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Lo peor está por venir

Usted se estremece al enterarse de que, tanto en México como en el resto del continente y de Europa, hay cada vez mayor violencia intrafamiliar, la cual conlleva otros males en sus núcleos cercanos.

El “cuento de nunca acabar” se puede decir de cada quien todos los días. Tal vez, usted es uno de los que, cada mañana, buscan las novedades en la “tele” o la radio, y le sorprende que el capital internacional exige a México que pague nuevos intereses de la deuda, además de los más de 666 mil millones de pesos que entregó en 2019.

O bien usted se estremece al enterarse de que, tanto en México como en el resto del continente y de Europa, hay cada vez mayor violencia intrafamiliar, la cual conlleva otros males en sus núcleos cercanos. O usted no deja de escandalizarse con eso de que a fulano le “integran” una carpeta pues, se presume, ha defraudado al fisco por más de mil millones de pesos.

Por otro lado, se entera de que los habitantes de “x” zona exigen que la autoridad someta a la transnacional “N”, pues ha invadido la tierra de los comuneros con trabajos de explotación de aguas y subsuelo. O dicen que los gremios de lecheros y campesinos de tal parte denuncian a una empresa de origen canadiense que se alió a una holandesa para apropiarse de la última cosecha de maíz y a la par exigen que los productores bajen el precio de la leche en casi la mitad del país. Hay un largo “etcétera” similar todos los días en la información.

El mundo (o, si le parece bien, diga “el país” o “Querétaro”) está en continua actividad, no se detiene, su transformación es permanente. Es falso que la realidad sea estática y que sus movimientos sean sólo partes de ciclos que se repiten una y otra vez en diferentes vueltas. No hay identidad entre uno y otro suceso, aunque así lo parezca; en realidad, se trata sólo de semejanzas; al final, cada giro es una novedad.

Lo que fue en otras épocas ahora se le parece, pero ya es otra cosa. De lo contrario, los modos de producción serían palabras huecas, sin sentido. Eso lo lleva a uno a preguntarse ¿qué es lo que “se está moviendo” en la historia?

Para reconocer la novedad incesante de la humanidad, hay que dejar de ver los hechos singulares, pues, paradójicamente, éstos únicamente muestran las regularidades de la cotidianidad (“no hay nada nuevo bajo el sol”).

Por ejemplo, en la revista Proceso (26/abril/2020) se publica el texto “Área covid: ¡en shock!”, donde Marisol Tapia, enfermera, usa sus palabras para “dibujar” algunos rasgos de su actividad, y comparte la experiencia que ha vivido en estos días en que la agresividad y novedad de la pandemia la enfrenta a “lo desconocido”; y Marisol usa la expresión “lo desconocido” como si se refiriese a lo nuevo, pero no, en este caso significa lo inesperado.

También, la “enfrenta” con la incertidumbre y la ignorancia de pacientes (que no aceptan seguir en el nosocomio, que firman su hoja de salida voluntaria y se van, pese a la “impotencia, incredulidad, frustración y derrota” de quienes prestan allí sus servicios); y, aquí también, esa “ignorancia de pacientes” parece sugerir lo novedoso, pero Marisol se refiere, más bien, a la desesperación de los usuarios del hospital. Incluso hay un último punto de que habla la enfermera, que consiste en que ella tiene que invertir parte de sus ingresos salariales para proveer su propio trabajo de equipo y material; pero eso se refiere, también, a algo bien sabido por la mayoría de los mexicanos: la condición de pobreza extrema en que se encuentra la mayoría.

En el mismo número de Proceso (en la sección Tiempo fuera), Fabrizio Mejía Madrid deslumbra a sus lectores, como siempre (ahora recurre a Virginia Woolf y a Katherine Anne Porter, lo mismo que a abundantes florituras lingüísticas), al apuntar esa paradoja que consiste en hacer evidente la realidad mediante el “regreso a lo esencial” (no con recursos “metafísicos” ni “trascendentes”) de autores consagrados, los cuales, en apelación a “la cosa misma”, muestran que “la vida … se autoafirma” mediante la enfermedad y la guerra, como en tiempos de coronavirus; es tal situación extrema, que no se repite en la vida diaria, lo que le da peculiaridad a cada acontecimiento de la existencia.

Es casi seguro que los niños y adultos que ahora sufren del drama de la pandemia, se refieran a ella dentro de diez o quince años como aquella situación única del pasado que les dejó un recuerdo indeleble.

En el panorama buscado a través de lo peor está por venir, sólo es necesario rastrear en lo que César Rosales Delgado esboza con su texto “Quédate en casa… sin casa” (en el mismo número de Proceso, del 26 de abril de 2020), donde describe los dramas que él y su familia han vivido, desde el 19 de septiembre de 2017, cuando, en Camarón (en Tláhuac, D. F.), el terremoto de aquella ocasión les destruyó casa, enseres domésticos y un proyecto de vida, nada de lo cual han podido recuperar ni esperar lograrlo algún día.

En el lugar donde antes tenían su casita (dos pisos, cuatro habitaciones, un estudio, el vestíbulo, la sala, el comedor, la cocina y el baño) ahora sólo tienen para “protegerse” un par de ‘accesorias’ (lenguaje de hace 50 años) sin ventanas y dos cortinas metálicas sobre una grieta escalonada que el terremoto les hizo aquel fatídico día de septiembre.

La pandemia de estos días multiplica el dolor que ocasiona, pues, para mantenerse a buen resguardo, no hay manera de “quedarse en casa”, ¿en cuál?, y estar allí “adentro” no es seguro; pues la rapiña del vecindario está a la orden del día. Se trata de un cuadro que se repite todos los días en la ciudad de México, en muchos lugares más del país, en todo el continente y en gran parte del planeta.

La condición humana, atizada por el drama de la “enfermedad que azota al orbe entero al final del decenio”, es más grave de lo que parece a simple vista. No sólo por la enfermedad que asuela a los seres humanos, sino porque su secuela y sus alcances son más profundos y de largo alcance.

En los medios hay tal insistencia machacona, que con frecuencia el argumento del coronavirus conduce hasta la chacota: no abrazar, no saludar de mano, guardar al menos metro y medio de distancia con el otro dejan de ser meramente medidas de protección sanitaria para irse convirtiendo –casi insensiblemente– en estructura de vida, reforzada por la criminalización del no uso del tapabocas en el encuentro ocasional en algún lugar ocasional concurrido (por cierto, la fabricación de esos tapabocas se ha convertido en una ocupación que muchas personas de estos días han adoptado como forma de ganarse algunos pesos).

El acuerdo temporal de “noabrazar”, “nosaludarde mano”, etc. se lleva muy bien con el ensimismamiento que arrincona a cada individuo en su frágil soledad, y que lo está carcomiendo como una epidemia más poderosa. El verdadero temor que circula hoy entre los seres humanos es al contagio, por lo que la única acción que resta en la historia de este planeta es que los hombres han dejado de ser seres humanos para no abrazarse, no tocarse y convertirse en seres solitarios, aislados, separados. ¿Hasta nunca?

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