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Myanmar. Un genocidio oculto entre la selva

En Myanmar o Birmania (por el grupo étnico de los bamar), república ubicada en el sudeste de Asia de clima tropical, se está viviendo una delicada situación en todos los ámbitos. Pero atrás de sus problemas políticos y económicos se perpetúa, desde el 2017, uno de los más terribles crímenes contra la humanidad: un genocidio.

Como ocurre con la historia de cientos de países, una vez más, el imperialismo británico explotó la región desde principios del siglo XIX hasta 1948, cuando obtuvieron su independencia, tras la Segunda Guerra Mundial y la ocupación japonesa. Una vez más, esto provocó una disputa interna. En 1949 hubo una sublevación comunista que iniciaría una particular ‘vía birmana al socialismo’, primero con U Nu, líder independentista y primer Primer Ministro. En 1962, Ne Win derrocó a U Un, estableciendo una dictadura militar que, en 1974, estableció una Constitución que definía al país como ‘república socialista’. En el 81, Ne Win dimite y es sucedido por San Yun, quien en 1988 es derrocado con un golpe de Estado, formándose una Junta Militar que buscaba abrir a Myanmar al capitalismo.

Es ahí cuando surge la figura de Aung San Suu Kyi, lideresa de la Liga Nacional para la Democracia e hija de un reconocido líder antifascista, quien a pesar de ganar las elecciones en 1990, no fue reconocida por los militares, quienes se negaron a renunciar. Por su papel como opositora al régimen y defensora de la democracia, en 1991 se le otorgó a Suu Kyi el Nobel de la Paz. Desde el 96 hasta el 2010, fue privada de su libertad.

En el 2007, tras el aumento del costo del combustible y los transportes en un 500 por ciento, sucedieron numerosas manifestaciones apoyadas por monjes budistas. La represión no se hizo esperar. La policía abría fuego a quemarropa. La prensa internacional estaba ausente. A la par, los conflictos étnicos y religiosos fueron incrementando, dejando a miles de muertos y desplazados. Algunas guerrillas estaban activas desde 1949. Las minorías, que suman un 35 por ciento de la población de alrededor de 55 millones, han sido desplazadas desde la independencia hasta hoy, como los musulmanes rohinyá, los budistas rakhine, los shan, los lahu, los Karen, etc., provenientes de una muy rica, diversa y compleja tradición cultural, lingüística, religiosa e histórica, la que se divide y difumina en toda la región.

Precedida de leyes segregacionistas, disturbios con cientos de muertos y persecuciones, en 2017, el conflicto budista-musulmán se acrecentó y, contrariamente a lo que cualquiera pudiera imaginar, los budistas (89 por ciento) emprendieron una persecución contra los musulmanes (4 por ciento), al grado que la ONU señaló un programa de limpieza étnica apoyada por el gobierno. En una palabra: un genocidio. Desde entonces, las cifras calculan a 725 mil desplazados, la mayoría en inmensos campos de refugiados en Bangladesh (país con el que comparten etnia y religión, pero que se niega a darles ciudadanía, igual que Myanmar), y 25 mil asesinados. Perseguidos, las y los musulmanes vieron cómo sus campos de cultivo y cientos de aldeas fueron quemados, su ganado robado o degollado. Las mujeres, en particular, se tienen que cuidar del batallón de violadores que las asecha. 90 por ciento de los rohinyá está fuera de su país, ni lo judíos huyendo de los nazis, en el genocidio del siglo XX más paradigmático de todos, llegaron a esa cifra en ningún estado europeo, ni en Alemania. En la región, no se había visto nada igual desde el genocidio del Jemer Rojo en Camboya del 75 al 79 y, poco antes, durante la Guerra de Vietnam.

Desde marzo del 2018 el país es dirigido por el presidente Win Myint y la exNobel de la Paz Aung San Suu Kyi, consejera de Estado, quien ha permanecido en silencio frente al genocidio contra la población musulmana y cuyo partido no permite la participación de los rohinyá, pasando de ser un ícono de la libertad a cómplice de una brutal persecución.

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