Articulistas

El regaño

-¿Definiste ya algo?

-Ya me regañaron. Con razón. Tienen toda la razón. Que aguante quince días. Claro que aguanto. Y que guarde silencio. Claro que me callo. Güey, güey, güey, yo.

Salí relajado, esperaba algo peor. Camino en silencio hacia la orilla más próxima, por una calle solitaria y sombreada, el calor está fuerte. Relajado, guardo silencio dentro de mí. Qué alivio. Casi quiero saltar de gusto. Por güey, por burro, por tonto.

Entro a una iglesia a descansar. Hay música sacra. Qué frescura. Qué silencio. Recogimiento. Me imagino a los indígenas de siglos anteriores, viniendo del monte, de sus chozas, de sus tierras, a esta majestuosa Casa del Señor. Impone.

Escucho varias voces humanas dentro de mí, claras y bien timbradas, tres, cinco, son legión. Son los regaños de gente que aprecio. Y todas tienen razón. Soy un güey, un güey, un güey.

El carácter abierto en un mundo cerrado.

La humillación como piedad y alimento y no como afrenta.

Desnudarse sin vergüenza.

-Su atrevimiento está en decir lo que piensa. Cualquier cobardía, cualquier reserva es un pecado en el escritor. Tiene que decirlo. Y pagar las consecuencias.

Es la voz de Elías de un apunte de 1972.

Salí bendito de la pequeña iglesia en la orilla de la ciudad.

Ruedas

A Toño Fosado

Si me paro, me alcanza la de atrás.

Si voy más rápido, me despedaza la de adelante.

Lo bueno es que no he alcanzado ninguna meta.

Los amigos que ya llegaron, ya se fueron.

Los que no hemos llegado, seguimos buscando.

Sabiendo que hay poco menos que nada.

Pero eso te mantiene en forma.

Bueno, es un decir, la máquina del cuerpo rechina por todos lados y ya no hay refacciones.

Si corres, la alcanzas; si te paras, te alcanza.

El espacio se va cerrando.

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