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No nos gustan, pero ¿son lo mismo?

Pueden no gustarnos, pero Morena y el PRI no son lo mismo. Como en todo proceso político, hay continuidades de distinto tipo; pero también rupturas.

El PRI no fue un invento de alguien en particular, sino —también— un proceso político particular, que fue ocurriendo y estructurando la vida pública en México, donde participaron muchos actores políticos, no sólo el presidente de la República.

Desde mi perspectiva, la equiparación PRI-Morena es, por un lado, una variante del desprecio a las masas y, por otro, un síntoma de la precariedad de nuestra conversación pública, academia predominante y elaboración simbólica.

Sobre el primer punto, habrá que decir que el poder del PRI se construyó (aunque no únicamente) por medio del corporativismo; es decir, la negociación con determinados actores que representaban a grandes sectores sociales, a cambio de réditos electorales. Esto, aunado a la falta de reglas democráticas. Está mejor estudiado en El pacto de dominación de Viviane Brachet-Márquez y en La formación del sistema político mexicano de Víctor López Villafañe. El pacto de dominación implicó negociar con distintos sectores sociales: obrero, campesino y militar. También, desde luego, empresarial.

Por su parte, el Movimiento de Regeneración Nacional es una respuesta a las brechas surgidas entre élites (políticas, académicas, burocráticas) y la población. Y aunque surgió en condiciones particulares, no es ajeno a lo que ha sucedido en otras partes del mundo, donde nuevas agrupaciones políticas reivindican algún o algunos derechos populares para un sector olvidado. Hay tanto de derecha como de izquierda.

En general, se trata de movimientos políticos que buscan ocupar el espacio que han dejado los partidos y élites políticas tradicionales, formadas a partir del modelo de la democracia liberal representativa. Buena parte de su éxito electoral se debe a eso. Al menos en el discurso y narrativa de país, logran colocarse del lado opuesto a las élites.

El problema es que carecer de una explicación un poco más coherente, implica ignorar los porqués de esos procesos políticos y sus cuestionamientos al modelo democrático representativo. Al final, la cerrazón termina por legitimarlos.

En nuestro caso, además, menos preocupante de quién gane qué elección, la falta de entendimiento de nuestra realidad nacional refuerza estereotipos y posiciones. Es decir, de quienes creen que detentan el monopolio de la racionalidad y atribuyen toda supuesta disfuncionalidad al México mágico (término odioso del que me ocuparé en otra entrega), donde el priismo permanente es característica fundamental. Igualmente, el desdén a la ciudadanía que no se ajusta a la definición (esa sí) hegemónica, termina por reforzar la narrativa de los movimientos populares, con todos sus problemas.

Antes que explicar, convendría tratar de entender, pero eso no vende ni compra espacios en los medios de comunicación ni en la academia. El mito del nuevo PRI es útil porque no necesita mayor explicación; “todos tenemos un priista dentro”, decía (y dice) una frase hecha para vender libros de superación nacional. Una frase hueca, mentirosa.

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