Articulistas

Entre el miedo y la vacuna

Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo

 Albert Einstein

Todo efecto tiene una causa, es un principio universal. Toda enfermedad, afección o dolencia tiene causas objetivas y subjetivas. Ambas se derivan del comportamiento humano desde el nivel individual hasta el colectivo.

Un principio de la ecología es que la riqueza y diversidad de un ecosistema lo hace más resistente, tolerante y flexible (resiliente) a cualquier eventualidad. El modelo civilizatorio ha tendido a la homogenización, a la destrucción de la diversidad, por ello la humanidad se ha empobrecido y vuelto más frágil ante la presencia de microorganismos: virus, hongos, bacterias y otros.

Para comenzar, la alimentación del cuerpo se ha homogenizado mediante variedades vegetales manipuladas, una agricultura soportada en la estética del tamaño, el color y la turgencia requiere cultivos homogéneos, grandes cantidades de fertilizantes y agroquímicos (herbicidas, insecticidas, fungicidas, acaricidas, bactericidas, etc.), los productos para la ingesta humana, procesados industrialmente, que no podemos llamar alimentos, requieren grandes cantidades de sustancias dañinas a la salud humana: edulcorantes, saborizantes, conservadores, espesante, entre otros. Todo ello hace que los llamados alimentos sean una ilusión de color, tamaño y sabor, parámetros éstos que son directamente proporcional a su pobreza nutrimental.

El crecimiento, medido en dinero (Producto Interno Bruto), representa —en economía— la riqueza monetaria generada por cada país y región, pero en realidad significa el desgaste biológico, orgánico y emocional de cada uno de los seres humanos que aportan su trabajo, sea físico o intelectual. En el PIB no se contempla el daño que hace el trabajo alienante, al que se obliga a las poblaciones humanas, sobre las relaciones familiares y los afectos: el abandono de los hijos, la separación de los padres, la migración y la destrucción del tejido social.

La vacuna contra el coronavirus no solo representa en quien así lo promueve, y ansía —miedo e inseguridad—sino una gran incapacidad para el cambio, se desea la vacuna como un amuleto, y con él regresar a la normalidad de consumo superabundante de chatarras y mentiras. La solución no está en las vacunas, la tecnología o el crecimiento del PIB, sino en primer lugar la condena del modelo civilizatorio implementado por centurias en el Este y el Oeste, así como la regeneración del tejido social y orgánico, la armonización de las emociones y el rechazo a la superabundancia de los cacharros y mentiras.

La humanidad ha querido resolver todos los problemas mediante la tecnología, el crecimiento económico y lo que se llama “científico”, tal vez ha llegado el momento de hacerle caso a Albert Einstein: si queremos obtener algo distinto, no hagamos siempre lo mismo.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba