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Memoria y olvido. Las fechas que se quedan

19 de septiembre de 1985 (y del 2017), 26 de septiembre de 2014 y el 2 de octubre de 1968, a diferencia de tantas y tantas fechas con acontecimientos similares, son días en el calendario que permanecen en la memoria, que han trascendido de las arcaicas clases de historia, donde sólo se les enseña a las y los alumnos de los distintos grados a repetir fechas, hacia la formación de una conciencia cívica y social, incluso superando a celebraciones oficiales que la mayoría únicamente espera con la esperanza de aprovechar ese ‘puente’ o ese día libre en el trabajo, sin saber necesariamente el motivo o razón por el que supuestamente se debería de estar celebrando o recordando.

¿Por qué ha sucedido así? ¿Qué tiene el 2 de octubre del 68 que no tenga el ‘halconazo’ del 10 de junio del 71, por ejemplo? ¿Por qué no trascendieron el 28 de junio de 1995 de Aguas Blancas y el 22 de diciembre de 1997 de Acteal y sí Iguala/Ayotzinapa? ¿Qué tienen en común estas fechas? Son heridas abiertas. Son rupturas. Son renaceres. Son momentos en los que ‘nosotros’, el ‘pueblo’, la ‘sociedad’ se ha visto engrandecida frente al crimen, la impunidad y la corrupción de los ‘otros’, el ‘gobierno’, el ‘Estado’, y, cual ave Fénix, resurge de las cenizas del basurero de Cocula, de los escombros de las fábricas de costureras y de entre los cuerpos, la sangre y las balas de Tlatelolco. Quizá hayamos seleccionado esas fechas porque nos resulta más fácil identificarnos con ellos, con los estudiantes, los damnificados, los voluntarios, los brigadistas; unos por los lugares donde sucedieron, la Ciudad de México y nuestra ‘chilangocentrista’ historia (¿si algo sucede fuera de la capital del país y nadie lo registra, de verdad sucedió?); y otros por la magnitud, decenas, cientos y miles de muertos.

Hasta ahora el gran ganón es el ‘2 de octubre no se olvida’, ¿cierto? Cuya frase hace directamente alusión al peor temor de la memoria: el olvido. ¿Qué es lo que no hay que olvidar? ¿Todas y todos lo recordamos igual? El peso de la matanza de Tlatelolco ha sido tal, que la mayoría de las personas cuando les mencionas ‘movimiento estudiantil del 68’, inmediatamente recuerdan el 2 de octubre, ¿qué es lo que recuerdan de aquella tarde?, ¿es lo único que hay que recordar? El 68 fue mucho más que una descarnada matanza por parte del gobierno de Díaz Ordaz y los suyos, todos con nombre y apellido, fue un movimiento social casi sin precedentes, encabezado por miles de estudiantes que propuso ideas concretas e inconcretas que pudieron haber derivado en un cambio de base… pero no sucedió así, en cambio desencadenaron una serie de procesos que derivaron en modificaciones sustanciales del sistema político mexicano. Al menos, así me gusta recordarlo… por ahora.

¿Olvidar es necesariamente malo y recordar es necesariamente bueno? ¿Se puede tener demasiada memoria? Cada sociedad que ha pasado por un acontecimiento similar se ha hecho estas preguntas, y cada una ha llegado a diferentes respuestas: Inglaterra y Francia con el colonialismo y el imperialismo, Alemania con el nazismo, Israel y el holocausto, España con la guerra civil y el franquismo, los Estados Unidos y la esclavitud/segregación, Rusia con su intento de socialismo, Ruanda y su genocidio, los países de la ex Yugoslavia y su desintegración, Argentina, Chile, Uruguay, Brasil y prácticamente toda América Latina con sus respectivas dictaduras, etc. La memoria o la falta de esta, son, en parte, el hilo conductor que nos explican los problemas de cada pueblo.

Nuestra memoria, tanto individual como colectiva, la mentada ‘memoria histórica’, es selectiva, olvidadiza, cambiante, escurridiza, inalcanzable, inabarcable; cada cabeza es un mundo, pero todas y todos vivimos en ese mismo mundo y somos producto de esa misma historia, somos la historia. Y, a la vez, somos esa contradicción, esa pluralidad, ese todo que es nada y esa nada que es todo, lo que no queremos ser, somos memoria y olvido, constantemente.

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