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Mestizaje latinoamericano

La capacidad de hacer valer ante los demás las costumbres de uno y las características propias contradice las tendencias dominantes en el mundo globalizado, en el que parece resonar la amenaza velada de que ‘hay que ser como ellos’… para no desaparecer.

Leer al filósofo sudamericano-mexicano, Bolívar Echeverría, fallecido hace poco, es ver al mundo desde otra óptica. En ‘Vuelta de siglo’ (Era, México 2006) planteó su comprensión de la modernidad en América Latina.

Inició allí su reflexión señalando que no es fácil hablar de América Latina, aunque a primera vista lo parezca. Afirmaba, por ejemplo, que en la población y la cultura de la región hay tantas similitudes que parecería que, cuando se habla de un lugar y de sus habitantes, también se está hablando de otros espacios latinoamericanos o, mejor, de la totalidad de esta área del planeta. Es que toda ella se parece mucho, como si fuera en todas partes “lo mismo”.

Sin embargo, decía Echeverría, basta un poquito, para darse cuenta de que en América Latina (AL) hay profundas diferencias: en la historia de cada región, en sus usos y costumbres, en sus maneras de hablar y pautas de comportamientos, en sus referencias y tradiciones, etc. Tantas diferencias hay y son tan profundas que algunos dirían que en América Latina las incompatibilidades son insalvables.

En el caso de México, por tomar un ejemplo a la mano, es fácil ver las diferencias en comportamientos, tradiciones, proyectos de país y hasta lengua entre el norte, el centro y el sur, o entre las zonas litorales y las de la montaña, o entre las zonas rurales, las urbanas y las indígenas; como si se tratara de países extraños entre sí. Un paseo corto, pero atento, hace evidente que uno desconoce ese lugar donde anda de turista o en plan de trabajo.

Pese a las diferencias –continuaba el filósofo–, entre los latinoamericanos hay cierta identificación sutil, que se ve sobre todo en situaciones difíciles, cuando unos y otros, por ejemplo, sin importar su país o región de origen, coinciden y se encuentran en tierras extranjeras, como migrantes (expulsados, en busca de empleo, perseguidos, para estudiar o hasta en plan de turistas). Entre ellos media un sentimiento de igualdad o de cierta unidad inexplicable.

(OJO: al hacer estas reflexiones, se habla ‘en lo general’, de lo que sucede con ‘la mayoría’. No se refiere a cómo lo viven, específicamente, Peña Nieto, Anaya, Videgaray u otros sujetos de la misma ralea).

Volviendo al tema: ¿A qué se debe tal “sintonía” entre unos y otros latinoamericanos en el extranjero? No se puede decir que pasa eso porque se sientan unidos o identificados por su origen étnico (¿cuántas etnias hay en AL?), ni que porque se identifican por sus antepasados comunes (desde el siglo XVI han llegado a AL miles de millones de inmigrantes de los más diversos lugares del mundo) ni por tener el mismo origen nacional (los Estados nacionales en AL son apenas del siglo XIX; además de que se “desbordan” los límites de una nación, pues muchas veces se identifica uno más con la población de zonas muy distantes que con la del propio territorio nacional; tal vez un chilango de la Ciudad de México, por ejemplo, se identifica más con los habitantes de la ciudad colombiana de Bogotá, que con los paisanos de la Sierra Tarahumara, de Chihuahua).

No es que se niegue que usos y costumbres de los latinoamericanos tienen cierta similitud entre sí, pero ese parecido se confirma ante la más variada diversidad y diferencia, como si las diferencias permitiesen “afirmar la vida” antes que ser un factor de desavenencias. En otras regiones del mundo se da más un afán “suicida” por acentuar (y hacer valer) las diferencias, como “fundamentalismo identitario”.

La capacidad de hacer valer ante los demás las costumbres de uno y las características propias contradice las tendencias dominantes en el mundo globalizado, en el que parece resonar la amenaza velada de que ‘hay que ser como ellos’…, para no desaparecer; lo que quiere decir que ‘es peligroso ser o mostrarse diferente’. En esta época de homogeneización social y cultural, se corre el riesgo de reducir la vida a un patrón único y dominante de posibilidades si se desea ser considerado ser humano: la vida humana se sostiene sólo si reproduce y confirma los rasgos del grupo dominante; como prototipo que recorre todas las expresiones: el fenotipo, la economía, la cultura, los rasgos políticos y organizacionales…

El ‘logos’ del Génesis (1.26): “hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra” es la real voz de la globalización y del capitalismo en su última fase (la imperante en los EEUU), que excluye y reprime al otro y a lo otro.

Contra esa perspectiva de exclusión se yergue otra, que merece mayor atención para entregas posteriores en esta misma columna. Esa otra perspectiva, que se plantea desde la vida práctica de América Latina se llama MESTIZAJE. Tal vez no exista en otras partes del planeta esa mezcla abigarrada, que no se limita al mestizaje racial, sino que consiste en una mezcla que, a la vez, mantiene las diferencias de lo cultural, lo social, lo histórico. Se trata de un mestizaje como reconocimiento del diferente y de lo diferente.

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