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¿Para qué?

Asoman ahí las raíces de algunos de los desastres más vergonzosos, que muestran al Estado como una costosa e inútil máquina que es necesario reformar. Sí, vivimos en el país cuyo ejército ondea la bandera al revés y luego el gobierno invierte millones para decir que son los críticos quienes ven todo de cabeza.

Aparte de servir para que las élites se exhiban en sus tretas; aparte de constituir un cíclico espectáculo carnicero; aparte de servir de ocasión para la ostentación de debilidades — ¿no escuchó usted a un valentón exigir que su contrincante tenga pantalones y se le pare enfrente? —, los procesos electorales deberían servir para abordar los problemas sin solución, las causas perdidas y las encrucijadas del país.

Tendrían que servir para agitar el pensamiento, para estimular la imaginación, para compadecernos de nuestra desesperanza, para que los abismos contemporáneos impugnen nuestra mirada, para que miremos como actuales nuestros más prehistóricos instintos y nos reconciliemos con las bestias que anidan en nosotros.

Escuché hace poco cómo la gente de un pueblo recibió una paliza cuando protestaba contra la instalación de una cervecera extranjera. Escuché también cómo en otro pueblo del norte es buscado un agente policiaco que lideraba a un grupo de sicarios. Y escuché cómo el recaudador de impuestos del país admitía con torpeza cómo 6 mil empresas fantasma defraudan al fisco con toda impunidad.

Están ahí los síntomas de al menos tres temas fundamentales. Asoman ahí las raíces de algunos de los desastres más vergonzosos, que muestran al Estado como una costosa e inútil máquina que es necesario reformar. Sí, vivimos en el país cuyo ejército ondea la bandera al revés y luego el gobierno invierte millones para decir que son los críticos quienes ven todo de cabeza.

Aunque sea inútil esperarlo, ojalá que en las campañas haya espacio para deliberar sobre los hechos y los temas relevantes. Si para entendernos tenemos las palabras, ojalá no se reduzca todo a la búsqueda del impacto en las vaporosas percepciones. Ojalá demos un descanso a la emoción y permitamos que haga su parte la razón.

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