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Octavio Paz (II)

Siempre que lo veía iba yo muy nervioso y me preparaba para verlo. Había que estar al día y llevar algo claro en la cabeza. Me impresionaban tres cosas: sus ojos azules, hermosos, profundos; su cabeza leonada y su voz cascada, que no correspondía a su enorme presencia; y su excelente dicción

: hablaba como si escribiera, con puntos y comas. Nunca dejaba una frase a medias (como uno al hablar o platicar). Y luego te interrogaba:

–¿Ya leyó usted el libro? ¿Qué piensa de él? ¿Le parece bueno? ¿No habla usted francés? ¿Necesita dinero?

Siempre salía a disgusto conmigo por no haber estado a la altura de las circunstancias. Y al mismo tiempo liberado.

Desde 1975 lo leo y lo sigo leyendo y releyendo y no acabo.

Hechas bien las cuentas, como decía él que decía su abuelo Ireneo Paz respecto a Porfirio Díaz, cada vez lo quiero y lo valoro más. Me ha enriquecido y me sigue enriqueciendo. Ha elevado el nivel de nuestra cultura y nos ha puesto en el mundo: tomando lo mejor del mundo y dando al mundo lo mejor del país.

Un talento verdaderamente universal: sus raíces se hunden aquí en la tierra mexicana, azteca y española, y sus ramas y sus frutos se extienden por todas partes: Estados Unidos, Europa, Oriente, América Latina. Fue un colonizador de varias literaturas y las sembró en nosotros.

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