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La Gravedad: ¿ciencias naturales o sociales?

La noción básica que defendió Bourdieu consiste en que la producción científica, esto es, la verdad científica, a final de cuentas es “en todo histórica” aunque no se puede reducir a la historia.

En Buenos Aires, Argentina, la editorial Nueva Visión publicó en el 2000 un libro delgado (142 páginas) que tiene dos textos. Uno se llama El campo científico (escrito y publicado por vez primera en 1976) y el otro es Los usos sociales de la ciencia. Por una sociología clínica del campo científico (presentada por vez primera como conferencia, en París, el 11 de marzo de 1997). Ambos documentos –presentados en conjunto con el título Los usos sociales de la ciencia– desarrollan una noción básica en el pensamiento de Pierre Bourdieu, quien nació en Denguin, en 1930, y murió en Paris, en el 2002

La noción básica que defendió Bourdieu consiste en que la producción científica, esto es, la verdad científica, a final de cuentas es “en todo histórica” aunque no se puede reducir a la historia. Decía Bourdieu que el producto de la ciencia es la verdad científica, que expresa peculiares condiciones sociales de producción, lo que da cuenta de la estructura y el funcionamiento en que se encuentra la ciencia.

Pero eso no quiere decir que ésta sea el producto de acuerdos concretos a que haya llegado un grupo que lleve la delantera en la competencia por “monopolizar” el conocimiento científico o por poseer el mejor instrumental técnico. La ciencia implica conflictos políticos, disputas epistemológicas y. aun, confrontaciones económicas.

La ciencia no se puede delimitar por un ángulo único (políticas, epistemología, economía, etc.), sino que es consecuencia de un entramado que procede, precisamente, de las condiciones sociales de la producción científica. Eso que se dice del carácter social de las ciencias –determinadas por las condiciones sociales históricas específicas en que surgen– debe ser afirmado, igualmente, de toda otra actividad humana.

Tal es el caso de una situación tan polémica como inevitable en los últimos decenios, de la que el presidente de los EEUU, Donald Trump, ha declarado sin remilgos que no hay posibilidades de que el país del norte reciba a más inmigrantes del continente, y, ni siquiera, que les permita permanecer allá a los que desde hace tiempo entraron y consiguieron empleo. Antes, al contrario, en más de 37 estados, muchos blancos (¡armados!) han tomado las calles para exigir que se acabe la cuarentena, “en nombre de la libertad”; no niegan su filiación ideológica, sino que, al contrario, muchos de ellos portan insignias nazis en su vestimenta.

La gente más afectada, según la relación del 7 de mayo, de David Brooks, corresponsal de La Jornada en Nueva York, –contagiados (más de un millón 200 mil registrados) desempleados (más de 30 millones), subalimentados (la quinta parte de la población menor a los doce años de edad), negros– es, como siempre en los EEUU, la población de menores recursos y la marginada, por razones obvias.

La gravedad, como se titula esta entrega, no es un asunto sólo de las fuerzas naturales que atraen a los cuerpos pesados hacia el centro de la Tierra. Es, también, un asunto de compromiso entre los seres humanos, según los vínculos que los atan a unos con otros.

La editorial de La Jornada (5 de mayo) pondera con respeto y admiración la dedicación del personal médico, así como a aquellos que, sin reconocimiento ni paga, se entregan con generosidad en la actividad de centros hospitalarios, así como todos los que se esfuerzan en atenuar dolores y contagios a quienes allí se presentan.

Además –es lo que más importa en el presente texto–, la editorial aplaude “a los mexicanos que viven y trabajan en Estados Unidos” a pesar de la situación particularmente difícil que enfrentan allá, por varias razones (la recesión económica de aquel país, * la hostilidad que sufren los paisanos, sobre todo, por los desplantes de Trump, los peligros cotidianos que la vida agresiva les depara en aquellos lares, etc.).

Pese a ello, continúa, “han seguido enviando dinero a sus familias en México”. Pero los paisanos no sólo han seguido enviando sus remesas, pese a que los grupos donde están insertos también padecen la pandemia de la que se quejan los habitantes de aquella zona del mundo, sino que los registros muestran que esos envíos se han incrementado en sus montos.

Dice la editorial: “Entre febrero y marzo pasados, los envíos de dinero de nuestros connacionales registraron un incremento de 49 por ciento, al pasar de 2 mil 694 millones de dólares, en tanto que el monto promedio por remesa pasó de 315 a 343 dólares”.

La nota editorial se pregunta por qué ha aumentado el envío de dinero de los migrantes mexicanos en los EEUU, superior en su monto a “la inversión extranjera directa”, y contesta algo que ha de mover a orgullo a este pueblo: “está relacionado con la conciencia de la emergencia sanitaria y con los efectos adversos que habría de tener en la economía de comunidades e individuos”.

Si los migrantes envían más recursos a sus lugares de origen, no es porque ganen más, sino porque “se aprietan más el cinturón” (como se dice por acá), para proteger a las familias –las suyas– que permanecen en suelo mexicano.

La nota editorial concluye su comunicado diciendo que, dada esta situación, hoy “México tiene el deber de recordarlo y de reconstruirse como una nación que no vuelva a expulsar a sus habitantes nunca más”.

Hasta la siguiente entrega.

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