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La familia y la política

De pronto, alguien pregunta: ¿por quién van a votar? La pregunta genera tensión, resulta muy placentero defender una postura, un ejercicio ocioso. Hablar de política y decir cosas con una certeza inventada a veces se convierte en el gran banquete de la tarde.

La mesa está puesta. Doce lugares para hacer converger los afectos. Platos y cubiertos, tres Coca-Cola de dos litros —las que antes eran de vidrio y llamábamos familiares— vasos, servilletas, un pastel. La familia puede ser todo tipo de cosas, en mi propia historia es una bellísima imposición.

El asador está listo, siempre hay alguien que toma el control de él; en el juego histórico de roles, casi siempre es un hombre el que le da la vuelta a las arracheras. Cebollas cambray, chiles güeros con queso, nopales, jalapeños, chorizos que escurren y hacen enardecer el fondo naranja del carbón, decoran ese pedazo de fierro que parece una obra de arte.

Si guardamos silencio, las comidas familiares son un concierto de onomatopeyas… el refresco suena “pis”, los hielos suenan “poc”; el refresco con el hielo suena “grsss”; la carne asándose suena “tzzz”, los cubiertos con los platos suenan “tac”. Todos esos ruidos forman parte del ritual de una comida familiar y acompañan a nuestras palabras, porque las palabras son el verdadero banquete, quizá la comida real empiece en la sobremesa, cuando empacarnos el pastel es más un acto de valentía después de todo lo que nos hemos comido.

Ahí, alrededor del tablón, hay una cosmovisión colectiva —somos una familia—, pero también hay cosmovisiones particulares. En esa misma mesa llena de afectos hay tensión, hay historia, y hay lenguaje: lo trivial y lo importante se dice con palabras. ¿De qué hablamos? Chistes, futbol, planes, quejas, enojos, bromas, negocios, chismes y política. La verborrea caótica de querer hablar de algo, de querer comentar un punto, todos queremos escupir palabras que se amontonan entre risas, salsas, bocados, servilletas y un perro que va de lugar en lugar buscando un pedazo de comida. La sensatez perruna es fascinante, más cuando contrasta con esos diálogos anárquicos entre primos, hermanos, tíos.

Los adolescentes pierden protagonismo, sus teléfonos los abducen, pero igualmente quieren formar parte de ese diálogo ocioso y opinan siendo defendidos por la edad, opinan a través de una verdad que genera la vida cibernética. Los tiempos modernos, muy diferentes a los míos, donde solo teníamos cuatro canales de televisión.

¿Qué les parece la serie de Luis Miguel? ¿Ya vieron ‘La casa de papel’? Ya viene la película de Han Solo, ‘Infinity war’ rompió todos los récords, vieron el video viral donde una viejita baila rap… un infinito blablablá decorado con diferente tipo de tonalidades. De pronto, alguien pregunta: ¿por quién van a votar?, pienso que a estas alturas, esa pregunta debería ser considerada una falta de educación, así como preguntarle a alguien cuánto gana.

La pregunta genera tensión, resulta muy placentero defender una postura, un ejercicio ocioso. Hablar de política y decir cosas con una certeza inventada a veces se convierte en el gran banquete de la tarde.

Dentro de la gran familia hay nuevos núcleos familiares, por lo tanto, vienen otras realidades, la familia esté quizá unida por el nexo de la solidaridad y el amor, sin embargo, la cosmovisión política ha cambiado, nos hemos fragmentado en diferentes formas de pensamiento, entonces ahora hay izquierdas, derechas, centros, hasta miembros que se dicen apolíticos dentro de lo que es la gran familia.

En mi propia experiencia, ubico perfectamente el cimiento de la educación política desde que tengo uso de razón; en mi familia se tocaban temas espinosos en torno al acontecer político. Empíricamente, podemos decir que hubo un establecimiento de forma de pensar; fue algo extraño, mi padre participó en política, inició siendo un tipo conservador, candidato del PAN, nosotros recibimos formación católica, éramos una familia clase media tradicional, con una cosmovisión política.

Pero las cosas cambian y en mi familia se dio un salto al liberalismo. La elección de 1988 abrió las puertas al binomio “PRIAN”, ese es real y existe desde que el salinismo coqueteó con espacios de poder a la oposición, la que representaba el PAN, así que el cardenismo abrió otra puerta de pensamiento, luego vino el zapatismo y a la postre, la figura de López Obrador, así que nos etiquetamos como de izquierda, con todas las incongruencias posibles, pero identificados con un pensamiento político.

Hoy también se van configurando otras formas de pensar en el núcleo familiar cercano. Ya no todos nos decimos de izquierda o somos híbridos extraños en la concepción política. Al formar nuevas familias, ahora conocemos la estructura cultural de nuestra pareja y eso influye en nuestra forma de pensar, además de que experimentamos nuevas realidades. Así que de pronto, en el festejo del 10 de mayo, los hermanos, primos, tíos y demás, hacemos del análisis con cara las elecciones del 1 de julio, el mejor banquete, un ejercicio ocioso que forma parte de una vieja tradición familiar, hablar de política.

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