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El poder de la cultura y de la participación ciudadana

La democracia exige de la ciudadanía información, discusión, debate, argumentación… las prácticas políticas que vivimos, especialmente en tiempos electorales, no sólo poco tienen que ver con esto, sino que inhiben sistemáticamente la participación ciudadana.

¿Qué puede hacer la ciudadanía para librarse del régimen mercantil actual, que como rey Midas, convierte todo lo que toca en objeto de compraventa: a la Madre Tierra, al arte, a la educación, al trabajo, a la política, a la religión, al amor, a las personas…?

A muchos hoy nos tiene especialmente inquietos la mercantilización de la política, pues destruye cualquier posibilidad de democracia. La gente no puede pensar ni contrastar, ni decidir libremente, cuando en lugar de recibir información sobre proyectos de nación, o en lugar de ser invitada a participar en su construcción, recibe ‘slogans’, sobornos o amenazas; cuando las prácticas del viejo corporativismo autoritario del PRI se contagian a otros partidos; cuando éstos compran votos, acarrean gente a actos proselitistas, amenazan con sanciones o pérdida de permisos, a quienes falten, como sucedió recientemente con los tianguistas de la capital queretana.

¿Qué sucede con el sentido común de toda esa gente (ilustrada o no), que trabaja en nuestras instituciones políticas, en el INE, el IEEQ, en los partidos?; ¿qué sucede con los candidatos a cargos de elección popular, que se ven arrastrados por esta inercia y no logran reconocer que democracia, mercado o acarreos son simplemente incompatibles?

Y si lo entienden bien, ¿por qué simulan?, ¿por qué no gritan que ‘el rey está desnudo’?, ¿será porque les conviene?, ¿será porque el desafío es tan grande que no saben cómo enfrentarlo y más vale aparentar que pueden, para no ser linchados?

La democracia exige de la ciudadanía información, discusión, debate, argumentación, contrastación de perspectivas, reflexión colectiva, escuchar lo que otros dicen, decir lo que a uno piensa; requiere organización, planeación conjunta, distribución equitativa… las prácticas políticas que vivimos, especialmente en tiempos electorales, no sólo poco tienen que ver con esto, sino que inhiben sistemáticamente la participación ciudadana.

¿Para qué contrastar reflexivamente proyectos de nación? Eso es muy complejo, y “para eso están los políticos de carrera” (dijo una vez un alcalde); “¿para qué andar tras los candidatos, si ya sabemos que cuando lleguen al gobierno, no van a tomar en cuenta nuestras demandas y sólo perdemos miserablemente el tiempo?” (dice el populacho).

Además, si los gobernantes no toman en cuenta las demandas ciudadanas, no es necesariamente porque sean malas personas; también sucede que hay demasiadas necesidades en este México o en Querétaro (tan desiguales), que el buzón gubernamental se satura, las presiones desquician, “la cobija no alcanza”, el presupuesto se jalonea, “la ley no lo permite”, el tiempo corre… y atender a las poblaciones que más lo necesitan, es como tratar de llenar un barril sin fondo.

Con las poblaciones “jodidas” las grandes inversiones no lucen, pues hay que empezar por lo que no luce: el drenaje. Mejor llenar el centro antiguo de estatuas, murales, flores, jardines, fuentes saltarinas, juegos de luz…; mejor presumir su belleza, como si cada nuevo alcalde fuese su factótum, mejor hacer oídos sordos a las protestas de quienes no viven en las bellas zonas.

¿Qué sucede en este contexto, con nuestras universidades públicas, que debieran contribuir a crear otras formas de democracia más participativa? También se ven arrastradas muchas veces por la inercia.

Emir Sader, en ‘Los últimos intelectuales de la esfera pública’(‘La Jornada’, 08/06/18), denuncia la crisis del pensamiento crítico, por la burocratización de la academia, que entretiene a los universitarios en llenar formatos, diseñar normas o presentar informes, y les dificulta dedicarse a enfrentar los grandes desafíos teóricos contemporáneos. “Encerrados en sus campus universitarios y en la fragmentación disciplinaria, los intelectuales de élite poco comprenden la realidad de la mayoría de la población y poco se comprometen con las luchas populares”.

Sin embargo, por todos los rincones del país, dentro y fuera de las instituciones, surgen iniciativas ciudadanas que buscan cambiar el rumbo y trabajan para construir ciudadanía.

Si nuestros gobiernos están incapacitados para modificar el rumbo, los ciudadanos podemos empujar desde donde estamos. ‘Si no existe otra opción a la que impone el neoliberalismo, hay que construirla’, señalan los tercos, los que no se dan por vencidos.

Así, hay que dar la bienvenida iniciativas ciudadanas como la del Observatorio de Coyoacán, integrado por alrededor de 70 científicos, periodistas, académicos, artistas, promotores culturales y demás que están publicando el manifiesto: “poder de la cultura, no cultura del poder”, instando a la comunidad entera a sumarse a un cambio en el país que democratice la cultura.

En Querétaro, demos también la bienvenida a la Red de Organizaciones de la Sociedad Civil, que integra a varias agrupaciones por pugnan por democratizar al país, descolonizar y desmercantilizar el pensamiento y construir condiciones para una vida digna. Bien. No dejemos solos a los “políticos de carrera”.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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