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La encrucijada de los empresarios en 2018

Las cifras hoy les juegan en contra y pareciera ser muy difícil que un fraude cibernético o la compra de votos permita alcanzar al candidato de la izquierda; su triunfo significaría un duro revés contra el ‘statu quo’ y la forma de hacer política en México.

Una de las grandes enseñanzas de mis profesores en la carrera de Sociología fue aprender a dudar de los datos cuantitativos que hoy controlan al mundo. Los índices de productividad, los datos de “impacto real” respecto a una política pública o la obra de un gobierno suelen ser resultado más de la forma en la que se mide que una genuina modificación en la vida cotidiana de las personas. Los datos cuantitativos se han impuesto hoy en día por sobre la lógica básica o la percepción cualitativa que tienen los individuos.

Un ejemplo de ello son los índices que maneja el Inegi respecto a problemáticas importantes en el país (como la pobreza) y que, basta modificar un par de criterios, para automáticamente –vía decreto administrativo- aumentar el número de trabajadores con empleo, mejorar algunos aspectos sobre la pobreza alimentaria o de vivienda y mejorar la percepción sobre la inseguridad que se tiene. Todo con datos duros sustentados.

Es por ello que, receloso de las cifras, me atrevo a decir que las encuestas presidenciales son más una herramienta propagandística que una predicción atinada de lo que puede pasar en una elección. No sería errado señalar que muchas de ellas presentan diferentes números según el responsable que pague el ejercicio estadístico y las trampas pueden ser muchas: tomas de muestra que son mañosamente focalizadas; levantamientos que segregan a una parte de la población; incluso manipulación con las preguntas y la forma en la que se presenta la información.

Con todo y que las encuestas responden más a quién las financia que una visión atinada de la realidad, la carrera presidencial muestra un claro puntero con una ventaja considerable (sobre todo pensando en los días que nos separan de la elección). Desde las encuestas más conservadoras a aquellas donde el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador, aparece rondando un 50 por ciento de las preferencias, las tendencias del voto indican que las altas probabilidades del candidato de la izquierda son indiscutibles.

Así es como la democracia mexicana se encuentra en un severo dilema; la desgastada reputación del Instituto Nacional Electoral (INE), el papel lamentable del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) respecto a las firmas falsas que avalaron las candidaturas de Jaime Rodríguez, ‘El Bronco’, y Margarita Zavala, junto al ambiente general de incredulidad ante la desconfianza ciudadana que provocaron las elecciones del 2006 y 2012, no le dan mucho margen de maniobra a las desgastadas instituciones.

La irrupción (de nueva cuenta) de una clase empresarial que representa sus propios intereses y que hemos visto que, ilegalmente, puede decantar la balanza hacia uno u otro lado, acabará por erosionar todavía más la confianza ciudadana que no ve en las autoridades electorales a unos árbitros imparciales y objetivos, sino a representantes gerenciales de los principales intereses corporativos que existen de estos grupos.

Afortunadamente, el país ya no es el mismo que hace 12 años. El hartazgo generalizado por los bajos salarios, la pérdida de derechos laborales, el encarecimiento de la vida y hasta la presión internacional por elevar el salario mínimo ha sido una campaña constante que ha modificado la impresión que la ciudadanía de a pie tiene sobre la clase empresarial; aunado a ello, los escándalos con grandes proveedores de servicios del gobierno federal que se ven cristalizados en las múltiples propiedades de la élite política (casas blancas y todos los sobornos marca Higa) han sido escándalos que mancharon la credibilidad de los funcionarios públicos y que, incluso, hoy tiene al PRI en jaque.

La alternativa pareciera ser que se decanta en Ricardo Anaya, no obstante, la ofensiva para señalar el marco irregular en el que ciertas empresas fantasmas adquirieron en cantidades exorbitantes la bodega del candidato presidencial queretano, son una loza pesadísima para poder apuntalar a una persona cuyos nexos familiares y de relaciones personales son mucho más cercanas al Consejo Coordinador Empresarial y demás integrantes de ese grupo que se han beneficiado con las exenciones de impuestos millonarias desde hace más de dos décadas.

Las cifras –tan engrandecidas por los regímenes neoliberales- hoy les juegan en contra y pareciera ser muy difícil que un fraude cibernético o la compra de votos permita alcanzar al candidato de la izquierda, no obstante, su triunfo significaría un duro revés contra el ‘statu quo’ y la forma de hacer política en México.

¿Qué preferirán? ¿La molestia ciudadana y atisbar el hormiguero utilizando todos los recursos para evitar un cambio en el poder federal o la transición política a otros actores que pueden poner en riesgo los privilegios amasados a lo largo de las últimas décadas? No hay mucho margen de maniobra y la moneda está en el aire.

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