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Es mi vocación. Se dice en el barrio

Al ir por el periódico, pasé frente al Campo Militar. Vi a varios jóvenes formados. Casi todos iban de mezclilla o dril; algunos de manta o de lo que llaman “terlenka”. Casi todos traían sólo camiseta, para lucir su juvenil musculatura. Pocos se cubrían con chaqueta, a pesar del frío tempranero.

Al pasar a su lado, reconocí a un grupito (dos o tres) de mi barrio. Les pregunté si se inscribían al servicio militar obligatorio; respondieron casi al mismo tiempo que esta fila era, más bien, para entrar de soldados. La de los conscriptos era la de enfrente. Me fui con mi periódico bajo el brazo.

Más tarde vi al “Mamut”, protegiéndose del sol a la sombra de un “pirul”, en la calle. Le pregunté por qué él y sus amigos quieren ser soldados. Su respuesta fue pronta: “porque allí te enseñan a encontrar tu vocación, a ser ‘hombre de verdad’. En este país todo es desorden, cada quien hace lo que se le pega en gana. Se necesita mano dura, y sólo el ejército la sabe usar”. Después seguiríamos platicando. Me despedí. Me urgía llegar a la fábrica antes del silbato; de lo contrario, no me dejarían entrar, me descontarían el día y, si acumulo cinco faltas al mes, me dan de baja “sin liquidación”, me “boletinan” y ya no me contratan en ninguna empresa del grupo. Me fui casi corriendo para entrar a tiempo.

En el camino, se me juntaron recuerdos de aquel otro barrio, donde viví muchos años atrás: un asentamiento irregular, surgido como “espacio de nadie”, donde muchos, sobre todo la soldadesca, mete a sus familias, mientras ellos permanecen lejos por semanas o meses, cuando los destinan a otras partes del país a sofocar o reprimir levantamientos. Unos ya no regresan, porque mueren en suelo ajeno por causas también ajenas, o porque encuentran por allá otras promesas de vida. Otros sí regresan, pero los altos mandos los mantienen de continuo en cuarteles diferentes. Las mujeres quedan solas en el barrio, donde tienen que ingeniárselas para mantener a la numerosa prole que dejan esos agentes de la destrucción. Algunas extravían el sentido de su vida.

Las mujeres dicen que sus hombres viven en la contradicción. Se sienten héroes (y así son llamados en canciones y poemas de fiestas patrias), a la vez que son gente de armas, es decir, profesionales de la muerte. Sus leyes están por encima de los códigos sociales y, a la vez, son finalmente los asesinos de esta sociedad.

Esa misma noche, el “Mamut” me buscó. Quería que le ayudara a sacar de su casa documentos que le pedían para inscribirse como soldado: acta de nacimiento, credencial de elector y, si había trabajado antes, su RFC. Si no los llevaba, no sería incorporado al ejército. Le pregunté por qué no los sacaba él mismo, si era su casa.

Su respuesta fue directa y sin tapujos: cuando su madre tenía doce años, la violaron, y de allí nació su hermano mayor. Ocho años después, ella se juntó con “Nicho”; de esa unión, nació el “Mamut”. El “Nicho” se separó de la mamá y hoy se gana la vida en los tianguis vendiendo refacciones para celulares.

A sus 17 años, el “Mamut” abandonó la primaria (siempre iba rezagado) para entrar como cargador a la Central de abastos; allí cuajó su corpulencia. Entonces tomó en renta la casa a la que me pidió que entrara. Aunque él la paga, se salió porque descubrió, con dolor y escándalo, que su madre y el hermano mayor mantienen relaciones conyugales; ella busca protección total y el hijo mayor se la da. Ya le conseguí los documentos al “Mamut” para que sea soldado.

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