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Hacia la descolonización del pensamiento

Entre las causas por las que no logramos transformar el grave estado de cosas que padecemos actualmente está la de que el pensamiento, tanto de nuestros gobernantes, como de la mayor parte de la población, está colonizado.

El pasado sábado 28 de abril tuvo lugar la segunda parte del foro ciudadano ‘Hacia la democratización del país y la construcción de una vida digna’, en el Centro Educativo y Cultural, Manuel Gómez Morín, de esta ciudad de Querétaro.

Esa segunda parte consistió en presentar las conclusiones de las tres mesas que se abrieron, 15 días antes, para conversar sobre lo que sucede en el país, sobre cómo afecta a la población y a la Naturaleza, eso que sucede, y sobre qué puede hacerse para transformar la realidad que tenemos.

En artículos anteriores comenté algunas de las ideas que se vertieron en dos de las mesas de discusión: ‘la democratización del país’ y ‘la construcción de una vida digna’. La tercera mesa consistió en reflexionar sobre la necesidad de ‘descolonizar el pensamiento’.

Entre las causas por las que no logramos transformar el grave estado de cosas que padecemos actualmente -por las que no logramos democratizar al país ni conseguir una vida digna para todos- está la de que el pensamiento, tanto de nuestros gobernantes, como de la mayor parte de la población, está colonizado.

Tener un pensamiento colonizado significa que las ideas que habitan nuestra mente, no son producto de la reflexión personal y libre, sobre lo que el entorno nos presenta, sino que resultan de la asimilación acrítica del discurso dominante, que escuchamos y percibimos a través de todos nuestros sentidos, desde bebés.

En las voces mentales que nos guían, domina ésa que conviene al Gran Poder, y que hace que nos conformemos con él.

Estar colonizados ideológicamente significa que, de algún modo, estamos convencidos de que “la realidad es así y no hay forma de cambiarla”, y de que si queremos ser felices, a pesar de todo, habremos de adaptarnos a lo que hay, sin chistar.

Esta convicción se va sedimentando, con la acción cotidiana, sistemática e imperceptible, de lo que Louis Althousser llamó ‘los aparatos ideológicos del Estado’: la familia, la iglesia, la escuela, la empresa en donde trabajamos, el club, la publicidad, la ciudad, etc.

Todos estos actores van conformando nuestra forma de pensarnos a nosotros mismos, a los demás y al mundo, de manera que aceptemos como “natural” lo que sucede: la desigualdad, la exclusión, la violencia, la contaminación, la corrupción, la impunidad…

En esta sociedad de mercado, por ejemplo, el discurso de la libertad fluye por doquier, haciendo creer a la población que cada uno “es libre”, porque puede moverse de un lado a otro o porque puede elegir, entre diversos bienes, cuál comprar.

Si en los hechos, uno tiene dificultades para viajar o para adquirir lo que desea, el discurso dominante lo convencerá de que todo está a su disposición; sólo falta que se esfuerce para alcanzarlo: tener una casa en la mejor colonia, comprar un automóvil, ir a la universidad, tener los mejores aparatos, viajar al otro lado del mundo y demás. Así, si uno vive en un barrio bajo, si no encuentra un buen trabajo, si no pudo seguir en la escuela, si es pobre… todo eso se debe, única y exclusivamente, a que “no se esforzó lo suficiente”. El sistema nada tiene nada que ver, así es que resulta de mal gusto quejarse o entrar en conflicto.

El foro mencionado propuso en esa tercera mesa, conversar sobre todas esas estrategias que diseña y pone en acción del régimen neoliberal dominante, para ejercer control sobre la población, y sobre qué podemos hacer como ciudadanos para contribuir a la descolonización del pensamiento, propio y de los demás, en especial el de las nuevas generaciones.

El panel de conclusiones buscó interpelar o llamar la atención a varios actores, que de alguna manera están colonizados por el neoliberalismo, y que de alguna manera también, participan en la colonización del pensamiento del resto de la población: los gobernantes, los empresarios, las instituciones públicas de nivel superior, y la ciudadanía en general.

El llamado parte de la convicción de que esos mismos actores pueden contribuir también con su propia descolonización y con la descolonización de los demás.

Entre lo que se dijo en el panel de conclusiones, estuvo la demanda específica a las universidades públicas: para que “no renuncien a su papel de ser conciencia crítica de la sociedad; para que no se subordinen a los intereses del Gran Capital y no permitan ser reducidas a meros centros de capacitación, de profesionistas que sólo buscan su propio ascenso, prestigio y éxito personal”.

“Necesitamos científicos que asuman su responsabilidad social y colaboren con la población para comprender mejor la realidad, para diseñar formas creativas de resolver la problemática de la mayoría de la gente, y para fortalecer el desarrollo de las comunidades; necesitamos universidades, que contribuyan con la ciudadanía a lograr una mejor articulación de esfuerzos; a diseñar y construir un mejor régimen para todos”.

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

 

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