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Nicolás

SE DICE EN EL BARRIO

Querétaro, Qro.

Al verlo por vez primera me sentí envuelto en dolorosas contradicciones, como si el cielo profusamente iluminado por un sol radiante fuese invadido por una extensa mancha morada y su tersura azul se trocase en tela arrugada, con agujeros dominados por carcoma imbatible. Aquel hombre significa un teatro viejo, cuyas cortinas son hilachos de los que penden jirones de infinito tirados a la basura. De sólo tenerlo enfrente dan ganas de llorar sin recato.

Le llevé un reloj de pared que compré, desarmado casi por completo, en un mercado de pulgas. Recuerdo que, al encontrar ese cachivache, abandonada su estructura circular en una frazada en el suelo junto a otros objetos, su existencia inútil y absurda me enterneció con sentimiento amargo. Quise tenerlo entre mis cosas para que su carrera del tiempo, implacable, me sugiriera mi destino cuando fuera contratado en el negocio donde me tomaran como mensajero. Pensé en que un especialista me lo dejaría impecable, como nuevo.

Dice tener 48 años, aunque parece más joven. Muy delgado, vestido de manera informal (pantalones de licra, como los que usan los jugadores durante el calentamiento, y camiseta de media manga), podría pasar por alguien de 35. Una diadema le sostiene en la frente la lente con que observa el engranaje liliputense de los relojes. Con insistencia, se estira la camiseta holgada, como si quisiera llenar con tiempo su cuerpo. Trae los brazos colgantes a los costados, y los balancea de manera que sugieren el bascular de un reloj de péndulo. Parecería que espera a otro cliente, pues gira insistente los ojos hacia la entrada, como reloj la cuerda atascada. Su voz es tan suave como el tic-tac de un reloj de pulsera. Por esforzarme en entender lo que me explica, olvido preguntarle su nombre, pero le veo cara de Nicolás. Gracias a que apunta al reloj con sus delgados dedos y los mueve girándolos, supongo que quiere decir que podrá arreglar el cacharro que le traje, pero no le entendí.

Una vez que comenzó a desarmar el reloj, limpiar engranes, cambiar resortes y manipular piezas tras de la vitrina de su mesita, fue respondiéndome lo que yo le había preguntado diez minutos antes; que sólo después lo capté.

Me confesó que fue el tercero de los hijos. No conoció a su padre, porque los abandonó cuando Nico tenía apenas dos años; de él nunca supo por qué se fue, pues cada vez que lo mencionaban, a su madre se le anegaban los ojos y se ponía triste. Apenas tenía seis años el muchacho, y su abuelo, el relojero del barrio, ya le pedía que limpiara el taller con mucho cuidado para no tirar ni dañar las piezas que cuidaba celosamente. Así fue entendiendo la importancia de los relojes. A los 16 años terminó la secundaria y, como no podían pagarle la escuela, el abuelo lo invitó como aprendiz; penetró, entonces, en los secretos del oficio; más tarde, heredó el taller.

Siempre ha procurado mantenerse actualizado, aunque no le ha sido fácil. Igual que el tiempo, también los relojes están en continuo movimiento, siempre en transformación. Si bien ha cambiado mucho el exterior del reloj: tamaños, colores, apariencia, manecillas que apuntan a números o a adornos, silenciosos o con campanitas, y que portar el reloj en ocasiones ha sido signo de distinción o elegancia (con cadenita y un lugar concreto en la bolsita de la chaqueta), las “tripas” del reloj siempre habían sido las mismas. Aun así, Nico ha asistido a cursos de actualización, para estar siempre “al día”.

“Pero ahora es otra cosa, dice. Los celulares absorben la atención y la vida de los jóvenes de ciudad, y la de mucha gente vieja. Antes, hablar de teléfono significaba hablar de un aparato para comunicarse con otras personas; lo teníamos en un mueble o fijo en la pared; hoy ya casi no hay teléfonos de ésos; todos son portátiles, pequeños (se guardan en la bolsa) y tienen muchas funciones: puede escribirle usted a quien se le ocurra, en cualquier parte del mundo (¡adiós a las cartas!), puede guardar allí sus notas personales o de otro tipo (¡adiós a las agendas!), puede saber el horario aquí o en cualquier otra parte del mundo (¡adiós a los relojes!), hasta puede usted ver su presión arterial (¡adiós a la atención a la salud personal!). ¡Pero no hablamos de un recurso universal: son pocas las personas que pueden poseer un teléfono celular!”. En la última reunión nacional de relojeros, el secretario general dejó en claro que éste es un oficio que durará, máximo, quince años más; los expertos que han sobrevivido se han convertido en vendedores de baratijas: pilas, cadenitas, llaveros, etc. Por eso, ahora que me arregló el que le llevé, dijo arrastrando la voz: “¡adiós a los relojeros!”.

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