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El triunfo de la izquierda en Inglaterra y Francia ¿el comienzo del fin del neoliberalismo?

Los formidables triunfos electorales de la izquierda europea, particularmente de los laboristas en Gran Bretaña y de los socialistas en Francia, han conducido a numerosos analistas a afirmar con insistencia que estamos frente a una nueva era: la de las nuevas oportunidades de la izquierda. Más aún, la del debilitamiento sustancial de una época de cruda exaltación del mercado y del inicio de una época de revalorización de la política y del papel del sujeto social frente al embate de los designios económicos y financieros de carácter global.

En el marco de esas espectaculares victorias y del ambiente emotivo que entrañan, pareciera ser que este tipo de apreciaciones tienen un sólido fundamento. Después de todo constituye un hecho contundente de la política europea el viraje electoral hacia la izquierda, donde 13 de los 15 países de la Unión Europea están, en el presente, encabezados por gobiernos de centro, o coaliciones que incluyen la centro izquierda.

Sin embargo, la apariencia de un cambio uniforme es engañosa y resulta inconveniente establecer amplias generalizaciones sobre el papel y el futuro de la izquierda frente al empuje «neoliberal y menos aún sobre una supuesta debilidad de la derecha. A este respecto, el ejemplo británico resulta paradigmático.

Como es sabido, el primero de mayo pasado, el Partido Laborista dirigido por Tony Blair obtuvo un triunfo sin precedentes en la historia política moderna de Gran Bretaña al obtener, después de 18 años consecutivos de dominio conservador, una abrumadora mayoría de asientos en la Cámara de los Comunes, compuesta de un total de 659 curules. El Partido Conservador, por su parte, sufrió su peor derrota desde 1906. Pero al mismo tiempo Gran Bretaña tiene en Tony Blair, a su primer ministro más joven desde 1812.

La magnitud del triunfo laborista puede apreciarse si se considera que el Partido Conservador de los 321 asientos que poseía sólo conservó 165, mientras que el Partido Laborista pasó de 272 a 418. Por su parte, la tercera fuerza política del país, el Partido Liberal Demócrata logró pasar de 26 a 46 asientos.

La nueva Cámara de lo Comunes sufrió una transformación radical: de ser tradicionalmente blanca, masculina y de edad madura, se convirtió en expresión de lo que es la Gran Bretaña moderna. El número de mujeres electas ascendió de 63 a 120 en la nueva Cámara e incluye a nueve miembros del parlamento pertenecientes a minorías étnicas, a un ministro del gabinete abiertamente homosexual y a un ministro de educación ciego. Los demócratas liberales con sus 46 asientos tuvieron la mejor actuación para un “tercer partido” por tres generaciones y no hay ahora ningún miembro del parlamento conservador en Escocia y en Gales, además de que todos los siete ministros anteriores de gabinete perdieron sus escaños.

¿Cómo se explica el histórico triunfo de Blair y su Partido Laborista?

Varios factores intervinieron destacando entre ellos:

  1. Lo que algunos líderes británicos han llamado “guerra civil” que arrasa el interior del Partido Conservador. La razón de fondo de la división conservadora era la cuestión de la moneda única europea, que creó un conflicto tan fundamental y poderoso que aplastó cualquier posibilidad de que Major accediera a un tercer periodo y prolongará los 18 años de gobierno conservador. Hasta el sábado anterior a la elección, el Times de Londres había identificado a 282 candidatos conservadores (de un total de 647) que proclamaron que la Gran Bretaña debía mantenerse fuera de cualquier mecanismo de moneda única.
  2. Directamente relacionado con el factor de la de escisión conservadora como elemento explicativo de su debacle electoral, se encuentra el hecho de cómo percibían los ingleses a John Major. No obstante ser un hombre con importantes virtudes personales y de considerable habilidad política era considerado como un líder débil y gris, particularmente cuando se hacía la inevitable comparación con su predecesora Margaret Thatcher. En este sentido, para el grueso de los británicos la situación era clara: Major fue incapaz de disciplinar a una porción importante de miembros del parlamento y ello generó toda clase de dudas sobre su liderazgo en un medio político donde los dirigentes fuertes son objeto de especial reconocimiento, Este hecho cobra significación sí se considera que el cambio de dirección en el voto se dio en un contexto de excepcional auge económico calificado por los analistas como el más espectacular de la Europa contemporánea,
  3. Otro factor fundamental es la personalidad y los alcances políticos y programáticos de Blair. Elegido apenas en julio de 1994 nuevo líder de un dividido y desmoralizado Partido Laborista en sustitución del finado John Smith, necesito de sólo un año para transformar al partido hasta convertirlo en una fuerza elegible después de años de hondas divisiones internas y concomitantes fracasos y derrotas electorales. Pero más allá de estas cualidades, Blair demostró ser la persona ideal para el cargo. Su edad, su aspecto físico, su familia —que en mucho recuerda a la de William Clinton— todo era perfecto para vender la idea de un laborismo renovado y fresco. En él se conjugó algo especial y que resultó altamente atractivo para una abrumadora mayoría de los votantes británico: la mezcla de un nuevo laborismo —una especie de aceptación de las reglas del mercado, atemperadas por la solidaridad del grupo administrada a través de las organizaciones” sociales— con un claro reconocimiento de los importantes y exitosos cambios llevados a cabo por los conservadores en el terreno de la economía.
  4. Pero Blair fue más allá de lo económico y social al proponer una serie de cambios fundamentales que tocan la médula misma del orden político británico y que vinieron a realzar y fortalecer el contenido programático de su campaña. Entre ellos destacan: a) la transformación del sistema electoral mayoritario en favor de uno proporcional, de acuerdo a un pacto que estableció con los liberal-demócratas; b) la recuperación de la vida municipal; o) la descentralización en favor de Escocia y Gales y; d) el fin del carácter hereditario de los lores tradicionales.
  5. El hecho de que, a pesar de los aspectos positivos que ha traído consigo la revolución thatcheriana, las políticas conservadoras han fracturado a la sociedad británica en la que es perceptible una mayor desigualdad y una cada vez mayor distancia entre ricos y pobres. Si bien es verdad que se han creado numerosos empleos en los últimos tres años y que la tasa de paro es una de las más bajas de la Unión Europea, muchos de esos trabajos se caracterizan por la precariedad, y las diferencias salariales entre los mejor y los peor pagados se han incrementado.

Las anteriores son, sin duda, sólidas razones para que la izquierda británica obtuviese un histórico triunfo en las elecciones generales. Parecieran ser también sólidas razones para argumentar que el papel “neolaborismo” será decisivo, en cuanto a las perspectivas de un cambio de dimensiones radicales en el modelo; sobre todo de naturaleza económica en el modelo instaurado por los conservadores. Pero ¿es esto así?

La herencia conservadora de Margaret Thatcher

En realidad, el triunfo electoral es sólo el principio y a los laboristas les queda ahora lo más difícil: gobernar en el marco de un impresionante legado conservador que, a pesar de la abrumadora mayoría laborista en el Parlamento, le restara margen de maniobra a Blair y condicionará severamente la orientación del ejercicio del gobierno de la izquierda (en el supuesto, bastante endeble por cierto, de que los laboristas y conservadores difieran en lo sustantivo respecto a la conveniencia de ese legado).

En efecto, durante los 18 años de dominio conservador Gran Bretaña experimentó un cambio tal vez más profundo que el que ha tenido la mayoría de los países europeos en el lapso de muchos años. Buena parte de ese cambio se debió a Margaret Thatcher. Fue ella quien en la década de los ochenta transformó la dirección económica del país, destruyendo el poder de los sindicatos, privatizando las mayores empresas del estado y reduciendo los impuestos y el gasto público. La prueba más clara del contundente legado económico de la Thatcher es la promesa de Blair en cuanto a no subir impuestos o alterar los planes de gasto de los conservadores por dos años.

De manera similar, el legado de Thatcher se dejó sentir en un cambio en la mentalidad británica. En un país que había considerado la búsqueda de riqueza y comodidades como algo negativo, ella llevó el sentido de que la prosperidad era necesaria. En el presente, esa convicción es compartida tanto por los conservadores como por los laboristas más recalcitrantes. En ese sentido, ni Blair ni la mayoría de los británicos parecen querer renegar de los aspectos positivos que ha traído la revolución thatcheriana, continuada por John Major. En estos años, la economía británica ha recuperado competitividad, ha crecido y creado empleos, al tiempo que se ha librado de obstáculos que han frenado el proceso de modernización. Este es un hecho ampliamente aceptado en la Gran Bretaña y es algo con lo que los laboristas tendrán que convivir en el transcurso del ejercicio de su mandato.

Los nuevos retos de la izquierda en Inglaterra

En este contexto, para Blair y la izquierda británica el reto consiste en traducir los conceptos abstractos del nuevo laborismo en programas viables. El nuevo Primer Ministro tendrá formidables tareas ante si, desde participar en las interminables negociaciones sobre el futuro europeo con propuestas claras y capacidad para pactar y no solo oponerse a la integración, hasta estar a tono con las expectativas de los electores duros de su partido. Blair sabe que fincó su triunfo en la síntesis de la promesa de continuidad de la política económica impuesta por los conservadores con el complemento de una renovada tradición solidaria laborista. Desde esa óptica, como artífice y encarnación del neolaborismo, Blair tendrá la compleja tarea de mantener el delicado equilibrio entre los principios y transformaciones neoliberales ampliamente aceptados en su país y los lineamientos básicos de un laborismo al que tampoco puede renunciar sin pagar altos costos, pero al que, al mismo tiempo, tampoco puede poner en práctica en el marco de una globalización económica que conforma una apabullante realidad.

Enfrente, el Partido Conservador está ante una época de intensa lucha interna, de la que tardará en salir en busca de un nuevo sentido y un nuevo líder que dé cohesión y unidad al partido. Ello no significa, empero, que los conservadores estén fatalmente debilitados como algunos han sugerido.

Si bien es cierto que el cambio en favor de los laboristas es gigantesco, no significa, ni mucho menos, una señal de que los votantes le han dado en definitiva la espalda a los conservadores. Baste recordar que el Partido Conservador es uno de los partidos de derecha más exitoso del siglo XX. Entre 1900 y 1997 ha estado en el poder, solo o en coalición, por sesenta y siete años. En este sentido no es el conservadurismo lo que los electores británicos no toleran sino el presente y lamentable estado de un Partido Conservador escindido y políticamente incompetente.

Tal como señala The Economist, la característica central del electorado contemporáneo es un volatilidad. Los electores no se encuentran libres de optar en cada elección general por el partido de su preferencia. Tal es el caso del electorado británico que en esta ocasión votó por los laboristas de manera abrumadora, pero sin ello a fin de cuentas nada dice acerca de lo que sucederá en las próximas elecciones generales.

El Partido Laborista —y la izquierda británica en su conjunto— debe aprender las lecciones derivadas de esta situación, siendo la principal que si desea permanecer en el poder por más de un periodo tendrá que merecerlo. Ello significa que a pesar de la brillantez de su victoria, Blair tendrá que concentrar sus esfuerzos tanto en mantener los altos niveles de competencia política en el ejercicio de su gobierno como en la disciplina al interior del partido, dentro del marco de una economía y de un ambiente mental básicamente conservadores. Y si quiere asegurarse de ello, Blair tendrá que actuar siempre como un moderado en materia política económica —lo que implica la aceptación prácticamente cabal del modelo neoliberal — y tal vez con un sentido más radical en el ámbito de la política, especialmente en el rubro de la reforma del sistema electoral británico.

Convivencia de la izquierda política y la derecha económica, tales son las condiciones que las circunstancias imponen a la gran Bretaña del presente, así como de los países europeos. En el caso británico, constituye un hecho innegable que los legados económicos pesan mucho y que la perspectiva neoliberal se ha impuesto ampliamente. La formidable herencia thatcheriana obligará a Blair y a la izquierda a hacer cambios moderados, especialmente en materia de política económica. Para bien o para mal la orientación neoliberal conservadora ha probado ser muy exitosa en el caso británico, además de aceptada por una enorme proporción de electorado. Blair lo sabe y es muy probable que actúe en consecuencia.

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