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Nefastas palabras estelares en el debate pedagógico

Cuando se busca imponer un pensamiento único o una racionalidad neoliberal whasp (blanco, heterosexual, anglosajón y protestante, por sus siglas en inglés) como “lo normal” o “lo excelente”, el resto de los humanos no tiene cabida en el mundo, a menos que se reduzca a objeto de compraventa en la sociedad de mercado.

El debate sobre la educación pública en México sigue. No importa que el nuevo gobierno haya ofrecido cancelar la “mal llamada reforma educativa”. Hay demasiados intereses implicados, que dificultan que las partes en conflicto se escuchen, intenten comprenderse y logren un acuerdo. Y es que, en un contexto neoliberal, la disposición a escuchar no tiene sentido. (Por eso Guaidó nunca aceptará dialogar con Maduro). La consigna básica es destruir al otro, triunfar sobre él, demostrar que uno está más informado, es el más competente, más hábil, más convincente…, y tiene la verdad absoluta. (No importa en realidad si la tiene, sólo importa que el resto se lo crea).

En esa feroz competencia por derrotar al adversario (por estar atento a señalar el más mínimo error que éste cometa, para magnificarlo y gritar su condición de “inferior” o “indecente”) se ponen en juego demasiadas pasiones, demasiadas ansiedades… y se pierde de vista lo fundamental: el sentido de la actividad humana, de la vida misma…

En la sociedad de mercado, el valor de cambio y el plan de ganancias se anteponen no sólo al valor de uso, sino al ‘ser’; no importa el tema; no importa el contenido, sólo importa la forma, la imagen…; por eso la simulación se vuelve necesidad.

Ganar una discusión implica saber emplear el discurso dominante; tejer una retahíla de ‘palabras estelares’ que den a quien las pronuncia un aura de dominio. Para lograrlo hay que dispararlas velozmente, sin titubear y arrebatando la palabra al opositor (dudar indica debilidad).

César Carrizales, estudioso de la educación en México, ya advertía en los ochentas sobre este problema, desde una perspectiva crítica, en su artículo Las palabras estelares en los discursos de la formación.

En esta perspectiva preocupan algunas discusiones sobre educación, que se vienen dando entre actores diversos (empresarios, legisladores, partidos políticos, funcionarios, periodistas…), con las que pretenden definir “el mejor modelo educativo”. Así, dichos actores (cuyas profesiones poco tienen que ver con la docencia) se dan el lujo de pontificar sobre esta compleja tarea, sin tener el menor conocimiento de todo lo que implica.

Difícilmente ellos se atreverían a discutir sobre neurología o bioquímica, pero encuentran “de lo más natural” decir CUALQUIER COSA sobre la educación… Les parece “vanguardista”, emplear la jerga neoliberal, repitiendo burdas frases prestigiosas, ya caducas y poco razonadas: “la misión y la visión”, “capital humano”, “materia prima”, “mérito individual”, “excelencia”, “competitividad”, “calidad”, “gestión de aprendizajes”, “innovación”, “evaluación estandarizada”, “eficiencia terminal”, “couching”, “neurolearning” (o “neuromarketing”); alegando incluso que basta ‘Google’ o una ‘app’ para aprender lo que sea, sin maestro y sin grupo de interacción…

La fuerte seducción que este lenguaje está ejerciendo en amplios sectores sociales, va conformando un ‘sentido común neoliberal’, que penetra no sólo el sistema educativo (incluso el universitario), sino la subjetividad profunda de muchos educadores, y va justificando la exclusión y la grave precariedad a la que son sometidos los “no merecedores”.

El problema mayor de ese pensamiento único neoliberal es que erige a la ignorancia como virtud. ¿Para qué esforzarse por aprender, por comprender, por dominar un arte, si todo puede comprarse o basta con hacer la finta?

Cuando se busca imponer un pensamiento único o una racionalidad neoliberal whasp (blanco, heterosexual, anglosajón y protestante, por sus siglas en inglés) como “lo normal” o “lo excelente”, el resto de los humanos no tiene cabida en el mundo, a menos que se reduzca a cosa, a función, a objeto de compraventa o “desechable” en la sociedad de mercado.

Más que la invasión de dicho lenguaje gerencial, preocupa una “modernización educativa” que desplaza de los planes de estudio, disciplinas filosóficas, científicas o artísticas consideradas “obsoletas” o “prescindibles” (gramática, lógica, historia, geografía, biología, música…), para ser suplidas por asignaturas meramente instrumentales: computación, inglés (comercial), planeación, finanzas, gestión de recursos…

El abandono de la discusión en torno a preguntas filosóficas fundamentales, propias de la educación (¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿quiénes somos?, ¿qué es la Naturaleza?, ¿cuáles el sentido de la existencia humana?, ¿hay humanos inferiores o superiores?, ¿es cierto que no hay alternativas (como afirmó Tatcher)?, ¿la utopía tiene un lugar en la vida?) pone al ser humano pensante en peligro de extinción, porque se diluye la pluralidad de ideas y de formas de relación, de vivir y de educar…

Por eso, hoy más que nunca, la defensa de la educación pública, popular alternativa, emancipadora, democrática, pluricultural, científica, laica, crítica, cooperativa, ecológica…, al servicio del pueblo (no sólo de las élites), sigue y seguirá siempre vigente, aunque los neoliberales la tachen de “anticuada”.

 

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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