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La pelota como lenguaje

Todos hablarán y recordarán por siempre la chilena de la ‘Momia’ Gómez, aunque nadie conozca la batalla heroica de un seleccionado de borrachos mexicanos que le ganó a Alemania en la madrugada del 1 de junio de 2003.

 

El futbol ha sido una manifestación constante de un mundo global. Paul Auster, escritor norteamericano, dijo que el futbol es un milagro mediante el cual Europa aprendió a odiarse sin destrozarse. Como idioma universal, de pronto te puedes encontrar un cúmulo de nacionalidades dentro de un campo para jugar al futbol. Basta con ver un partido de la Premier League o cascarear en cualquier cancha callejera en Vancouver, Canadá.

Quizá dos nacionalidades con idiomas totalmente diferentes pueden, bajo rivalidades futbolísticas, lejanas y ajenas, entenderse a través de la pelota. Por ejemplo, una boda y un balón siempre son un buen pretexto para ajustar cuentas pendientes, como contaré más adelante.

El 7 de julio de 2011, los mexicanos tomamos como pretexto el gol de chilena de Julio Gómez a los alemanes para purgar tres derrotas mundialistas contra los teutones. Da la impresión que, cuando los alemanes saben que jugarán contra México en una competición, se imaginan una caja de bombones. Aquel gol de Gómez le dio el pase a México a la final del Mundial Sub-17, que se jugaba en territorio nacional. Si bien no es lo mismo un Mundial de categorías inferiores al de selecciones mayores que se juega cada cuatro años, los aficionados mexicanos — ávidos de victorias—, tomamos aquel triunfo como una forma de darle la vuelta a una humillante derrota en Argentina 1978, una dolorosa tanda de penales en México 1986 y al gol de Oliver Bierhoff, que nos dejó fuera de Francia 1998.

En la Copa Mundial de 1986 México gozó de ciertos privilegios, como tener a favor una afición enloquecida por el futbol, pero en todos los partidos que disputó no gozó de la ayuda arbitral que a veces reciben los locales. El futbol siempre es visto bajo sospecha. Ha quedado en manifiesto que es una institución llena de sobornos, compra de árbitros y corrupción en general. Los gobiernos siempre meten las manos. Como máximo espectáculo para administrar el ocio, el futbol es bastante criticado por el alto grado de enajenación que produce. En aquel partido contra los alemanes, jugado en el 86, el árbitro colombiano Jesús Díaz Palacios anuló un gol a México, marcado por el Abuelo Cruz, por una supuesta falta. El partido se alargaría hasta la serie de penales. A partir de ese juego, México instauraría una patética tradición de fallar desde los once pasos. Alemania nos ganó el partido y pasó a la semifinal.

Los aficionados mexicanos tenemos el mal hábito de construir escenarios paralelos, nos encanta imaginar todo aquello que nos hubiera gustado que ocurriera, pero que no se dio. Gozamos de reinventar el futbol en tiempo pasado. En 1998 nos quedamos a poco tiempo del quinto partido, pero en frente teníamos a los alemanes. Luis Hernández, autor del 1-0 a favor de México, tuvo en sus pies la oportunidad de marcar el segundo gol, pero a veces creo que el dios del futbol nos odia… ‘El Cabrito’ Arellano había desbordado con una elegancia sublime por mitad del campo hasta el área alemana (nunca se ha visto a un jugador mexicano que drible como si fuera brasileño, como lo hizo Arellano en ese Mundial), a la altura de la media luna sacó un disparo que pegó en el poste (Dios se burla de nosotros por primera vez en ese breve pedazo de tiempo), pero el balón queda en los pies de Cuauhtémoc Blanco, quien da un pase al ‘Matador’, Luis Hernández, fueron fracciones de segundos donde pudimos haber purgado todo nuestro maldito pasado futbolístico: sólo frente al portero Andreas Köpke (y ante una carcajada grotesca de Dios) le entregó el balón a las manos. Esa jugada forma parte de los videos que más veces he visto en YouTube. Sí, el maldito “hubiera”, ese 2-0 que nunca existió, quizá hubiera hecho revolotear a la mariposa para causar un efecto único en México, a lo mejor Peña Nieto nunca hubiera sido presidente y hoy nuestro principal rival fuera Finlandia en el terreno educativo. Nos encanta pensar que aquel gol hubiera mandado a los alemanes a la lona, pero la realidad fue aplastante, y el Dios del futbol nos escupió en la cara: un centro pésimo se le fue por debajo de las piernas a Raúl Rodrigo Lara, para que Klinsmann empatara el partido. Luego vino el cabezazo certero de Oliver Bierhoff: en 15 minutos Alemania había metido dos goles y puso las apuestas en orden.

Para entender el futbol como lenguaje universal sólo hace falta un vocablo, y éste se llama balón. En 2003, mi hermana se casó con un alemán. La fiesta, impregnada de la euforia de dos culturas, tuvo una prórroga (esto para hablar en términos futbolísticos). Anabel, mi hermana, jugaba de local: se casaba en tierras mexicanas. La tornaboda —entendiéndolo como los tiempos extras—, se llevó a cabo con mariachi, tequila, buñuelos, pambazos, tacos y algodones de azúcar, parecía una kermés bajo un torrencial aguacero, del que nos protegía una lona gigantesca. Los alemanes, buenos para el trago y para la fiesta, disfrutaban como si estuvieran en cualquier Oktoberfest en Múnich, y jugaban sin achicarse ante las tradiciones del local.

Todo era felicidad cuando, de pronto, un balón de futbol apareció en la fiesta, haciéndola de “amarranavajas”, coqueteando con las dos culturas. Ya saben, empezamos a pelotear, a dar “pasesitos” como “no queriendo”. El balón llegó a los pies de un alemán, alto, chapeado por el tequila, camisa arremangada, corbata floja, quien nos devuelve la bola y se secretea con su compinche. Ríen… ¿de qué se ríen? Estarán muy grandotes, pero nos la pelan. El balón nos viene de regreso, como si nos trajera un recado: “Que dicen los güeros que son bien pinches maletas…”

Así fue como el alemán y el español empezaron a fluir bajo temas delicados: que si nos ganaron en los mundiales del 78, 86 y 98, que si el gol anulado al ‘Abuelo’ Cruz, que si gracias a un árbitro mexicano ganaron el mundial de 1990 (que si la cerveza mexicana es mejor que la alemana), que si esto y lo otro. Adiós a las mesas, ábranse todos, que hay que jugar al futbol: la geometría de la euforia se hizo presente en un espacio de 80 metros cuadrados y con unas porterías de uruguayito. Los mexicanos pedimos revancha, y los alemanes, fieles a su carácter guerrero, no podían decir que no.

Llegó el momento de quitarnos el saco, la corbata, juntar a primos y amigos para armar al cuadro mexicano de la venganza. Era hora de ajustar cuentas pendientes. Los alemanes, igualmente locos por el futbol, defenderían los colores de su bandera, en ese patio convertido en una alberca por el aguacero. Las condiciones de los dos equipos eran parejas: todos estábamos borrachos.

El equipo que hiciera diez goles ganaba. ¡Y México ganó el partido! Todos hablarán y recordarán por siempre la chilena de la ‘Momia’ Gómez, aunque nadie conozca la batalla heroica de un seleccionado de borrachos mexicanos que le ganó a Alemania en la madrugada del 1 de junio de 2003. Así fue como en la boda de mi hermana, comprobé el significado del futbol como idioma universal.

(Capítulo del libro ‘La geometría de la euforia’)

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