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¡Maestro luchando, también está enseñando! In memoriam Juan Pablo Mendoza

Juan Pablo Mendoza no podría presumir ser el excelente profesor universitario, pero era uno de nuestros profesores: querido, dedicado, atento, actualizado, luchador. No necesitó tener el grado de maestría para ello, mucho menos el doctorado.

Juan Pablo Mendoza Esqueda estudió Psicología y posteriormente la maestría en Antropología, ambas en la UAQ, donde también laboró como docente en la Escuela de Bachilleres, plantel Norte, desde una época temprana, poco después de egresar de la licenciatura. Su ingreso laboral procede del año 90; al mismo tiempo estudiaba la maestría y trabajaba en la Norte. Nunca se graduó de la maestría pero se consideraba antropólogo más que psicólogo. La antropología era lo suyo, la psicología fue su ruta inicial, su forma de conocer el mundo, aquella su forma de vivirlo.

Juan Pablo vivía y pensaba como antropólogo, le interesaba la realidad social, aquello que sucedía y le obligaba a reflexionar, eso era lo importante para él, porque así se sentía forzado a pensar y actuar, a responder algo. Nunca teorizó, pero refutaba y contradecía basado en sus propias experiencias y en los comentarios populares. Siempre le interesó el saber popular, todo en él era popular, él mismo lo fue, por eso agarraba las cosas como una impronta, con toda su inmediatez y eso le hacía festejar cada crítica que hacía como un verdadero logro, porque con eso se desquitaba del poder y los poderosos, de los que siempre se burló porque al menos en eso se debía ganarles. Que poco nos queda a los pobres mortales para disfrutar nuestras escasas victorias.

Dichas victorias no son más que poesía, eso fue lo que terminó haciendo JuanPi. No hacía literatura, sino crítica social dirigida a transformar la sociedad en la que vivimos, un proceso que los antropólogos llaman cambio cultural pero que en él, además, se convertía en verso: “no me quejo, me gustan las tormentas, porque anuncian revoluciones” diría en su despedida.

Sus palabras resultaban cantarinas y alegres, se disfrutaban, no provocaban enojo a pesar de seguir manifestando resistencia, oposición y lucha; no hacía manifiestos, sino rimas, no evocaba proclamas sino poesía, aun cuando siempre tuvo la valentía para manifestar su posición y mostrarla públicamente, algo maravillosamente peculiar tratándose de un queretano, se mofaba de serlo, decía que era una de sus limitaciones.

Sin negar su origen, éste queretano, nacido en esta ciudad, en el seno de una familia muy tradicional y en una época de cambios mundiales (1967) que parecía que a nuestra capital todavía no se asomaban porque su sociedad quería seguir viviendo como siempre lo había hecho: sin cambios en su comportamiento y con toda la tranquilidad que les daba cerrar la puerta de su casa, donde también quedaban encerradas las rebeldías, los problemas y las dificultades familiares. Gozó una niñez feliz, creció junto a sus hermanos y su hermana gracias a un padre profesionista, reconocido contador muy integrado a la sociedad de su época que pudo proveerlos sin dificultad: estudio en colegios particulares y habitó en colonias de clase media alta. Como en toda buena familia local, uno de sus hermanos fue sacerdote, el otro administrador ¿qué le dio a Juan Pablo por ser diferente? Rebelde y alegre, sin ataduras ni fanatismos, que queretano tan especial, cordial y amigable, tal vez furioso con él mismo cuando la regaba, no con los demás, que lo acompañaban.

Viajó con sus padres por Canadá; vivió en Europa unos años, mientras su esposa estudiaba el doctorado: él cuidaba al bebé, lo paseó por toda Barcelona, con sus tascas y sus ramblas; sufrió la muerte de sus padres y lo superó con sus clases en la Norte; revivió con el terreno que le heredaron en San Bartolomé, Apaseo el Alto, donde volvió a ser esposo y padre, se volvió quesero y restaurantero de pueblo, es decir, hizo finalmente lo que quería: ser feliz. Ahora le sobrevive una esposa joven y un hijo de 3 años: “los abrazos de mi bebé son lo mejor de este tiempo nublado”, además del que cumplirá 18, con quién convivió varios meses en el pueblo, le acompañó antes y durante su enfermedad.

Juan Pablo fue sindicalista, como profesor y luchador universitario se inclinó a participar en el SUPAUAQ. Fue delegado en dos ocasiones y apoyó a través de éste a su plantel, además fue solidario con muchas luchas de trabajadores como los de Uniroyal y los de Paz y trabajo o las luchas sociales como las del FIOZ.

En las elecciones sindicales del 2016, respaldó a Saúl García y su planilla. Siempre estuvo a su lado, eran colegas de materias impartidas, protestó por su desconocimiento en la asamblea del 6 de noviembre del 16, en la que fue acusado de arrebatar el micrófono a la mesa y empujar a sus integrantes, asunto por el cual lo despidieron de la UAQ.

Año y medio despedido por hacer lo que todos en la asamblea: gritar e intentar impedir una injusticia electoral. No incurrió en delito, tal vez en una imprudencia, pero ¿un despido? No hubo clemencia con él, todo lo contrario, la institución se negó a negociar, rechazó las audiencias.

Con el cambio de Rector y en perspectiva de una resolución al problema sindical se abrieron negociaciones en mayo y se le reinstaló, no sin antes plantearle el finiquito y, posteriormente, proponerle el pago del 40 por ciento de su salario en ese año y medio, todavía después le regatearon un acuerdo de pago total, en una sola exhibición, reduciendo de 185 mil pesos a 170 mil, que fue lo que finalmente obtuvo.

Reiniciaría sus clases en el semestre siguiente, a finales de julio. Ya no llegará, lo que es muy triste, pero mucho más lo es, que las autoridades universitarias que deben actuar en la verdad y el honor, como presumen y ponen por delante, se burlen de sus propios profesores, no sólo al despedirlos, sino además, por pasar encima de toda justicia y legalidad escamoteándole (después de haberlo corrido) el pago de su sueldo con el pretexto que la UAQ no tiene dinero para eso (entonces ¿utilizan nuestros salarios para pagar otras cosas? debieran tenerlo si no se ha utilizado, no se ha pagado sueldo).

Ojalá no le vayan a negar, complicar, ni reducir el pago de marcha y la pensión a su viuda, no se puede confiar en autoridades que se muestran totalmente adversas al trabajador y que, sin ser patrones, los explotan como tales. Recordemos que la enfermedad de Juan Pablo (peritonitis), se agudizó con la tensión que le provocó su despido, durante el cual no tuvo para pagar un médico particular, ni atención en el Seguro Social. Fue atendido por médicos profesores y apoyado por algunos profesores más y fue intervenido en el Hospital General. Ningún académico merece ese trato, ningún profesor del mundo debe aceptar autoridades como éstas, pero tampoco los académicos debemos enemistarnos al grado de negarnos el apoyo por ser de grupos políticos opuestos. Hemos caído muy bajo.

Juan Pablo Mendoza no podría presumir ser el excelente profesor universitario, pero era uno de nuestros profesores: querido, dedicado, atento, actualizado, luchador. No necesitó tener el grado de maestría para ello, mucho menos el doctorado, así que las evaluaciones podían superarlo, pero el amor y la relación de sus alumnos, no. También necesitamos de éstos profesores.

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