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Más notas sobre historia. Siglo XXI

Pese a que en la reflexión académica con frecuencia se silencie el tema, las sociedades están estructuradas en clases, y la clase social más amplia –llamada en otro tiempo “clase trabajadora”– es la única que puede garantizar realmente la sobrevivencia del ser humano.

1. En esta misma columna se planteaba la dificultad que ha habido históricamente para concordar en algo aparentemente tan evidente y fácil, como entender al ser humano o, dicho sencillamente, qué es (y quién es) ser humano. La dificultad para responder a esa pregunta no se presentaba sólo a los hombres de mil años antes de nuestra era, o a los habitantes del planeta en el siglo XII; no. Es una pregunta que todavía hoy causa extrañeza, cuando se advierte que en todos los continentes hay personas que sufren por discriminación

Quienes para unos son seres dignos de todo afecto, para otros pueden ser despreciables, inmundos, “peor que cerdos”. Ni con parámetros científicos –biológicos o antropológicos, por ejemplo– es fácil llegar a una conclusión que convenza a todos.

Por ser fácil de decidirlo así, los europeos se tomaron a sí mismos como modelo de lo que podría entenderse como ser humano. No sólo en atención a su apariencia, sino también a su lenguaje, sus costumbres y tradiciones, su forma de pensar el mundo y su religión, sus formas políticas de organización, etc. De esta manera, se convirtieron en sinónimos “hombre” y “lo europeo” (o lo que de éste se derivase, como los americanos anglosajones).

2. Ahora resulta que ese mundo ideal que se propuso en el siglo XVI –europeo– como lo humano propiamente ha entrado en un proceso caótico y contradictorio:

En un mismo barrio (y hasta en una misma familia o, más, en un mismo individuo) hay un riguroso pensamiento científico y técnico, mezclado con graves ignorancias y terrores en lo que le es ajeno. Es fácil encontrar a gente con tal rigor teórico que lo cuestiona casi todo y exige pruebas de cada afirmación y, en cambio, hilvana su existencia según creencias infundadas, mitos, y fantasías.

Agustín de Hipona y René Descartes heredaron a occidente la duda como clave de la filosofía y de todo conocimiento científico. Por esa razón, las ciencias no se presentan hoy en tratados (escritos doctos y exhaustivos), sino en ensayos (escritos más simples, en los que se ofrece una discreta opinión propia, aunque esté fundamentada en investigaciones); y, sin embargo, simultáneamente se dan por “válidas”, “naturales” y “obvias” relaciones humanas de dominación y de sometimiento de otros hombres.

En estos días, todo pasa por la duda (lo que revela, en el fondo, cierta inestabilidad teórico-epistemológica) y, en contraste, a la vez campean sospechosas credulidades (la otra cara de esa inestabilidad).

3. La Ilustración –sobre todo en su versión alemana, propuesta por Immanuel Kant– es un parteaguas en la historia de Occidente: aspiró a la total autonomía del ser humano –el pleno uso de la razón, como punto de partida– contra cualquier comportamiento que implique una condición infantil (de menor de edad y de dependencia respecto de tutores. Al hablar de tutores, Kant se refería a sacerdotes, médicos, abogados, contadores, etc., y a todo aquello que sustituyese directa o indirectamente el juicio y la voluntad de ese sujeto a que aspiraba para que alcanzase la “edad adulta”).

Algunos caminos –conceptuales y prácticos– que siguió occidente, desde el siglo XIX y a lo largo del XX, fueron poniendo otros elementos más en favor de la “adultez” del ser humano: fundamento humano en la economía política (Marx y Engels); enclaves de lo inconsciente, accesible mediante el psicoanálisis (Freud); alientos pedagógicos que promueven la autonomía de la praxis, desde la Escuela de Barbiana, desde Freinet, desde Freire; construcción de una filosofía que apuesta a la Liberación (Latinoamérica y sus búsquedas revolucionarias de la segunda mitad del siglo XX).

4. Sin embargo, después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, el sistema internacional de dominio –encabezado por el capital, que no tiene identidad nacional ni respeto por la vida humana, y es sostenido incondicionalmente por gobiernos a su servicio, con apoyo de ejércitos particulares que se valen de armamentos cada vez más mortíferos– ha llevado a cabo nuevas guerras de conquista y de reparto de territorios. Es a lo que hoy se llama Capitalismo del desastre, pues esta forma económica no ofrece ningún beneficio para la zona en la que, tal vez, se pudiesen establecer factores en beneficio de la población local; todo lo contrario; más bien, ese capitalismo del desastre tiene “nuevas” formas de asentarse en territorios ajenos, con capital volátil (también llamado “golondrino”), para expoliar tierras, mano de obra y organización social, y exprimirlas hasta el agotamiento. Parecería que se trata de un capitalismo que se sabe moribundo, y no quiere ser derrotado sin haberse llevado consigo a su víctima.

Algunas conclusiones provisionales (todavía no definitivas):

*El transcurso histórico que ha tenido Occidente en los poco más de cinco siglos desde el llamado “descubrimiento de América” ha sido de expansión mundial del capitalismo, el cual se dedicó a crecer sin freno, embelesado en su propio poderío, por lo que se pensó eterno. Sin embargo, hoy está en sus estertores.

*En tal lapso, unas cuantas fuerzas (concentradas en Europa y los Estados Unidos) han ejercido las formas más crueles de dominio y explotación de la humanidad. A la vez, al mismo tiempo han aparecido comprensiones y prácticas de relación con el mundo, que pugnan por la liberación del ser humano, que buscan el buen vivir. Esto se ha logrado de manera más ágil y promisoria allí donde todavía se procura un contacto profundo con la naturaleza, y se intentan articular prácticas y conocimientos ancestrales con el desarrollo científico y técnico más generoso.

*Así, pese a que en la reflexión académica actual con frecuencia se silencie este tema, las sociedades están estructuradas en clases, y la clase social más amplia –llamada en otro tiempo “clase trabajadora”– es la única que puede garantizar realmente la sobrevivencia del ser humano.

*Tal escenario ofrece retos para las sociedades en proceso de desarrollo –como las que habitan América Latina, la mayor parte del continente africano y las zonas “abandonadas” de Asia–: recuperar sus saberes y prácticas tradicionales e incorporarlos a la mejor producción teórica y práctica del hombre actual, erigirse como adultos (en el sentido kantiano), favorecer el respeto profundo a la tierra –que significa, también, respeto profundo al ser humano– e idear nuevas instituciones sociales.

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