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Futbol, política y sanciones: algunas estampas

La Selección Mexicana de Futbol acumula ya 17 sanciones por el grito homofóbico en los estadios. No se trata de un tema nuevo, y aunque -por fortuna- cada vez resulta menos polémico, persiste. Los deportes, y marcadamente el futbol, por ser el más popular, se convierten en muchísimas ocasiones en espacios de resonancia de otras tensiones sociales.

El antagonismo, las reivindicaciones ideológicas y hasta la lucha de clases (que se encuentra en el origen mismo de la profesionalización del futbol) han sido llevadas a las canchas de distintas maneras. Es parte del discurso en torno a la “mano de Dios”, por ejemplo. Incluso, es por las posiciones políticas de cada uno que me resulta mucho más simpático Maradona que Pelé.

En 1991, cuando los Pumas de la UNAM vencieron al América en la final de aquel torneo, algunos cientos de personas acudieron a Televisa Chapultepec a celebrar la victoria frente a la casa del rival. Luego, años después, cuando la televisora se hizo de los derechos de transmisión de los Pumas, el agravio se tradujo, por años, en cánticos hacia el palco de trasmisiones en el estadio de CU, y la desafortunada destrucción de más de una cámara de filmación. Esas reivindicaciones y disputas ideológicas, para las que sobran ejemplos, contrastan con las posiciones homofóbicas, racistas y fascistas que también caracterizan al futbol.

Para el partido de vuelta en Marsella, las autoridades francesas prohibieron el ingreso de cualquier aficionado de la Lazio, individual o colectivo, por sus reiteradas alusiones fascistas. Los vínculos del conjunto romano con el fascismo van más allá de alinear a un nieto de Mussolini: son las pancartas en los estadios, cánticos y grupos de aficionados armados.

En México, acaso durante los primeros años -o meses, no sé- el grito homofóbico fue considerado como parte del folklor del juego y de la afición mexicana, destinado a incomodar el rival; casi una variante de la divertida “ola”. Pero no es casual que se haya elegido la asociación entre masculinidad y su supuesta carencia, pues moviliza todos los significados y expectativas sobre quiénes son hombres y quienes no, al tiempo que legitima una serie de prácticas.

Las reivindicaciones fascistas en Europa han crecido sostenidamente en los últimos años. No sorprende que cada vez resuenen más en los estadios y que se manifiesten como pretexto para “incomodar al rival” y recordarle su ascendencia, color de piel o pertenencia a cualquier grupo minoritario.

La FIFA es un ente político: por los recursos que maneja, por el número de países miembro y por las relaciones que establece y regula. Como tal, no es impermeable a las características de los tiempos. Con hipocresía, condena las prácticas que legitima cuando de dinero se trata. La tradición futbolística de Catar se limita a lo económico. Su mayor mérito es tener el dinero para poseer al club que alinea al jugador más mediático del momento; pero se trata de un país antidemocrático, machista y homofóbico. Como en la política, las grandes potencias tienen medios de sobra para movilizar a su favor a la opinión pública (o a la afición). Y a su lado, figuras carismáticas variadas.

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