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En la ruta del Che

La ruta del Che, al igual que la vida del mismo, es un camino complicado, pero que bien vale la pena andar… la utopía sirve para eso.

El mes pasado, el 8 de octubre para ser preciso, se conmemoró un año más de la vida, y muerte, del Che Guevara, revolucionario argentino-cubano asesinado hace ya cincuenta y un años. El 68 y Tlatelolco acapararon las remembranzas, sin embargo, con el Día de Muertos recién transcurrido, creo que aún se vale hablar del Che, más porque en la tradicional celebración se acostumbra recordar a los seres queridos y admirados.

¿Qué decir de Ernesto Guevara que no se haya dicho ya? Sus viajes en motocicleta en América Latina, sus días en Guatemala cuando el golpe de Estado contra Arbenz, su llegada a México, su amistad con Fidel Castro, su lucha revolucionaria en Cuba, Santa Clara, La Habana, el Banco de Cuba, Playa Girón, el Congo, Bolivia…tierra en la que buscó plantar la semilla de la utopía socialista y en la que encontró su trágica muerte.

Los restos del Che, perdidos durante muchos años —a diferencia de su último diario, rescatado y publicado en el 68—, fueron localizados en 1997, gracias a la imprescindible investigación del periodista John Lee Anderson. A partir de ahí, Vallegrande, en lo profundo de Bolivia, se convirtió en centro de peregrinación para miles de admiradores que recorren la ruta del Che. Cuyos pasos me propuse recorrer a principios de este año.

El primer paso lógico es viajar en avión de la Ciudad de México hacia La Paz, con escala en Lima. Ya en la capital más alta del mundo, donde literal tienes algunas nubes a la altura de tus ojos hay que habituarse precisamente a eso, a la altitud, mareos y ganas de vomitar de por medio. Por supuesto que hay muchas maneras de llegar a Vallegrande, yo sólo contaré la que tomé.

De La Paz a Oruro, de Oruro en tren a Uyuni, a ver ese magnífico salar que se convierte en espejo del cielo, de ahí a la ciudad minera de Potosí, punto central del ascenso capitalista, después Sucre, segunda capital de Bolivia y, finalmente, Vallegrande.

Pero no es así de fácil. Entre capital y capital departamental no hay problema en encontrar transporte, pero la última morada del Che es una ciudad muy pequeña, la capital de la entidad es Santa Cruz, que al venir de Sucre nos quedaba como a cinco horas más de camino, para después regresar otras siete a Vallegrande, por lo que decidimos bajarnos en Mataral, en el cruce de caminos hacia nuestro destino.

Aun así, era un trayecto como de ocho horas, en un camino terregoso y complicado. Acomodo mi columna para sortear las curvas. La noche iluminada por la luna nos cubre completamente, a duras penas se alcanza a apreciar la selva que rodea el camino. No quiero ponerme romántico, pero lo que podría haber sido un viaje muy pesado por las condiciones, me resulta hasta agradable, al saber que voy a mi esperado encuentro con el Che. Es casi una peregrinación religiosa.

Nos bajamos en Mataral, “vayan por ese camino”, nos dicen los del autobús y nos despedimos alrededor de las tres de la madrugada, en medio de la casi nada. Mataral es una calle de casas viejas, no más. Nos acomodamos en un kiosco, único lugar con luz eléctrica. Platicamos con obreros y borrachos que se acercaban, hablamos de futbol, política y el Che. Esperamos casi tres horas para que una camioneta de comerciantes nos llevara a Vallegrande. La entrada entre la serranía es mágica, así como muy, muy fría. Íbamos atrás de la camioneta, al aire libre, cobijados con lo que traíamos. Dos horas de trayecto y llegamos al amanecer. Una estatua y un mural con el rostro del Che nos indican que hemos llegado.

Nos disponemos a ir a la lavandería del centro de salud, lugar donde le tomaron las últimas fotografías, en las que se asemeja, dicen unos, a cristo. Preguntamos a lugareños y varios ni nos saben decir dónde queda. Después nos enteraríamos que la historia del Che, paradójicamente, no es muy conocida en Vallegrande.

A pesar de que en octubre del 2017, en conmemoración del 50 aniversario de su muerte, se realizó un magno evento contra el imperialismo. Con motivo de dicha celebración, resulta que la lavandería había sido bardeada y protegida por el gobierno de Evo Morales. Ahora, sólo se accede con guía y pagando. Lo hacemos, ni modo.

Frente a la plancha donde estuvo su cuerpo, rodeados por tres paredes atascadas de mensajes para el Che, se tiene una sensación extraña. No sé, nostalgia, tristeza, el saber que estás en un lugar con esa mórbida trascendencia te hace pensar muchas cosas. Están, por supuesto, un pequeño cementerio a las y los guerrilleros que lo acompañaron y un mausoleo donde encontraron los restos de Ernesto y los suyo. La Higuera, lugar donde lo asesinaron, a tan sólo 50 kilómetros, pero a tres horas de recorrido, tuvimos que dejarlo para otra ocasión.

El difícil acceso, supimos, se hace acompañar de una difícil salida. La ruta del Che, al igual que la vida del mismo, es un camino complicado, pero que bien vale la pena andar… la utopía sirve para eso.

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