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Los errores y las palabras

Hay escritores que sirven para todo, aparte de escribir. Otros sólo sirven para escribir, bien o mal. Antes yo podía hacer muchas cosas, y las hice, y no escribí ningún libro. Puras hojas sueltas. Ya no hay tiempo de más. Por eso trato de meter todo en cada hoja. Apenas puedo empalabrar breves hojas sueltas. Lo hago todos los días, es mi sustento diario.

El hilo de las palabras es muy delgado; si toca y enlaza dos o más espíritus se hace irrompible. Perdura en el fondo del tráfago del mundo. Allí están las cartas de Octavio y el diario de Jaime. Palabrear no es hablar por hablar ni escribir por escribir; es el sustento de la vida en comunidad, con sus naturales silencios y malentendidos. He cometido varios errores y los sigo cometiendo. El último… Creo que moriré en el error. Errores visibles a la luz del día. No hay que buscar en el cuarto oscuro. Sabrán comprender, espero.

No son los errores de las palabras sino los errores de la vida. ¿Qué puedo hacer? No soy parte de la plaga emocional.

La carga

Ando siempre con la cabeza en blanco. No vacía: libre y lista a llenarse. Quiero decir, voy atento al día con día y traigo apenas dos o tres palabras, o un fragmento de bagatela, no un cargamento de teorías y sistemas e ideologías. Apenas voy con las palabras necesarias del día, como los pesos justos en la bolsa que debo cuidar, y de pronto el rayo que me produce una idea, una emoción, una reacción. Escribo, reescribo, vuelvo a escribir, descargo todo y vuelvo a quedar vacío. Listo y atento para empezar otra vez.

Espero el viento y la humedad de las palabras que son pensamientos, que son sentimientos, que son pasos del alma. Porque el alma existe y no es religiosa, es humana, invisible y palpable. La descarga de palabras es una dicha y la nueva carga es otra angustia y otra alegría, si logro llegar a la orilla tras cruzar el mar embravecido. Voy cruzando la calle o en el camión, leo esto o aquello o veo algo; estoy en el baño o durmiendo y de pronto siento la descarga eléctrica que me hace garabatear lo que percibo.

Es un deber de conciencia. Sé que tengo que escribir, no sé bien qué hasta que lo escribo y trato de hacerlo lo mejor posible. Este es mi proceso. Tras la conciencia acrecentada que dan las palabras, olvido todo, palabra, y vuelta a empezar. No sé acumular. Pero guardo muchas cosas que luego no encuentro y de pronto reaparecen o desaparecen.

El regaño

-¿Definiste ya algo? -Ya me regañaron. Con razón. Tienen toda la razón. Que aguante quince días. Claro que aguanto. Y que guarde silencio. Claro que me callo. Güey, güey, güey, yo. Salí relajado, esperaba algo peor. Camino en silencio hacia la orilla más próxima, por una calle solitaria y sombreada, el calor está fuerte. Relajado, guardo silencio dentro de mí. Qué alivio. Casi quiero saltar de gusto. Por güey, por burro, por tonto.

Entro a una iglesia a descansar. Hay música sacra. Qué frescura. Qué silencio. Recogimiento. Me imagino a los indígenas de siglos anteriores, viniendo del monte, de sus chozas, de sus tierras, a esta majestuosa Casa del Señor. Impone. Escucho varias voces humanas dentro de mí, claras y bien timbradas, tres, cinco, son legión. Son los regaños de gente que aprecio. Y todas tienen razón.

Soy un güey, un güey, un güey. El carácter abierto en un mundo cerrado. La humillación como piedad y alimento y no como afrenta. Desnudarse sin vergüenza. –Su atrevimiento está en decir lo que piensa. Cualquier cobardía, cualquier reserva es un pecado en el escritor. Tiene que decirlo. Y pagar las consecuencias. Es la voz de Elías de un apunte de 1972. Salí bendito de la pequeña iglesia en la orilla de la ciudad.

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