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Pablo Hasél. Rimas contra el fascismo


El rapero español Pablo Hasél ha saltado a la fama, más por la represión del Estado monárquico de España que por sus letras incendiarias. Nacido en 1988 y activo en la escena underground del hip hop desde el 2005, forma parte del resurgimiento de un rap político de izquierda. En su caso, comunista sin tapujos.

Pablo dista de ser un músico de masas. En Spotify sólo cuenta con un sencillo que ha sido reproducido casi 49 mil veces. En Youtube tiene 106 mil suscriptores. Sin embargo, tras su arresto el 16 de febrero, el número de reproducciones y escuchas de sus letras ha ido en aumento en los últimos días. En sus letras hace una crítica directa al sistema capitalista, al Estado heredero del franquismo y al saqueo multimillonario de la dinastía de los Borbones.

Reivindicando el comunismo, el marxismo-leninismo y la resistencia armada contra la explotación, de organizaciones como ETA y GRAPO, consideradas “terroristas” por el Estado español y la Unión Europea (ambas organizaciones ya no están activas y sus últimos atentados son de hace más de una década).

Algunos de los títulos de su repertorio —los que Pablo sube gratuitamente y que pueden escuchar en internet— son: “Muerte a los borbones”, “Juan Carlos el Bobón”, “Ni Felipe VI”, “Rapero terrorista”, “No pienso callarme”, etc.

Según Pablo, él rapea contra el verdadero terrorismo de los explotadores que viven del trabajo ajeno. Aunque sus explícitas letras renuevan el discutido tema de la libertad de expresión y sus posibles límites.

El rapero fue condenado en el 2018 por “enaltecimiento del terrorismo e injurias a la Corona” tanto en sus canciones como en 64 “tuits”. No obstante, Pablo ha sostenido —correctamente, por cierto— que las “injurias” de corrupción que ha hecho de los miembros de la familia real, en especial del rey emérito Juan Carlos (hoy autoexiliado), es información pública y comprobada.

Tenía hasta el 12 de febrero para ingresar voluntariamente a la prisión a cumplir una condena de nueve meses. En vez de ello, se atrincheró tras unas barricadas en una universidad de Barcelona, a donde ingresaron policías antimotines con un fuerte dispositivo de seguridad para arrestarlo el 16 de febrero. Con el puño en alto, Pablo alentaba a los medios presentes: “¡No nos va a parar este Estado fascista! ¡No nos van a doblegar con esta represión! ¡Viva la lucha, no nos van a parar nunca! ¡Amnistía total! ¡Venceremos!”.

Anunciado su arresto, en Barcelona estallaron unas manifestaciones que duraron varios días, tomando forma de disturbios. “¡Pablo Hasél, libertad!” gritaban sus simpatizantes. Le acompañaron protestas en varias ciudades, incluyendo Madrid. Ha habido decenas de arrestos y heridos en los mismos.

Decenas de raperos y “tuiteros” han sido multados y condenados por lo mismo en España. Según la ley vigente, desde hace décadas injuriar a la Corona es un delito, por lo que los legalistas ortodoxos justifican las medidas del Estado e increpan a los culpables de no enaltecer a la monarquía y no aplaudir sus excesos. El gobierno “progresista” —alianza del PSOE y Podemos—, al permitir y, finalmente, sostener semejante política, vive una contradicción que lo lleva al descrédito.

Sólo Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del gobierno español y secretario general de Podemos, manifestó que en su país no se estaba viviendo una plena normalidad democrática. Ni la Unión Europea ni ningún Estado, que yo sepa, ha criticado semejante ley que dista mucho de ser un ejemplo de libertades democráticas.

Amnistía Internacional, el Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel y figuras del ámbito cultural como Pedro Almodóvar y Joan Manuel Serrat se han manifestado por la liberación de Hasél, quien —por lo pronto— ha pasado sus primeras noches en la cárcel. Mientras, el abdicado rey Juan Carlos duerme plácidamente en Emiratos Árabes Unidos, cobijado por la impunidad del gobierno español.

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