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La difícil historia del tiempo presente

En el libro En la cresta de la ola. Debates y definiciones en torno a la historia del tiempo presente (coedición UNAM y Bonilla Artigas, publicado en el 2020), coordinado por la y los historiadores Eugenia Allier Montaño, César Iván Vilchis Ortega y Camilo Vicente Ovalle, se sintetiza una definición del historiador español Julio Aróstegui al respecto de La historia del tiempo presente como “una historia de lo inacabado, de lo que carece de perspectiva temporal, una historia que se liga con la coetaneidad, de un tiempo que aún es vigente; es decir, el historiador está investigando el presente histórico”. Un “presente histórico”, que no es sinónimo del “ahora” o lo inmediato, sino un lapso o un marco vivo que está vinculado con la existencia y convivio de las generaciones que directa e indirectamente experimentaron un suceso. Es una forma de hacer historia que tiene como objetivo analizar el presente. Hacer pasado el presente y hacer presente el pasado.

Propuesta que critica el “pasado” como único espacio de análisis de la historia y que tiende puentes con una concepción de la historia como un ente siempre en construcción, variable y relativo (que no relativista). “Somos la historia”, diría poéticamente Octavio Paz. Aunque, estudiar nuestro presente conlleva varios retos. Para el historiador Ilán Semo, uno de esos retos son “los planos de subjetividad en los que los agentes sociales fincan la percepción de sus acciones y los límites que impone el espacio de experiencia en el que se desenvuelven”, quienes, de manera entendible, crean una memoria a partir de los recuerdos de su experiencia vivida; “Todo lazo social contiene una memoria y produce una versión de su historia, o mejor dicho, contiene una multitud de memorias y discursos sobre su historia”, la cuestión es que como cada experiencia y memoria personal es subjetiva “lo que unos demandan recordar entredice lo que otros quisieran olvidar o suprimir”. Además, aquellos testigos que no estudiaron una carrera en Historia, entienden muy a su modo lo que la historia es.

La supuesta falta de objetividad, la carencia de distanciamiento temporal y la inexistencia de fuentes primarias son otros retos. Pero, también hay posibilidad y herramientas que se pueden poner en práctica: la historia oral o una mayor interacción entre historia, periodismo, crónica y hasta literatura, lo que no deja de tener sus complicaciones. En cuanto a cómo se ha construido esta historia del presente, Allier Montaño enumera varias características que yo también he podido observar a la hora de participar en la construcción de la historia del presente de Querétaro: la centralidad del testigo; la existencia de una demanda social por muchos testigos; relaciones conflictivas con el poder político; y, en ocasiones, la judicialización del pasado. Se busca justicia en la historia o hacer justicia con y más allá de la historia. “La historia nos hará justicia” dicen algunos. No obstante, a invitación de Marc Bloch, uno de los padres de la Historia como ciencia social, el historiador no es juez ni tribunal para juzgar la historia. Lo que lleva a un enfrentamiento entre historia y memoria, dos perspectivas definidas por su acercamiento al acontecimiento, la memoria lo vivió de cerca y por ende es “subjetiva” y la historia toma una distancia “objetiva”, lo que no implica que el historiador sea neutro. Se puede tener una posición, pero hay que ser capaz de reconocerla y manejarla adecuadamente. Dejar las fobias y las filias un tanto de lado. Hay que controlar nuestra subjetividad. Al final, tanto la Historia como la memoria o los historiadores y los testigos, juntos, ligados en esa tensión, con sus posicionamientos éticos y políticos, coetáneos ante el pasado-presente y el presente-pasado, aportan a la construcción de las memorias colectivas del pasado.

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