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Octavio una y otra vez revisitado

Si algún autor mexicano del siglo XX sigue vivo entre nosotros por sus escritor, leídos, releídos, criticados, polémicos, enriquecedores, es Octavio Paz Lozano (1914-1998). Yo llegué a él en los años setenta y desde entonces no me ha abandonado y lo sigo frecuentando con provecho.

Su principal herencia y enseñanza pienso que es la creatividad de la mirada crítica. La síntesis de conocimientos y la creación de uno nuevo. Era su don. Diferencias y errores humanos, políticos y literarios a un lado. Millonario del lenguaje y de la potencia creadora, sabe sintetizar con lucidez la realidad y la imaginación y al paso abre y descubre caminos inéditos. No es un conquistador sino un colonizador de las letras.

Por supuesto tuvo sus puntos ciegos, como todos los tenemos. Se equivocó con algunos políticos y tal vez se dejó seducir por algunos hombres de empresa. Las privatizaciones del Estado, sin una democracia política a la altura de los cambios, sin vigilancia ni contrapoderes efectivos, no crearon más democracia económica y social sino más desigualdad y una nueva forma del patrimonialismo entre el amasiato del poder público y del poder privado.

Pero hechas bien las cuentas, como él trataba de hacerlas con su familia porfirista y zapatista, para mí no hay duda de su inmenso saldo a su favor.

Octavio nació en primavera y murió en primavera, entre el 31 de marzo y el 19 de abril. Agnóstico sin negar ni renegar de la cultura cristiana. La semana santa casi siempre cae entre sus días y yo lo riego con mi lectura. Su funeral de Estado y la información excesiva de la televisión comercial fueron apabullantes. Quedé asqueado. Mucho ruido. Comprendí el valor del silencio. La mucha luz oscureció su mirada crítica a los poderes del Estado y del mercado. Pagó el precio de la grandeza.

Murió un domingo por la noche, socráticamente, y supe la noticia el lunes a las 6 de la mañana gracias a un magnífico editorial radiofónico de Pedro Ferriz de Con en su noticiero.

La noticia esperada me fue inesperada en ese instante. Guardé silencio todo el día y prendí la telera. El teléfono de casa sonó varias veces. No contesté. Escribí mi adiós: “Octavio océano”. Tiempo puro, tiempo abierto… Comienza donde lo hallas por vez primera y luego te sale por todas partes… como el “mar eterno” de JEP.

A la semana siguiente despedimos al poeta con uno de sus poemas en la primera plana de ‘El Nuevo Amanecer de Querétaro’ (gracias a EMZ, director, y a Heriberto Sánchez, el editor):

II. Somos parte del cuadro que vemos

Fue en junio de 1987 en Marsella, Francia, en la casa del viejo amigo Botey quien nos invitó, en que leyendo ‘Miro la tierra’ de José Emilio que nos había llegado desde San José, California (mayo 6 de 1987) a Premiá de Mar, Barcelona, el último día de nuestra estancia ahí, y bajo una arboleda entrañable cuya hojarasca me tocaba barrer cada dos tres días, en que, para no hacer la frase más larga, llegué súbitamente a esa ideación:

–Todos somos parte del cuadro que vemos. (Marsella, 30-VI-87).

Seguro no sabía lo que escribía pero aquí lo tengo escrito, en tinta negra, azul, verde, ocre. A veces los libros me sirven como diarios.

Ya luego fui agregando:

–Porque es el cuadro que hacemos.

–Aunque no nos veamos ni hagamos nada.

–Hasta los dioses están ahí. Etc.

Treinta años me lo han confirmado y hoy lo reitero:

–Todos somos parte del cuadro que vemos, porque es el cuadro que hacemos, aunque no hagamos nada, o hagamos precisamente lo contrario, o lo que usted quiera, nos veamos o no nos veamos, ahí estamos, aquí, túyoélnosotros, hasta los dioses y los demonios…

–Todos somos parte del cuadro que vemos.

–La diferencia está en lo que vemos.

–¿Existe un denominador común?

–La pluralidad es riqueza y contradictoria.

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