Articulistas

Encuentro con el padre

La semana pasada se me acercó el muchacho. Me platicó lo que le dolía.

Cristian es el mayor. Marcia, su mamá, es sirvienta en una casa por el Club Campestre. Allí trabaja de lunes a sábado, con lo que gana le alcanza para mantener a sus tres hijos y a ella misma, darles casa y alimentos. Aprovechando que todavía no hay clases, por lo del covid, Cristian cuida a sus hermanitos y les da de comer; también asea la casa. Como se ahorra además los $500 semanales del transporte, alcanza mejor para la comida. Muchas veces ha pensado que no sabe cómo sacaría la escuela si no fuera porque su amigo, Israel, vive cerca y también va en quinto (igual que él) y sus papás permiten que use la computadora para sus clases en línea y la comparta con Cristian.

A veces, Marcia se queja de que regresa muy cansada del trabajo, y que todavía tiene que lavar la ropa y arreglar la casa en lo que no puede hacer su hijo mayor. De vez en cuando, se le sale un suspiro por no tener esposo: “¡ah!, un hombre me sacaría de trabajar y yo podría atender a mis hijos como es debido. Pero, así como están las cosas, ni pensarlo”.

Además, dice que, con tres hijos y teniendo que chambear siempre, se ha avejentado y no hay quién se interese por ella. Su casa es un cuarto único, que lo mismo es dormitorio, que cocina o comedor; afuera sólo queda el baño. Ella duerme en una cama y los niños en otra, pero todo se oye; por eso, Marcia espera a que sus hijos se pierdan en sus sueños para, entonces sí, llorar en silencio.

Vive convencida de que ella no puede ser amada; se siente hueca, como jacal donde nadie vive; si los pensamientos son como espejo donde se ve una a sí misma, el de ella es opaco, no refleja nada. Es falso que arriba haya estrellas o infierno en las profundidades; todo es vacío, ausencia, sin agarraderas. Todo está acabado o, quizá, ni siquiera ha empezado.

Cristian tiene ganas de salir con sus amigos a platicar, a jugar fútbol con ellos o, como se hacía en la escuela antes de la enfermedad, que todos iban de campamento a Huimilpan o siquiera a un parque cercano para pasar la noche. Le gustaría que su mamá le ayudara a hacer la tarea o a investigar, como le recomiendan en las clases en línea. También quisiera salir a platicar con Vanessa, la niña de la ferretería, que siempre anda muy limpia y peinada. Pero no; todos son deseos que él tiene sólo en su cabeza; no hay manera de que sean realidad. debe ayudar a su mamá en todo y atender a sus hermanos para que no se vayan a enfermar.

La semana pasada, por ser invierno, ya estaba oscureciendo, aunque todavía era temprano cuando su mamá le pidió que la acompañara, aprovechando que había llegado la tía Ruth y se quedaría con los niños un rato. El jovencito no quería salir, porque había que estudiar: el viernes tendrá examen de historia, como les anticipó el maestro. Además, él sabía a dónde quería ir su mamá, y se rehúsa porque no le gusta ese lugar. Pero, “¿cómo se le iba a oponer?”; tuvo que aceptar. ¡Total!, sólo está a trece cuadras de su casa.

Cuando llegaron Marcia y Cristian, los recibió el hermano (un señor viejo, pelón y gordo), que allí mismo vive. Les dio la mano amablemente y los pasó a un cuartito, a un lado de la casa grande, se acomodó en un sillón; a Marcia y a su hijo los sentó en una banca de madera, linda, de amplias almohadas. Tomó aceite verde de una botella, se frotó las manos y después untó cara, brazos y piernas de Marcia. Luego, sobre piedras colocó carbón, le prendió fuego y, encima, quemó yerbas olorosas.

Entonces, con los brazos colgando a los costados del sillón, se sentó, cerró los ojos y entró en trance; se agitaba en convulsiones y emitía grititos cortos e intermitentes. Enseguida, empezó a hablar: “Marcia, hijita, ¿por qué apenas ahora me buscas?”; la mujer, emocionada y temerosa, le dijo: “¿Papá? No pensé que podría encontrarte algún día. Te moriste cuando yo tenía cuatro años. ¿Por qué te fuiste sin dejarme conocerte? Quiero que me acaricies”.

El hermano, entre estertores, estiró sus brazos y la tomó, la sentó en sus piernas y la mantuvo abrazada, mientras recorría su cuerpo con las manazas. La mujer lloró y lloró, sin detenerse, pese a tener enfrente a Cristian, su hijo. El chico no supo qué hacer, y prefirió permanecer en silencio ante su madre quebrada. Al cabo de 15 minutos, el hermano retiró a Marcia. Él se levantó, ella también. Una vez que se ordenaron las ropas, ella le entregó los 500 pesos de la sesión, y madre e hijo se marcharon.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba