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La subjetividad de los violentos: ¿Quiénes son “los malos”?

Un sicario muy joven explica: “Esto me tocó vivir; no tengo opción, no hay más que cumplir órdenes y sé que «quien a hierro mata, a hierro muere»”..

Como reacción a la masacre de los LeBaron, Donald Trump expresó: “son amigos (…) una maravillosa familia (…) Éste es el momento para que México, con la ayuda de Estados Unidos, emprenda una guerra contra los cárteles de la droga y los elimine de la faz de la Tierra”.

Otras voces han documentado, en cambio, que a esa familia la integran “violentos fundamentalistas”, “abusadores de mujeres y niñas”, “peligrosos asesinos”, “despojadores de tierras”, “acaparadores de agua…” (Lydia Cacho ‘Polígamos en nombre de Dios’; ‘El Barzón’ en ‘Proceso’, 05/18).

Aún no es claro quiénes perpetraron la masacre, pero el hecho despierta muchas preguntas: ¿cómo se fracturó en ellos ese bio-dispositivo que inhibe matar a los de su misma especie?; ¿por qué hay asesinos que no sienten siquiera compasión por los niños?

Lejos de ahí, en Bolivia, el exvicepresidente García Linera narra cómo varios opositores de Evo Morales agreden ferozmente a sus seguidores (‘El odio al indio’, La Jornada 17/11/19): “El odio recorre vorazmente los barrios de las clases medias urbanas tradicionales de Bolivia. Sus ojos rebalsan de ira (…). Sus cánticos no son de esperanza ni hermandad, son de desprecio y discriminación contra los indios (…); organizan hordas motorizadas ‘4×4’ con garrote en mano para escarmentar[los] (…). Cantan consignas de que hay que ‘matar collas’ (…); agarran a una alcaldesa de una población campesina, la humillan, la arrastran por la calle, le pegan, la orinan cuando cae al suelo, le cortan el cabello, la amenazan con lincharla (…) deciden echarle pintura roja simbolizando lo que harán con su sangre”.

Tan cruentas imágenes renuevan el debate: ¿qué es el hombre?; ¿hay humanos genéticamente malvados o los pervierte su contexto?; ¿qué necesidad buscan satisfacer los capaces de torturar o matar a sus congéneres? El estremecedor documental ‘La libertad del diablo’ de Everardo González (2017) explora, en contextos violentos mexicanos, la subjetividad de víctimas y victimarios (familiares de desaparecidos, sicarios, policías federales y miembros del ejército), mostrando “cómo la crueldad se ha insertado en nuestro inconsciente colectivo”.

Un sicario muy joven explica: “Esto me tocó vivir; no tengo opción, no hay más que cumplir órdenes y sé que «quien a hierro mata, a hierro muere»”. Un policía federal explica que “no queda más que hacer justicia por propia mano, pues los jueces son corruptos y si no matamos al asesino, él seguirá asesinando”.

Dicho documental expone que no sólo se mata y tortura por miedo, odio o venganza; también por dinero o por ‘hombría’, para ganar respeto o prestigio; para sentir el éxtasis que da el poder; para reavivar el alma con descargas de adrenalina cuando la vida es insulsa o el sinsentido domina y el tedio anestesia; entonces es imperativo devolverle vigor al cuerpo. Los violentos asesinos son tan humanos como nosotros. Tachar de ‘no humano’ a un ‘diferente’ ayuda a ganar ‘valor’ para destruirlo.

Múltiples informes y vivencias directas sobre el alto índice de violencia intrafamiliar en México dan cuenta de que no estamos exentos de sentir y hacer lo mismo; en ciertas circunstancias, en especial cuando la ideología del mercado azuza a ‘vencer a la competencia’. Por eso es fundamental aprender y enseñar a reconocer y a contener los afectos, y a crecer en autonomía. Una declaración esperanzadora en ese documental la ofrece una víctima mujer: “Más que odio, esos muchachos (sus agresores) despertaron en mí compasión”. Ella logró descentrarse de su propio dolor y a condolerse de ‘esos otros’, sus semejantes que, en el fondo, también sufren.

 

metamofrosis-mepa@hotmail.com

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