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Nicaragua. La hora de los nietos

El sandinismo de hoy es, en general, una mera etiqueta. Tras una década de gobiernos derechistas, neoliberales y corruptos, el sandinismo del nuevo siglo volvió al poder en el 2006 a través de las urnas, con un 39 por ciento de los votos emitidos.

Desde el 18-19 de abril pasados, explotó un movimiento social en Nicaragua, contra el otrora revolucionario gobierno sandinista encabezado por Daniel Ortega, cuya reacción, a la fecha, ha dejado un saldo de alrededor de 127 personas asesinadas y cientos más de desaparecidas, encarceladas y heridas. Según Amnistía Internacional, el ejército y la policía, están disparando a matar, con tal de frenar las manifestaciones.

Pero, ¿cómo se llegó a esto? Demos unos pasos en dirección a la historia. El 19 de julio de 1979, el ejército revolucionario del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entraba triunfante en Managua –al más puro estilo de la Revolución Cubana-, la capital del país, después de una larga guerra civil contra la dictadura de la dinastía de los Somoza, una de las más sangrientas de América Latina, la que durante cuatro décadas manejó el país como su propiedad familiar, pasando por encima de los derechos humanos una y otra vez, siempre con el beneplácito de su mayor socio comercial, los Estados Unidos.

Por esto, la legitimidad del FSLN, en un principio, era enorme, superando con creces a los otros grupos de oposición que también le hicieron frente a la dictadura, lo que les sirvió para intentar hacer una revolución nacionalista y antiimperialista, pero no socialista, como luego se suele creer. El enfrentamiento contra la burguesía nacional y contra la intervención militar de los Contra, directamente auspiciada desde Washington-Miami, llevó a un desgaste de las y los sandinistas, quienes, finalmente, fueron derrotados en las urnas en 1989, por la derecha.

Si bien el Partido Sandinista no desapareció del panorama, el repliegue y la ruptura de los mismos fue tal, que bien podemos afirmar que aquel sandinismo que tomó el poder por la vía armada, se acabó a principios de los noventa. El sandinismo de hoy es, en general, una mera etiqueta. Tras una década de gobiernos derechistas, neoliberales y corruptos, el sandinismo del nuevo siglo, encabezados únicamente por Daniel Ortega, volvió al poder en el 2006 a través de las urnas, con un 39 por ciento de los votos emitidos.

Sin embargo, la descomposición era tal, que, a partir del 2008 los fraudes electorales –al más puro estilo del PRI- se hicieron una constante. En el 2011 volverían a tener una mayoría absoluta con el 62% de los sufragios y en el 2016, 72%. El problema es que los índices de abstención rondan el 70 por ciento de la población, lo que significa que sólo los orteguistas están saliendo a votar. Por si no fuera poco, el señalamiento de la hijastra de Ortega acusándolo de abuso sexual, el ascenso de su actual esposa a la vicepresidencia, el clientelismo a través de sus programas sociales (durante un tiempo subsidiados por Hugo Chávez, presidente de Venezuela), un faranóico proyecto de construir un canal que le hiciera competencia al homónimo de Panamá (hoy abandonado) y las enormes similitudes que ha estado demostrando la familia de los Ortega con la entonces todo poderosa familia de los Somoza, al ser dueña de canales de televisión y empresas que deberían de ser estatales, ha llevado a que amplísimos sectores de la población, como campesinos, mineros, feministas, adultos mayores y estudiantes, rechacen al gobierno del exguerrillero.

Las protestas han ido tomando fuerza desde el 2014, tanto por parte de los manifestantes, como por parte del gobierno, que ya en el 2016 y 2017, sumó a su cuenta a decenas de campesinos asesinados. Pero es claro que las protestas convocadas por el sector estudiantil desde hace dos meses, han llegado a un nivel nunca antes visto desde la caída de la dictadura somocista. Como bien apuntó el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, exvicepresidente sandinista en los ochenta y premio Cervantes, la hora de los nietos ha llegado.

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