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Los Muertos de mi Felicidad

Soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen por este día los muertos de mi felicidad

Silvio Rodríguez

 

Las fechas se repiten y los años se acumulan, también los muertos de mi felicidad. Reconocer esto es fundamental, pues la felicidad, la alegría, las sonrisas, los abrazos de hoy tienen profundos cimientos amasados gracias a esos muertos que crecen y se agrandan, aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto, como bien escribió el poeta Miguel Hernández. Ingratitud es no reconocer que los éxitos, los triunfos y los amores de hoy, se deben de forma significativa a los esfuerzos de los ancestros, esos que el poeta Silvio Rodríguez llama “los muertos de mi felicidad”.

Cada uno de los ausentes dejaron su impronta, esa huella imperecedera, ese ejemplo que, bajo las circunstancias y condiciones actuales deben ser aquilatados, actualizados y hacerlos parte de nuestro capital cultural y emocional. Las huellas pueden no ser del todo agradables, pero, aun así, en la balanza de la existencia, la oportunidad de estar en este plano existencial sobrepasa cualquier evento negativo.

Agradecer los bienes y perdonar los males, es la fórmula básica para que los ancestros sean los muertos de nuestra felicidad. De lo contrario el rencor, el odio, el rechazo y el ansia de venganza solamente eterniza esos errores que cometieron aquellos, que simple y llanamente no sabían lo que hacían.

Con amor o sin él, yo estoy aquí y lo agradezco, el día, el sol, el verdor de la montaña son míos, la sonrisa de los niños, la mirada de las mujeres, los besos, los abrazos o los saludos sinceros puedo percibirlos como hechos sagrados de la vida, o bien ignorarlos y mirar en el entorno sólo lo negativo, llenando el alma únicamente con esas visiones. Cada ser humano decide, tiene el libre albedrío, puede elegir como percibe a sus ancestros, como los muertos de su felicidad o como la enorme ancla que impide vivir el presente y caminar libre hacia el futuro.

Los muertos de mi felicidad son esos abuelos, aunque distantes, siempre vigilantes y furiosos protectores de los vástagos, los padres, a veces presentes a veces ausentes, con sus misterios y con esos grandes tesoros familiares: la máquina de escribir, los libros en los anaqueles, los acetatos con música de diferente tipo, la taza dorada de los cumpleaños, las historias y leyendas repetidas eternamente, de las cuales nunca se supo si fueron ciertas. El hermano ausente, con sus leyendas y sus ejemplos, sus reflexiones y enseñanzas.

Cuántos quedan sin enunciar, pero sin olvidar, porque cada muerto, cada ausente es un océano de anécdotas, de risas, a veces con desencuentros y reencuentros, de imágenes revueltas en los archivos, de mitos e historias inciertas, recuerdos a veces propios, otras de quienes protagonizaron el evento, pero que el inconsciente lo apropia.

Oh, historia, memoria familiar inolvidable, hacerla parte de la felicidad del hoy es una decisión, algo totalmente subjetivo, pues el pasado se significa en los recuerdos y éstos son absolutamente particulares de cada individuo, yo prefiero que sean los muertos de mi felicidad.

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