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Pandemia y pensamiento crítico

Para quienes el mundo es blanco y negro, la “aparición repentina” del coronavirus, COVID-19 y sus variantes, dividió a los opinadores en dos bloques, los que creen fervientemente en los dogmas científicos y por ende en los paradigmas biomédicos (fármacos, vacunas, respiradores, infraestructura hospitalaria, sana distancia, cubrebocas, tapete sanitizante, gel, etc.), y por otra parte los denominados de forma peyorativa “antivacunas”. Pero para quienes implementamos cotidianamente el pensamiento critico reconocemos que la naturaleza es ampliamente rica y diversa, que las poblaciones interactúan, coevolucionan, sobreviven o se extinguen, sus integrantes nacen, crecen, se reproducen y mueren incesantemente, que el mundo es de colores cambiantes.

Una vez traspasado el umbral de la “pandemia” y mientras ocurren los estira y afloja de las medidas restrictivas con base en el “asegún” de los políticos en turno, la reflexión y el análisis debe incitarse para dejar el nivel de las creencias teológicas y científicas y pasar al de la reflexión crítica.

Obviamente nadie puede negar la existencia de microorganismos (bacterias, hongos, virus, etc.) y que estos, con base en las condiciones del hospedero, pueden causar daños leves, la muerte, incluso la extinción de la especie. El grupo de los coronavirus se conoce desde hace décadas, así mismo se sabe que las condiciones individuales y colectivas para que un microorganismo cause daños de diversa magnitud a un hospedero son: densidad poblacional, es decir la cantidad de individuos por unidad de área, condiciones para llevar a cabo acciones de higiene (vivienda amplia, agua entubada, productos para la limpieza, etc.), así como las condiciones de salud o la presencia de enfermedades pre-existentes, denominadas comorbilidades como son el sobrepeso, la diabetes, la hipertensión, la enfermedad obstructiva crónica, la enfermedad renal crónica, la edad, el estado emocional, la inmunosupresión, entre otras.

Es imposible obviar en el análisis de la pandemia impuesta por la Organización Mundial de la Salud y los grandes monopolios farmacéuticos que las poblaciones humanas viven hacinadas, que como humanidad hemos sobrepasado los limites del crecimiento y que existe una profunda, inequitativa y obscena distribución de la riqueza social. Que sí para decretar una pandemia los parámetros fundamentales son la cantidad de enfermos y fallecidos, baste echar un vistazo a las cifras de la propia OMS quien señala que anualmente fallecen 17.9 millones por enfermedades cardiovasculares, 9 millones por cáncer, 8 millones por tabaquismo, 3.9 millones por enfermedades respiratorias (sin incluir COVID-19), 3 millones por alcoholismo, 3 millones por diarrea, 3 millones por hambre, 2.8 millones por obesidad, 2.6 millones por errores médicos y efectos secundarios negativos de los fármacos, 2.5 millones por covid-19 y sus variantes, 1.6 millones por diabetes, 1.3 millones por accidentes de tránsito.

Con base en la lógica de los propios datos de la OMS la humanidad debería decretar cuarentena global permanente debido a las muertes originadas por esas causas hasta que las condiciones sean propicias y la distribución de la riqueza global sea equitativa. Obviamente los dogmáticos dirán que estos señalamientos es una utopía, pues exactamente lo es la creencia impuesta por la OMS y las grandes farmacéuticas sobre el COVID-19 y sus variantes. El propio editor de la revista científica ‘The Lancet’, por cierto, una de las más prestigiosas y citadas en el mundo científico, Richard Horton señaló que “No importa cuán efectivo sea un tratamiento o cuán protectora sea una vacuna, la búsqueda de una solución para el COVID-19 puramente biomédica fracasará”.

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