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La metamorfosis de K

El escritor, desposeído de todo poder, “tiene el filo de un cuchillo”: la palabra. “No es un cuchillo que sólo hiere hacia adelante, sino que gira y hiere también hacia atrás”.

Ese hombre frágil, débil, enfermizo, escurridizo, lleno de obsesiones y angustias tuvo la fortaleza inaudita de crear la metamorfosis de una criatura superior en una inferior, digámoslo así, y hacerla universal. Es un caso clínico, dicen los doctores en medicina. Es una literatura universal, dicen los críticos literarios. Ver al hombre no como un Dios, un Zeus, un Sol, un Mesías, un Quetzalcóatl, sino como un escarabajo, una cucaracha, un insecto desechable, un don nadie en la máquina del engranaje.

El escritor, desposeído de todo poder, “tiene el filo de un cuchillo”: la palabra. “No es un cuchillo que sólo hiere hacia adelante, sino que gira y hiere también hacia atrás”. Es decir, el bisturí, en primer lugar, corta la propia carne. “El poder quiere ser rey; la potencia crear el reino”. El poder puede destruir hombres, pueblos, mundos; la imaginación creadora los inventa y los recrea, y así los mete en otra historia. ¿El poder es superior a la potencia creadora? Ningún poder es eterno ni absoluto.

En pocas palabras, el poder puede subyugar a todos los hombres; la literatura puede transformarse en todos los personajes, los más encumbrados y los miserables del subsuelo. Si existe el rencor de la grandeza que cae sobre los grandes hombres, a veces también sucede la justicia literaria que saca a la luz a los topos humanos; y esta metamorfosis es labor literaria, no política.

K vive atrapado e insatisfecho por las cadenas del trabajo de la oficina y la fábrica, de las cuales reniega todo el tiempo, y sólo será liberado por las cadenas de la enfermedad del cuerpo, que naturalmente perturban su espíritu, y vive huyendo de las cadenas del matrimonio, que le quitarían el poco tiempo y las pocas fuerzas que le quedan para su literatura. Esa es la condena de K. La oficina, la casa, el cuerpo, las relaciones con intenciones matrimoniales, y la escritura: el mundo literario que sostiene en su cabeza y quiere expresar, intempestivamente, a chorros, a cuentagotas.

—Mi modo de vida está organizado únicamente en función de mi escritura… El tiempo es breve, las fuerzas exiguas, la oficina un espanto, el hogar ruidoso… Soy la persona más flaca que conozco, lo que algo ha de significar, pues ya he recorrido infinidad de sanatorios… Es indudable que uno de los obstáculos principales para mi progreso es mi estado físico. Con un cuerpo así no se puede lograr nada… Cuando quedó claro en mi organismo que escribir era la actitud más fecunda de todo mi ser, todo confluyó hacia ella, dejando desiertas mis otras facultades, me fui atrofiando en todas direcciones…

—Mi felicidad, mis aptitudes y cualquier posibilidad de ser útil en algún aspecto residen desde siempre en lo literario. / Tengo la creencia de que me falta tiempo para realizar el menor trabajo bueno, porque realmente me falta tiempo para una historia, para extenderme en todas direcciones. / No termino nuca nada, porque no tengo tiempo y esto me oprime mucho. Si tuviera todo el día libre y esta inquietud matinal pudiese crecer en mí hasta mediodía y agotarse hasta la caída de la tarde, entonces podría dormir. Y sin embargo estoy aquí, tumbado en el canapé, expulsado del mundo de una patada, a la espera del sueño que no quiere venir… / Necesito estar solo mucho tiempo. / Casado, nunca será posible.

Así las cosas, al obstinado escritor K sólo le queda un camino: reducirse y metamorfosearse en los seres insignificantes y las situaciones más insólitas y naturales, que contempla desde el observatorio de su vida. Lo llamado kafkiano no es otra cosa que un mundo común extraordinariamente tortuoso y normal. Y K es el obstinado, el obsesivo, el aferrado. El creador de la metamorfosis. El flaco, la sombra, el alma en pena, el yo dubitativo antes de ser barrido por el tiempo. Pasarán las políticas de Trump y de Obrador; persiste viva y obstinada la literatura del señor K.

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