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Por si algo faltara, en los últimos días del último julio, el gobierno panista de la capital consumó un “homenaje” al Apóstol Santiago (claro, con dinero público, nomás 14 millones de pesos).

En Querétaro, el Estado laico parece asunto funerario. Véalo usted en un puñado de actos de rotundo simbolismo.

Bajo la administración priista de Enrique Burgos, en la última década del siglo XX, la Constitución del Estado fue reformada para que la ciudad capital recuperara su nombre virreinal. Desde entonces se le llama oficialmente Santiago de Querétaro, en honor de aquel apóstol cristiano, con cuyo nombre el obispado siempre llamó a su ciudad episcopal. Y así se hizo para complacer a los nostálgicos que siguen imaginando a Querétaro como la tercera ciudad de la Nueva España, que siguen habitando como una imaginaria “Jerusalén de América”, y que se niegan a reconocer el conflictivo embrollo urbano que ahora somos.

Con el panista Francisco Garrido volvió a tocarse la Constitución. Fue en 2008 para cercenar nada menos que el nombre del propio estado de Querétaro. Al quitarle el complemento “de Arteaga”, que llevaba desde los días de Juárez para honrar al prócer que ejecutó aquí las Leyes de Reforma, se le puso otro clavo al ataúd del Estado laico. Quedábamos, pues, liberados del remordimiento de que aquí era puro cuento eso de la separación entre los reinos celestial y terrenal.

Más hacia acá, en agosto de 2012, durante el gobierno del priista José Calzada, en un acto celebrado en la Catedral diocesana, el obispo consagró a Querétaro a los inmaculados corazones de María y Jesús. De la solemne liturgia fue partícipe nada menos que el titular de la Secretaría de Gobierno. En esa misma línea, meses después, el presidente del Tribunal Superior de Justicia encabezó a los jueces que en el templo de Teresitas juraron subordinar su delicada función… sí, a la justicia divina.

Por si algo faltara, en los últimos días del último julio, el gobierno panista de la capital consumó un “homenaje” al Apóstol Santiago (claro, con dinero público, nomás 14 millones de pesos). Lo hizo mediante la colocación de una estatua de bronce en cada una de las cinco entradas a la ciudad. De la provincia de la que venga usted, con lo primero que se encontrará será con el santo patrono montado en su caballo; sea que venga de Celaya, de Tlacote, de San Luis Potosí, de San Miguel de Allende, o de la capital del reino.

¿Les faltó la entrada de la carretera de Tampico y Sierra Gorda? No se preocupe usted, esa ya tenía protección divina desde antes. Ahí fue plantado, hace 12 años, otro Santiago, sólo que sin caballo. Y, bueno, para la historia del venerable Estado laico, ahí está en la foto de la inauguración, flanqueando al alcalde, un alto representante del obispado. Como si no hubiera existido el siglo XIX. Como si la Constitución estuviera de adorno. Como si no viviéramos en un siglo de pluralidad. Como si no tuviésemos otros símbolos cívicos qué promover. Como si no correspondiera a las potestades terrenales el mantenimiento (y la recuperación de) la paz, la justicia y el resguardo de los caminos.  

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