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El humor ante la tragedia

Siempre he defendido el derecho a “pitorrearnos” del entorno y de lo que pasa en la esfera pública con el debido cuidado de enfocar esa energía a no dañar susceptibilidades. Desde ahí hago una defensa al sentido del humor. Uno de los mejores análisis políticos es el que se ejerce a través de la caricatura política. Es como entrar a las entrañas de información cruda, sin matices, que muchas veces explica más que la seriedad del análisis de muchos columnistas.

Igualmente a través de las letras, muchos analistas ocupan el recurso del humor. Por ejemplo, ahí está Armando Fuentes Aguirre, ‘Catón’, y en su tiempo Germán Dehesa también soportaba su análisis político en su sentido del humor. La sátira y el sarcasmo a veces son indispensables para la comprensión de las cosas.

Todo lo anterior lo defiendo, lo disfruto, y en lo personal, a veces ocupo el sarcasmo como un elemento para tratar de explicar las cosas en lo que escribo. También creo que el uso del humor es libre para cualquiera, más ahora en la era de la información viralizada a través de las redes sociales.

Sin embargo, comienzo a sentir, como todo lo que pasa por el ojo cibernético, que el exceso de sátira, burlas, chistes y la simplificación del análisis de lo que pasa, por medio del humor, está siendo contraproducente. Sí, estoy cayendo en una contradicción, lo defiendo y a la vez lo critico. Hoy, en medio de las redes sociales, estamos llegando a niveles alarmantes de simplificación de lo que acontece. Históricamente, los mexicanos nos hemos sentido orgullosos de nuestro humor. Hemos sobreexplotado el “ingenio” del mexicano: ese ocio activo que hace chistes tan sólo 5 minutos después de un terremoto, y ahora, memes que lo expliquen todo.

Pero creo que ya llegamos a un punto en el que las cosas ya no deberían darnos gracia. Parece que ante la impotencia que suscita lo evidente como el saqueo de la nación, los desastres naturales y el grotesco actuar de la clase política, solo nos queda la risa, parece que es un mecanismo de defensa para tratar de asimilar el ejercicio surrealista del poder.

El “ingenio” del mexicano, que no da más que para burlarnos de las tragedias, me comienza a parecer patético. Y es que por medio del humor es como le damos la vuelta a nuestra propia realidad, y sí, contradictoriamente soy de los que piensa que hay que aprender a burlarnos de nuestra propia circunstancia, pero la manera colectiva como hemos explotado esa “cualidad” es ya contraproducente.

En México todo es gracioso, la corrupción, las tragedias naturales, la forma como los gobernantes se aprovechan de esas tragedias. Estamos en la barbarie mediática de las redes sociales donde somos incapaces de asimilar la información más que la que sea graciosa.

Quizá nuestro instinto de comicidad se da a partir de la caricatura de nuestras instituciones, del ejercicio del poder de nuestros gobernantes y la indiferencia de una nación a la que solo le queda reírse. No podemos negar que el espíritu colectivo ha emergido cuando el país ha pasado sus peores tragedias. Caso concreto el sismo de 1985, donde surgió en la conciencia lo que era una sociedad civil organizada. Pero ante el desastre nacional de hoy, no tenemos mucha capacidad para asimilar lo que nos pasa como nación, nos involucramos pasivamente en los problemas a través de donaciones para damnificados y postear buenas intenciones en nuestros muros de face. Y no me tomen a mal lo de las donaciones —cosa que considero loable—, simplemente trato de señalar que nuestro espíritu colectivo debería dar para crear mejores condiciones de vida. ¿Por qué no podemos parar la inmensa corrupción que daña a este país?, ¿por qué seguimos dejando que los mismos nos gobiernen?

Con el saqueo histórico a nuestra nación por parte de la clase política tan solo en los últimos 35 años se ha lapidado la esperanza de varias generaciones para tener una vida mejor, con lo saqueado hubiéramos reconstruidos millones de Juchitanes. Con solo lo que han desviado en el peñanietismo (véase la investigación “La estafa maestra” hecha por Animal Político), México hubiera cambiado la realidad social de millones de personas. La corrupción es una tragedia a la que no podemos donar nada, más que nuestra indiferencia, además de analizarla con el ojo cómico del que goza cada uno de nosotros.

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