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Este artículo es producto de la sana razón del autor

El periodismo cómodo —como el que hace Loret de Mola—, el que ha vivido ocultando la tragedia, hoy en día tiene que recurrir a ejercicios de “insana imaginación” ante la imposibilidad de esgrimir razones y hechos o cifras certeras.

En 1995, un juicio en Estados Unidos acaparó la atención internacional: el conocido jugador de Fútbol Americano —y miembro del prestigiado “Salón de la Fama”— O. J. Simpson, fue acusado de haber asesinado a su exesposa, Nicole Brown, y a un amigo de ella, Ronald Goldman. A pesar de las pruebas incriminatorias irrefutables que presentó la policía en los tribunales, el litigio mediático de la defensa y el coro de los medios de comunicación ejercieron tal presión que acabaron declarándolo inocente. Años después, descubrirían el error.

El seguimiento mediático de temas políticos de trascendencia nacional —o incluso internacional— no es algo novedoso. Al término de la Segunda Guerra Mundial, la transmisión de los Juicios de Nüremberg (contra los principales 24 líderes nazis capturados) llegaron a numerosos países y contaron con millones de telespectadores que daban seguimiento puntual a lo que veían en las pantallas, siendo clave para ejercer presión sobre el propio tribunal.

Sería falaz e inocente pretender que todos los medios de comunicación reflejan la realidad a cabalidad; es más, investigadores que trabajan en temas de forma exhaustiva durante varios años no logran reflejar en sus investigaciones todos los puntos de vista existentes. La objetividad se consigue admitiendo la propia subjetividad y parcialidad del investigador. Entendido de esta manera, los medios de comunicación tienen una editorial muy definida, la admitan o no.

¿Tienen derecho los medios de comunicación a presentar la realidad según la interpretación conveniente a sus propios intereses? Si y no, verán: La democracia funciona con los contrapesos de los grupos organizados que, por medios de relaciones institucionales definidas, juegan el juego que las legislaciones les permiten. En ese sentido, los medios no sólo tienen que velar por su propia supervivencia, sino por dar voz a los intereses de clase que su política editorial representa.

En una democracia sana deben convivir los Leo Zuckerman con los Álvaro Delgado y el Estado debe velar por defender con celo la opinión de ambos editorialistas, de eso se trata la libertad de expresión. No obstante, si la prensa tiene el derecho de defender sus propios intereses, ¿cómo entra en juego el derecho de las audiencias para recibir información que no sea parcial y poco fidedigna? Ahí está el detalle.

A partir de la toma de protesta, Carlos Loret de Mola ha publicado una serie de artículos titulados “Este artículo es fruto de la insana imaginación del autor” en el que constantemente ha hecho una analogía entre un posible gobierno priista y la agenda política que el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador. Evidentemente, el articulista de opinión tiene todo el derecho de “imaginar” lo que desee, pero expuesto a la opinión pública, el periodismo tiene la obligación de leer entre líneas y criticar utilizando toda la información existente y corroborable. De hecho, esa es su principal labor.

Los artículos de Loret de Mola parten de supuestos totalmente absurdos,“insanos” diría él mismo en el titulo de su artículo: Una posible victoria “aplastante” en los comicios del pasado 1 de julio, el PRI consultando obra pública (¡ya hubiéramos querido la ciudadanía!), un presidente electo y un gabinete gobernando aún antes de haber tomado protesta y no siendo simples ejecutores de las políticas recomendadas por el mercado.

El artículo no sólo carece de originalidad o bases históricas que pudiesen permitir la analogía, simplifican tanto la problemática y establecen hechos inexistentes como un ariete para descalificar decisiones del gobierno entrante para poder seguir apuntalando a la actual política existente. Sí, la que nos ha llevado a que sólo el 23 por ciento de la población tenga recursos suficientes para acceder a los satisfactores básicos para su supervivencia; sí, la que ha provocado cifras cercanas a las 40 mil personas desaparecidas y el disparo de los asesinatos y feminicidios en el país.

Pero el periodismo cómodo —como el que hace Loret de Mola—, el que ha vivido ocultando la tragedia, hoy en día tiene que recurrir a ejercicios de “insana imaginación” ante la imposibilidad de esgrimir razones y hechos o cifras certeras para ejercer su profesión. Imagine la catástrofe que sería que algún otro profesionista ejerciera su oficio mediante la invención y no bajo los estándares éticos, pero sobretodo racionales, que se tratan de enseñar en las aulas.

Es por ello que no es sorpresiva la denuncia pública de algunas de las pocas nuevas voces —como Hernán Gómez Bruera o Gibrán Ramírez Reyes— respecto a la dificultad para acceder a espacios privilegiados de la “comentocracia” mexicana.

A nivel nacional, pero también en todos los estados, la posibilidad de tener espacios con voces críticas es prácticamente nula y, desafortunadamente, el bajo nivel de politización de la ciudadanía suele preferir la comprensión simplista de los intérpretes del régimen al trabajo agotador que implica establecer contrastes y así entender de fondo la compleja problemática social.

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