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La muerte de un presidente

El pasado 8 de julio, falleció el expresidente Luis Echeverría Álvarez a sus cien años de edad. De lamentable memoria, no se le brindó ningún homenaje. Esperé que pasaran los días y nada. La noticia fue recibida como oportunidad para recordar sus crímenes por unos y con frialdad por los más. A su nombre se le asociará, en los libros de historia y en la memoria colectiva, con las matanzas del 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971, a la llamada “guerra sucia”, al inicio de la crisis económica, a los discursos contradictorios y somnolientos, a la voracidad por el poder. Aquel que se manifestó como admirador y continuador de la obra de Lázaro Cárdenas, resultó, en realidad, un hombre mediano y continuador directo de la obra de Gustavo Díaz Ordaz. A Echeverría, de hecho, le tocó vivir el fallecimiento de Cárdenas en 1970, ya como presidente electo, en lo que fue, ahí sí, un homenaje nacional, a la altura del expresidente más popular de la larga Revolución mexicana.

El 19 de octubre de 1970, fue la fecha cuando falleció el último gran ícono y líder moral de la Revolución mexicana, además de promotor de la CTM y la CNC: el general Lázaro Cárdenas. Todos los medios coincidieron en que, a partir de entonces, se iba a erigir el monumento al dirigente, con un reconocimiento general en todos los niveles, desde los altos mandos de todos los rincones del mundo, hasta el pueblo llano, ese que tanto procuró.

Declarado día de luto nacional, se le rindió homenaje a Cárdenas en todas las escuelas del país. El presidente saliente, Díaz Ordaz, “con visibles huellas de dolor”, según la prensa, y el presidente electo Echeverría Álvarez presentaron sus condolencias, igual que U Thant, secretario general de la ONU, el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, y el dirigente cubano Fidel Castro. El gobierno de Querétaro, entonces encabezado por Juventino Castro, dijo compartir “la pena que embarga a sus familiares, a la Nación Mexicana y a todos los pueblos amantes de la libertad, por la irreparable pérdida del Paladín Universal del Derecho y la Justicia, el señor general de división Lázaro Cárdenas, de quien reciben el ejemplo de su profunda convicción revolucionaria y su alto espíritu de servicio a la Patria, como aliento e inspiración de la presente y futuras generaciones”. Los restos de Cárdenas ocuparon la cuarta columna del Monumento de la Revolución, junto a los de Francisco I. Madero, Venustiano Carranza y Plutarco Elías Calles. Miles de campesinos y obreros le dieron el último adiós entre vivas y lágrimas.

Despedidas contrastantes, sin duda. Hombres y trayectorias igualmente contrastantes. Con el desdeñado entierro de Echeverría, los expresidentes aún vivos: Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto se dieron una idea de qué esperar: la indiferencia de la mayoría de la sociedad y la condena de la historia. Quizá, el único que puede especular con una despedida más sentida sea Andrés Manuel López Obrador —quizá más por aquello que simboliza para muchos, que por los resultados reales de su gobierno—, pero veremos.

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