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El dinero, siempre el dinero…

La Secretaría de Hacienda puso ya sus cartas sobre la mesa. Y lo que vemos en sus intenciones de gasto para el año 2018 es la más irrefutable declaración de principios del gobierno federal. Cuando escuche usted un discurso político no verifique sus elocuentes razones, revise el presupuesto.

No hay en realidad novedades relevantes. Se mantiene el mismo patrón: más dinero para bancos, armamento y alta burocracia, y menos dinero para el campo, la ciencia, la educación y, en general, para las necesidades de la población.

Nadie calumnia al gobierno. Ahí están sus propios números. La Armada y el Ejército recibirán un aumento promedio de 18 por ciento. Sólo para curiosos: de ese presupuesto al Ejército saldrán los abonos del avión presidencial. La aeronave costará al país más de 7 mil millones de pesos y tan sólo al final de este año se habrán abonado casi 2 mil millones. Así que si le dicen que el aumento a la Secretaría de la Defensa es para garantizar la seguridad en el país, no lo crea del todo.

Y la cancillería, que funciona como un eficiente consulado del gobierno norteamericano, será reforzada con 10 por ciento más. Seguramente para seguir en el riesgoso camino de comprar inútiles pleitos ajenos.

Como ha venido sucediendo, a la ciencia y la cultura, más sacrificio. El sector de medio ambiente y recursos naturales recibirá el año que viene el equivalente a la mitad de lo que recibió en 2015. Al fomento a la agricultura se le reducirá un monto equivalente a 715 millones de pesos. El mismo revés vivirán los pequeños productores, pues los apoyos serán menores el año que viene. Bueno, su propia reforma educativa ya está siendo frenada: al fortalecimiento de la calidad de la enseñanza se le quitarán cerca de 600 millones.

La novedad estelar es que para pagar el aparato burocrático que se encargará de vigilar a los funcionarios corruptos se destinarán nada menos que 10 mil millones de pesos. Sí, 10 mil millones de pesos para evitar que se roben el dinero público. Un auténtico atraco. Es inconcebible, digno de Kafka. Con el dinero que se destinará a un combate en el que nadie cree, y que acabará siendo inútil, el municipio queretano de San Joaquín podría disponer de gasto público para los siguientes 100 años.

Sólo para completar el retortijón, sepa usted que a las cámaras del Congreso de la Unión no sólo no se les disminuye un peso, sino que recibirán más. Gracias al 8 por ciento de aumento que senadores y diputados recibirán, ejercerán un gasto conjunto de 13 mil millones de pesos. Como la clase política no conoce llenadera, a ese recurso súmele los 25 mil millones que se destinarán a partidos y elecciones.

También los acreedores cuentan y cuentan mucho. Por eso hay que seguirlo contando. Lo que el año próximo se irá a la panza infinita de la deuda equivale a 25 veces lo que se destinará a ciencia y tecnología. Y por si algo faltara entre las cosas que cuentan y cuentan mucho es el dinero que el gobierno federal perdona a los contribuyentes más gordos, mediante deducciones, exenciones y subsidios. Ahí se irá un monto equivalente a siete veces de lo que se destinará a desarrollo social.

Así está el reparto del pastel del dinero de todos. ¿La gente? Que espere. ¿Sus desastres? Ya caerán de la mesa las benditas limosnas. Los que reparten el dinero están ciegos y sordos. No los conmueve nada. Ni sus propias leyes. Alguien de Juchitán, entre los escombros, elevó su voz y reprochó: “no queremos discursos, queremos comida”.

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