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Energías emocionales, homeóstasis y filosofía

La única vía que permite reducir significativamente las dolencias y mantener la homeóstasis de las energías emocionales es la felicidad; según Epicuro, sólo podía lograrse mediante la ausencia de dolor corporal y de perturbación espiritual, es decir mediante el equilibrio.

El pensamiento hegemónico, ese que algunos denominan occidental, ha penetrado profundamente en el comportamiento de los seres humanos, creando paradigmas que explican lo que es “normal” y “correcto” en la vida. Entre estos paradigmas hegemónicos está aquel introducido por el conglomerado médico-farmacéutico, el cual asume la enfermedad como un proceso provocado por causas externas al individuo y sólo ofrece placebos anti-todo: antiinflamatorios, antidepresivos, analgésicos, antitumorales, entre otros, sin aceptar que las afecciones son producto de anomalías emocionales originadas por presiones del ambiente socioeconómico cultural y biológico que rodea a los individuos.

Los pueblos originarios poseían una cosmovisión diferente y, particularmente respecto a los procesos de salud-enfermedad, consideraban que su equilibrio estaba definido por aspectos energéticos-emocionales. Consideraban que el cuerpo humano poseía diversos centros energéticos o anímicos, en la cabeza ubicaban la conciencia y la razón; en el corazón la vitalidad, el conocimiento, la memoria, la voluntad, el sentido de vida, la imaginación, la voluntad, el libre albedrío y la prudencia; en el hígado los sentimientos y las pasiones; y el alma -tonalli o pixan- era la fuerza vital o suprema del organismo.

La pérdida del alma provoca –según la cosmovisión prehispánica- enfermedades graves y puede conducir a la muerte, pues es la energía que da al individuo vigor, calor, valor y le permite el crecimiento. Esta energía también puede fragmentarse debido a un susto o embrujo, o en la vida contemporánea un asalto o secuestro, el desempleo, el acoso escolar o sexual, la perdida de sentido de vida, entre otros factores.

En la actualidad los seres humanos, sin importar su situación socioeconómica, cultural, étnica, su edad, color de piel, género o preferencia sexual, se ven sometidos a valores paradigmáticos como son: la importancia de la posesión material, estimulada intensivamente por los medios de desinformación y la falsa creencia del “éxito”. Esta situación “obliga” a que quienes desean ese falso “éxito” a buscar obtener por medios legales e ilegales, morales e inmorales la mayor cantidad de dinero, sin importar a quien tengan que pisar o dañar.

Así como la búsqueda incesante del placer mediante el consumo de alimentos, textiles, autos, música, electrónicos, sexo, imágenes, entre otros, tantos como puedan pagar con los recursos monetarios disponibles.

En esa desquiciada carrera por la posesión material, los seres humanos empeñan los afectos, postergan la consolidación de relaciones de pareja sustentadas en la equidad, abandonan a los hijos, adquieren adicción a los procesos laborales y se someten a toda clase de vejaciones, con la única condición de lograr obtener beneficios económicos, para consumir compulsivamente cacharros desechables.

El ser humano moderno no ama a su prójimo, busca a toda costa arrebatarle al otro cualquier cosa o posesión que considere de interés: cuerpos, almas, órganos, bienes materiales, dinero, propiedades, por la insana necesidad de poseerlo todo.

Quien posee poder institucional o riqueza material considera que quienes lo rodean y lo atienden lo hacen por amor, cuando en realidad esa “atención” o simulada “amistad” es un servicio prestado por unos seres humanos y sufragado económicamente por otros, un intercambio comercial. De esta forma se compra compañía, pero no amor o amistad; se adquiere un cuerpo, pero no un individuo enamorado.

Como resultado del comportamiento, antes descrito, se presentan dolencias mentales como la ansiedad, la depresión o la hiperactividad, entre otros, pues la conciencia y la razón han sido afectadas.

Daño a la tiroides, porque los procesos comunicativos se encuentran congestionados o atrofiados; afecciones cardiacas y sanguíneas porque el individuo ha perdido la vitalidad, la memoria histórica, la voluntad y el sentido de vida. Manchas de la piel, inflamación intestinal, daño hepático, porque sus sentimientos se encuentran desequilibrados y sus pasiones exacerbadas. Muchos presentan daños en el alma por el sometimiento y humillación sufridos a largo plazo.

La única vía que permite reducir significativamente las dolencias y mantener la homeóstasis de las energías emocionales es la felicidad, la cual, según algunos filósofos griegos como Epicuro, sólo podía lograrse mediante la ausencia de dolor corporal y de perturbación espiritual, es decir mediante el equilibrio. De acuerdo con esta línea de pensamiento la perturbación espiritual se elimina erradicando las falsas expectativas y opiniones, las creencias irracionales y las vanas esperanzas.

La felicidad es resultado de la justicia, de la equidad, del cultivo de los afectos, como dice José Mújica, por ello ¿Será posible extinguir las dolencias en una sociedad, como la mexicana, llena de prejuicios, inequitativa distribución de la riqueza, racismo, explotación económica y sometimiento?

Ningún paradigma cambia de forma tajante, para que sea sustituido por un pensamiento reflexivo e informado, se requieren pequeños cambios de carácter cualitativo y focal, es decir de pequeña escala, estos cambios poseen una característica fundamental, son aditivos, por ello paulatinamente van conformado un conglomerado cualitativamente superior, el cual finalmente permite un salto cuantitativo de lo inferior a lo superior.

 

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