Lenin. Un río que aún suena

La vigencia del pensamiento de Vladimir Illich Ulianov, alias Lenin, ha sido puesta en duda incluso desde antes de que él y los suyos, los comunistas bolcheviques, asaltaran el poder de la caótica Rusia, a finales de 1917. El revolucionario ruso, originario de la ciudad de Simbirsk —renombrada como Uliánovks, luego del fallecimiento de Lenin, en 1924—, a casi novecientos kilómetros al sureste de Moscú, se radicalizó a temprana edad, siguiendo, en parte, los pasos de su hermano mayor, quien fuera ejecutado por el zarismo, luego de un intento de atentado del que formó parte.
Por sus actividades revolucionarias, Vladimir fue arrestado y encarcelado en Siberia, al extremo oriental del largo territorio ruso, región por donde corre el longevo río Lena, nombre del cual, se dice, Vladimir tomó su alias: Lenin. Porque su afluente iba en sentido contrario del Volga, del cual, Georgi Plejánov, había tomado para el suyo: Volgin. Sobra decir que Lenin era opositor a Volgin. Independientemente de si el dato es cierto o no, el caso es que ejemplifica la actitud con la que Lenin se hizo de fama entre los revolucionarios rusos: de ser un militante implacable, decidido y comprometido como pocos.
Con ese ímpetu, más su experiencia en la lucha y su gran capacidad lectora —además de física, Lenin era un gran caminante y trepador de montañas; si bien, tendió a enfermarse duramente—, le llevó a tener una capacidad de síntesis de la realidad, con la que destacó buena parte de su vida revolucionaria. Y que, resumió con la frase: sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria. Y a la inversa. Constantemente. Un ser consciente de los condicionantes del pasado y de las enormes posibilidades del futuro. Un ser universalmente presente.
Así, Lenin impulsó el estudio del marxismo entre las y los revolucionarios del mundo y reubicó la comprensión del capitalismo como un sistema mundial. De ahí que, la lucha de clases, debería ser mundial.
A cien años del fallecimiento del que encabezara unos de los ciclos revolucionarios más importantes de la historia y diera inicio al proyecto de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas —que implosionó, con el paso del tiempo—, es evidente que, por muy criticado que haya sido Lenin, durante su vida y una vez muerto, es un hecho que innumerables movimientos sociales han encontrado en sus textos una vigencia teórico-práctica, independientemente de cuándo y dónde se los lea.
Es de los más común que, en cualquier escuela de cuadros o espacio de discusión militante —de izquierda, obvio—, se lea a Lenin. Más allá de la efeméride, hay que recuperar y recolocar a Lenin en los debates académicos, sociales y políticos, para entender y —¿por qué no?— luchar contra el capitalismo y sus fases, instituciones, teorías y defensores. Al fin y al cabo, las grandes ideas nunca mueren.

