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La muerte, parte indisoluble de la vida

Esperada, sorpresiva, evidente o difusa, la muerte es invariablemente parte fundamental de la vida de todos los seres vivos. Los pueblos ancestrales la veneraban, la enaltecían, le construían grandes edificaciones, le hacían ceremonias. La modernidad ha construido un gran paradigma de la muerte: miedo. Por ello el monopolio médico-farmacéutico convoca recurrentemente a “combatir” la enfermedad y para ello está dispuesto a acabar con la vida.

La modernidad capitalista alarga la esperanza de vida e incrementa el sufrimiento, inventa enfermedades y fabrica vacunas, contamina el aire, el agua, el suelo, los alimentos y fabrica drogas para minimizar los síntomas, no para sanar.

La muerte se teme, la enfermedad causa miedo, porque es sinónimo de dolor, de sufrimiento, de escasez, de pérdida de patrimonio, de largas colas y maltratos en los servicios públicos. ¿Quién habla de la muerte como hablar de comer, amar, reír o cantar?

Ernesto Guevara, el guerrillero heroico, en su testamento político escribió: “En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea…”; Julius Fucík, comunista checoslovaco asesinado por el fascismo, escribió: “He vivido para la alegría y por la alegría muero. Agravio e injusticia sería colocar sobre mi tumba un ángel de tristeza”. Frases éstas que denotan que aquellos seres humanos que han vivido plenos no temen a la muerte, pues reconocieron que es parte indisoluble de la existencia.

Por deformación cultural la muerte se calla, el testamento se omite, sólo es pretexto la fiesta del Día de Muertos, porque es una oportunidad más para degustar comidas y bebidas, para un gran carnaval, y para algunos, día obligatorio de visita al cementerio. La muerte no se acepta, se niega, se rechaza, se toca madera como amuleto que pretende espantarla.

El periodista y compositor Fernando Rivera, dice en una de sus melodías: “La muerte ni me hizo nada, a mí me mato la vida”, juego de ideas y palabras que afirman con precisión un hecho ineludible, lo que enferma y mata es lo que vive en cada individuo: la avaricia, el egoísmo, la soledad, el abandono, la frustración, el odio, el rencor. La muerte ni hace nada, ¿para qué?, si el homínido pensante, el mono desnudo de Desmond Morris se mata solito. La extinción de la especie humana, que ya se pronostica, será el único caso documentado del suicidio colectivo de una especie biológica. Erick Fromm plasmó: “la inmensa mayoría de los seres humanos mueren sin haber vivido”, por ello el antídoto a la muerte es la felicidad de vivir plenos, cultivando fervorosamente los afectos, amando al prójimo como a uno mismo. Vivir y aceptar la muerte, vivir sin miedo, sin ansiedad, sin avaricia y sin otros comportamientos suicidas. Que la finitud de nuestro proceso vital se acepte y llegue naturalmente, ¿Cuál es la prisa por morir?

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