñan en diseñar autos eléctricos o de celdas de combustible, los cuales, suponen, sustituirán a los de combustión interna.

Eso será cierto en el corto y mediano plazo —algunas naciones europeas, como Noruega, han incluso anunciado que para el 2025 todos sus autos serán cero emisiones— pero no pasará mucho tiempo para que tales naciones se den cuenta de que esa no es la mejor manera de resolver el problema de la movilidad.

Otras naciones optan por desarrollar un transporte público de calidad, eficiente y barato, pero lograrlo implica un cuidadoso diseño urbano que dista mucho del “modelo Detroit” (movilidad mediante autos) adoptado aquí. La mayoría de nuestras ciudades han sido diseñadas pensando en que el petróleo era un producto inagotable que permitiría conectar mediante autos colonias muy alejadas de los centros de trabajo.

En muchas ciudades de México, el auto es una necesidad para realizar las más simples tareas cotidianas. En algunos lugares del mundo eso se ha resuelto de manera ingeniosa —en Bogotá mediante teleféricos o escaleras eléctricas; en Wuppertal mediante trenes elevados; en Japón y China mediante trenes de las más diversas calidades—; todo lo cual requiere de importantes inversiones y, sobre todo, de una población que acepte “bajarse del auto para utilizar el transporte público”; lo cual no es precisamente sencillo.

Otras ciudades mejor diseñadas o con diferencias altitudinales nulas o pequeñas —como muchas ciudades europeas— han establecido sistemas de transporte donde la bicicleta, asociada a trenes y autobuses, permite una más que confortable movilidad.

Construir autos eléctricos, además, es muy caro, pues los ingenieros que los diseñan siguen pensando que de lo que se trata de sustituir a los autos de combustión interna: esos que, gracias al enorme potencial energético del petróleo, permitían trasladar pesos considerables. Pero si cambiamos el paradigma y aceptamos que se trata es de transportar personas… entonces no se requiere la enorme cantidad de espacio que tiene un auto.

Un vehículo pequeño, con la velocidad de una bicicleta, pero la fuerza de una motocicleta, podría fácilmente transportar a un ser humano promedio. Y eso es algo que un biohíbrido —un vehículo de tres o cuatro ruedas que combina el pedaleo de la bici con el aporte energético de un motor eléctrico alimentado con baterías— hace sin problemas, pues el motor eléctrico que posee, asociado a una cantidad pequeña de baterías, provee de la energía adicional que permite superar las diferencias altitudinales existentes en múltiples ciudades del país.

(Continuará)

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